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Full text of "Cuentos completos"

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CUENTOS 
COMPLETOS 
OE CARLOS REYLES 



(g) Arca Editorial 
Colonia 1263, Montevideo 
Queda hecho el depósito que marca kz ley 
Impreso en Uruguay - Printed in Uruguay 



CUENTOS 

COMPLETOS 

CARLOS 

REYLES 


ARCA /Montevideo 




Advertencia 


Las interpretaciones que Gómez de 
Baquero, de la España Moderna, de 
Madrid, Rodó, Ferreira, Magariños, 
Roca, Lugones y otros críticos y “di- 
lettantis” del Río de la Plata han he- 
cho del prólogo de Primitivo, me 
obligan a publicarlo por segunda vez 
con algunas aclaraciones y funda- 
mentos que antes no creí necesarios. 


AL LECTOR 

Me propongo escribir , bajo el título de Acade- 
mias, una serie de novelas cortas , a modo de tan- 
teos o ensayos de arte, de un arte que no sea indife- 
rente a los estremecimientos e inquietudes de la 
sensibilidad fin de siglo, refinada y complejísima, 
que trasmita el eco de las ansias y dolores innom- 
brables que experimentan las almas atormentadas 
de nuestra época, y esté pronto a escuchar hasta los 
más débiles latidos del corazón moderno, tan enfer- 
mo y gastado. En sustancia: un fruto de la estación. 

En Francia, en Italia, en Alemania y otras na- 
ciones se han hecho y se hacen continuamente ten- 
tativas numerosas — algunas ridiculas, otras muy 
inspiradas y razonables — para multiplicar las sen- 
saciones de fondo y forma y enriquecer con bellezas 
nuevas de obra artística, para encontrar la fórmula 
preciosa de arte del porvenir — que no es el natu- 
ralismo ni la novela psicológica, como la entienden 
Bourget o Huysmans, ni siquiera él flamante natu- 
balismo, ni las ideologías de Barrés — ; es otra cosa 


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más ideal y grande, de que acaso sospechó la exis- 
tencia el Dios de Bayreuth. En España no. A pesar 
de Fortunata y Jacinta, La Fe, Su único hijo, y 
otras obras de indagación psicológica, la novela es- 
pañola, nutriéndose sin cesar del vigoroso realismo 
con que la robustecieron los Cotas, Cervantes, Hur- 
tado de Mendoza, Alemanes, Espineles y Quevedos, 
es actualmente en su esencia y en sus cualidades 
castizas — que no consisten en el estudio de carac- 
teres y pasiones, sino en la pintura de costumbres 
y en la gracia, amenidad y frescura del relato — lo 
que fue en el gran siglo XVI y principios del XVII : 
costumbrista y picaresca, cuadros de género de exac- 
ta observación, magníficos paisajes, escenas regoci- 
jadas, mucha luz y mucha travesura; un procedi- 
miento grande y simple que ha engendrado obras 
verdaderamente hermosas, pero locales y epidérmi- 
cas, demasiado epidérmicas para sorprender los es- 
tados dje alma de la nerviosa generación actual y 
satisfacer su curiosidad del misterio de la vida. 

Por eso los complejos, los sensitivos, los inte- 
lectuales van a buscar en Tolstoy, Ibsen, Huysmans 
o D‘Annunzio, lo que no encuentran en castellana 
lengua, tan propia por su admirable elasticidad y ri- 
queza para expresarlo y pintarlo todo: con el fuego 
que la calienta, las pasiones ardientes y los amores 
Zocos, que dan la nota aguda del sentimiento; con la 
sonoridad y el número que la suavizan y hacen mue- 
lle y blanda, las languideces y los desmayos de la 
vqluntad y la fineza y ternura voluptuosas de los 
muslos y los senos de mujer. . . Todo, todo : el mago 
de la palabra y el mago del color hablaban aquella 
lengua. 

Admirable el regionalismo de Pereda, admira- 
ble y grande el urbanismo de Galdós; pero en arte 
hay siempre un más allá, o cuando menos otra cosa, 
que las generaciones nuevas, si no son estériles, de- 


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ben producir, como las plantas sus flores típicas. Por 
otra parte, el público de nuestros días es muy otro 
que el de antaño; los hijos espirituales de Schopen- 
hauer, Wagner, Stendhal y Renán, los espíritus de- 
licados y complejos, aumentan en España y Améri- 
ca; es, pues, llegada la hora de pensar en ellos, 
porque su sentir está en el aire que se respira: son 
nuestros semejantes. Y para nuestros semejantes 
escribo. 

Los que pidan a las obras de imaginación mero 
solaz, un pasatiempo agradable, el bajo entreteni- 
miento, que diría Goncourt, no me lean; no me pro- 
pongo entretener: pretendo hacer sentir y hacer pen- 
sar por medio del libro lo que no puede sentirse en 
la vida sin grandes dolores, lo que no puede pen- 
sarse sino viviendo, sufriendo y quemándose las ce- 
jas sobre los áridos textos de los psicólogos; y eso 
es muy largo, muy duro. . . Digámoslo sin miedo: 
la novela moderna debe ser obra de arte tan exqui- 
sito que afine la sensibilidad con múltiples y varia- 
das sensaciones, y tan profundo que dilate nuestro 
concepto de la vida con una visión nueva y clara. 

Para conseguirlo tomaré colores de todas las pa- 
letas, estudiando preferentemente al hombre sacu- 
dido por los males y pesares, porque éstos son la 
mejor piedra de toque para descubrir el verdadero 
metal del alma. 

A muchos que ignoran que el dolor es lo más 
soberbiamente humano que hay sobre la tierra, aca- 
so disgustarán los asuntos que elija; acaso a otros 
ofendan o irriten las ideas que las Academias pue- 
den sugerir; probable es, asimismo, que sin intento 
deliberado levante ampollas y reciba insultos y zar- 
padas. Ninguno de estos peligros se me ocultan; de 
sobra sé que el ir contra la corriente tiene sus quie- 
bras, y ante mis ojos está la senda fácil por la cual, 
haciendo rodeos y del brazo de la hipocresía, se su- 


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be descansadamente a las alturas . . . pero, ¡cosas de 
la ardida juventud!; el camino recto, regado con la 
sangre generosa de los luchadores, es el que me 
atrae. Tengo mi verdad y trataré de expresarla va- 
lientemente, porque yo, asombrado lector, humilde, 
y todo, pertenezco a la gloriosa, aunque maltrecha 
y ensangrentada falange, que marcha a la conquis- 
ta del mundo con un corazón en una mano y una 
espada en la otra. 



PRIMITIVO 


Primitivo, un tanto embarazado, esparció la vis- 
ta sobre los robustos lomos de los cameros. “Si yo 
pudiera tendría muchos así, ¡cosa rica! . . . pero éste, 
¡ah! éste me lo llevo” — se dijo, y atropellando aga- 
rró a uno de la pata. 

¡Lindo ejemplar! Tenía tupidísimo el vellón, só- 
lida la cabeza y las patas cortas. Primitivo se quitó 
el poncho y con religioso cuidado hundió los grue-> 
sos y torpes dedos en la lana del lomo, después en 
la del cuarto, y por último, arrancando hábilmente, 
con rápido movimiento algunas briznas del costillar, 
se puso a examinarlas al través de la luz. 

— Buena mecha y buen rizo. — Y dirigiéndose 
al patrón, que lo miraba sonriendo, interrogó: — ¿Y 
éste, don Juan, es de los salaos ? 

— Sí no hay más que verlo: ése es de los puros; 
pero aquí hay otros de menos precio. 

— No, patrón; vengo con mucho coraje y pue 
que si no me asusta me le pueble a los de campani- 
llas — repuso el paisano echándose a reír con la risa 
picaresca del niño que celebra su propia travesura. 

— Así me gusta, Primitivo; adelante, siempre 
adelante. 

— ¡Y qué le vamos a hacer! hay que cinchar: 
el que no cincha no arrastra. — Y contento ante la 
perspectiva de adquirir algunos de aquellos lindos 
animales, sintió deseos de comunicarse un poco, ex- 
plicando a los presentes, acaso para acallar las dudas 
que le andaban por dentro, las ventajas que le re- 
portaría la compra de buenos reproductores. Siem- 
pre que hacía algún desembolso, creíase obligado a 
dar explicaciones. Era un hombre sencillo. 

Entre tanto el patrón examinaba el número y 
la señal de la pieza elegida. 


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— Por ser para vos, te lo voy a dejar en treinta 
y cinco. 

Primitivo hizo sus cuentas gravemente. “La la- 
na de cien ovejas — calculó — ; pero en la mejora de 

las majadas no más... y en las crías y algún 

carnerito que venda. . .” — y pasándose la sotera del 
arreador por detrás del cuello, propuso: 

— Mire, don Juan, que es para un pobre. Si me 
los da a treinta le llevo tres. 

Discutieron un buen rato, y, por último, don 
Juan, que tenía verdadera estima por aquel vecino 
trabajador y animoso, cedió, y entonces Primitivo, 
sin ocultar su alegría, metióse otra vez entre los 
carneros. No sentía los pisotones de las hendidas 
pezuñas ni las rozaduras de los retorcidos y fuertes 
cuernos; tocaba a uno, hundía la mano en el vellón 
de otro, y examinaba el tipo y las arrugas de los que 
estaban más lejos. El patrón sonreía bondadosa- 
mente: 

— “Ahora sí que voy a adelantar ligero. Como 
no me suceda alguna desgracia. . .” —di jóse al tiem- 
po de volcar el cinto, y un cuerpo oscuro le pasó 
por los ojos. 


Mientras por lomas y llanos se encaminaba a su 
casa, deteniéndose de trecho en trecho para que des- 
cansasen los carneros, hacía toda suerte de alegres 
cuentas y dejaba volar a su antojo la imaginación, 
hasta sentir que le producía mareos de generoso 
mosto de la dicha. 

Las ovejas no eran de buen origen, pero a 
fuerza de cuidados había podido mejorarlas un po- 
co; ahora con la infusión de sangre rica que les iba 
a dar, esperaba obtener rápidos progresos. Y sonreía 
de placer. 


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Luego se puso a recordar con fruición, como 
quien goza del calorcito del fuego, después de ha- 
ber estado al frío algunas horas, las penurias pasa- 
das para reunir el modesto capitalito de que era 
dueño, libertarse de la esclavitud del conchabo y 
trabajar a áu antojo. Con la vista en los rugosos 
cogotes de los carneros, se veía niño, siguiendo el 
paso de la carreta, cuyo eje con su rechinamiento 
monótono, lo hacía dormir. ¡Cuántas mañanas de 
frío! ¡cuántas noches al raso! Luego, garrido mance- 
bo de veinte abriles, trabajando en lo que saliera: 
yerras, acarreos de tropas, esquilas; después, hom- 
bre de veinte y cinco, empleado de puestero en una 
estancia grande; y, por último, arrendatario, y due- 
ño de sus ovejitas, que se reproducían rápidamente 
gracias a los prolijos cuidados, a los cuidados casi pa- 
ternales que él les prodigaba. ¡Ah! Primitivo sabía 
trabajar. Cuando un borrego, perdido a la madre, 
balaba de hambre y frío, cobijábalo amorosamente 
debajo del poncho y se lo llevaba al rancho; allí, 
al calor del fuego, lo hacía revivir dándole frotacio- 
nes y leche con cognac; y esta operación la hacía 
con tanta frecuencia, que siempre andaba rodeado de 
una buena cantidad de guachos que lo seguían brin- 
cando de contento como antes a la madre en la lu- 
ciente pradera. Primitivo los acariciaba, les quitaba 
los abrojos, y por las tardes se iba con ellos a la 
laguna para que comieran el sabroso verde de las 
orillas. Ellos parecían agradecerle esto último sobre 
todo; a la vuelta se le metían por entre las piernas, 
mordíanle las bombachas o le interceptaban el pa- 
so, plantándose delante de él en actitud insolente, 
con los dulces y grandes ojos llenos de alegría y de 
luz. Y Primitivo, viéndolos alegres y lozanos, sentía 
un goce purísimo, plácido y tan hondo, que a ve- 
ces le dilataba el fornido pecho. 


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Revisando las majadas, si veía débil algún cor- 
dero recién nacido, volteaba a la madre para abrirle 
la teta, que de seguro tenía obstruida; en los tem- 
porales encerraba las majadas en los bretes; se libra- 
ba del azote del saguaipé haciéndoles lamer a las 
ovejas en todo tiempo piedras de sal; y en el vera- 
no, cuándo la flechilla enceguecía los borregos, veía- 
se a Primitivo con los animales en las alturas o en 
la costa de los arroyos, donde no hubiera pasto al- 
to, y sus corderitos se conservaban tan hermosos! 

fXjO distrajo de sus pensamientos un hombre que 
a gafópe tendido avanzaba hacia él. Cuando estuvo 
cerca, — “Es mi hermano: ¿qué tripa se le habrá 
roto?” preguntóse; y al verlo tan paquete, agregó: 
“Eso sí, aunque no trabaje y sólo piense en diver- 
tirse, nunca le faltará un peso en el cinto, ni puñal 
de plata, ni buenas garras; mientras que. . . ¿quién 
estará en lo cierto?” — Y echándose el sombrero 
sobre los ojos, esperó, f 


El hermano de Primitivo era el modelo del 
gaucho peligroso. Tenía el rostro flaco, aindiado y 
sin pelo de barba; la mandíbula inferior ancha, co- 
mo la de los perros de presa, y la mirada traidora. 
A pesar de eso, cuando enseñaba los blancos dien- 
tes parecía simpático. No había trabajado jamás: en 
el juego solía buscarse la vida, cuando no andaba 
hablando gente para alguna trifulcal Titulábase ca- 
pitán de los blancos, y entre los suyos gozaba fama 
de hombre de pelo en pecho. A esta fama debía 
quizá su fortuna con las mujeres, de las cuales se 
dejaba socorrer sin mayores escrúpulos, cuando la 
caprichosa suerte le volvía las espaldas en la car- 
peta. Por lo demás no era hombre que lo achica- 
ran penas y ahogos; las épocas más calamitosas no 


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agotaron los expedientes que para vivir tenía, ni 
hubo tiempo, por malo que fuera, que lo despojase 
de sus pilchas de mozo paseandero, ni lo apease de 
su altanería y presunción. Tenía la flexible cintura 
un poco metida y el pecho saliente; parado adopta- 
ba, sin querer, posturas gallardas, casi provocativas. ' 

Los hermanos no se querían bien: por sus ve- 
nas corría sangre enemiga. El padre de Primitivo, 
extranjero pacífico y trabajador, había muerto con 
el alma llena de odio hacia el hombre que le había 
robado mujer y hacienda. Éste fue el padre de Jai- 
me. Y los cachorros sacaban las manchas de sus 
progenitores. Uno poseía las mansas virtudes de los 
pueblos domesticados por larga vida de necesidades 
y esclavitud; el otro los hábitos del milico en tiempo 
de guerra, la astucia del perseguido matrero y la 
filosofía del vago: rasgos que v dqlipeaban hace cinc 
cuenta años el tipo del gauc ho g aucho .^ ~ 
indomable aversión los separaba, yy "'■'*** 


“Trae el caballo cansao . . . ¿qué querrá de mí 
este peine? ¡Como no me pida plata!” — pensó 
Primitivo alargándole la punta de los dedos. 

Efectivamente, era eso. Jaime venía a pedirle 
dinero para la nueva revolución que estaba próxi- 
ma a estallar. 

Como Primitivo se resistiera, el revoltoso ase- 
guró para amedrentarlo: 

— A los que no nos ayuden les vamos á carnear 
en grande. 

No respondió. 

— ¿No oís? 

— Sí, oigo. 

—¿Y...? 


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—Nada. . . a mí me cuesta mucho lo que gano, 
para regalarlo. 

— Siempre roñoso y chancleta — murmuró el 
indio. 

Primitivo hizo un movimiento de cólera y mi- 
ró a su hermano fijamente; luego, volviendo los 
ojos hacia los carneros, rascóse la cabeza, recogió 
velas y se puso a silbar. 

Jaime sonrió despreciativamente y dijo: 

— Al menos préstame tu caballo; el mío está 
aplastao y tengo que volverme en seguida. 

Su hermano, sin responder palabra, apeóse y 
empezó a desensillar. 

— Adiós; si te pasa algo malo, no digas que no 
te avisé — añadió Jaime, por último, al partir. 

Primitivo, un tanto inquieto, siguiólo con la 
mirada hasta que caballo y jinete se fundieron en 
el gris perla del horizonte, y de nuevo se entretuvo 
en examinar los carneros y compararlos entre si 
“No digas que no te avisé... ¿Qué me habrá que- 
rido decir con eso?” — preguntóse algunos momen- 
tos después, asaltado por la inquietud de antes, y 
volviendo a sus reflexiones de ganadero afirmó: “El 
más petizo es el más lindo”. 

Cuando el sol empezó a apretar de firme, con- 
dujo los cameros a una ladera que había a la dere- 
cha del camino, y apeándose se sentó a la sombra 
del caballo. En todo lo que abarcaba la vista no se 
veía población, ningún árbol. El campo ondulaba 
suavemente, lleno de luz, reverdecido por, las fe- 
cundas lluvias de la fecunda Primavera. Sólo allá, 
muy lejos, rompía la regularidad vigorosa loma, 
donde el verde resplandecía con el fuego de los dia- 
mantes del Brasil y, a trechos, cambiaba de ento- 
nación, haciéndose más oscuro o más claro y lu- 
minoso, yendo de las tintas fuertes de la esmeralda, 
al verde Nilo, al verde iris y a lóls cambiantes va- 


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gos del obsidienne. Por entre camálotes y caragua - 
tas, otros dos tonos de verde, se alcanzaba a ver la 
plata bruñida de un arroyo. Cuando opaca nube in- 
terceptaba el sol, la cuchilla y el llano languidecían; 
el verde luciente volvíase mate y la bruñida plata, 
plata oxidada; luego tornaba a aparecer el astro 
magno y todo parecía verse de nuevo al través de 
finísima lluvia de oro. 

Primitivo, absorto en la contemplación del vi- 
viente cuadro, experimentaba emociones tan puras 
e intensas que parecían aumentarle la salud del cuer- 
po y del alma, y dilatarle la vida más allá de la vida. 

¡La existencia dichosa! 

En su alma brotaban oraciones de gracias y ter- 
nuras que le humedecían los ojos. Primitivo era un 
hombre ingenuo. “Sí, sí; todo irá bien. Dentro de. 
poco compraré el campito y haré mi casita” y se 
echó a reir como un tonto hasta que las palabras de 
Jaime le vinieron a las mientas, y entonces la risa 
se le petrificó en los gruesos labios. 




El alambrado estaba destruido en varias par- 
tes; las puertas del rancho rotas, y por aquí y allá 
diseminadas como si hubieran sido perseguidas en 
la noche, se veían algunos grupos de jadeantes 
ovejas. “Me han robado... ¡ah Jaime!... ¡ah pe- 
rro! si no fuera por...” — exclamó Primitivo; y 
después de lamentarse y renegar un poco, atareóse 
resignadamente en reconstruir el rancho y anudar 
los alambres. 


Pasaron dos años. Una mañana de primavera 
muy fresca y ventosa ensilló para dirigirse a la es- 
tancia del Ombú, en busca de nuevos reproductores. 


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Iba contento. Había duplicado el número de sus ove- 
jas, y en el cinto llevaba el producto de la última 
y abundante esquila. El oro dábale cierta tonificante 
confianza, en sí mismo; silbaba, cantaba y de vez en 
cuando sentía ganas de gritar, porque el gozo le pro- 
ducía vivo cosquilleo en las narices. “La verdad es 
que todo me ha salido a pedir de boca . . . gracias a 
Dios -^-repetía, apresurándose en mostrarse agrade- 
cido para que el buen Dios no dejara de protegerlo. 

El sombrero era flamante, las botas, adornadas 
de espuelas de plata, también. Contemplándose en 
la sombra, Primitivo abría las piernas con presun- 
ción como cuando pasaba por delante de las mozas, 
y al verse tan gentil sonreía satisfecho. 

Pagó las ovejas finas, que había adquirido días 
antes. en el Ombú, depositó el resto de su oro en 
la pulpería, y después de tomar algún alimento, se 
dispuso a volver a su querido rancho. 

Empezaba a soplar con fuerza el viento. Espesos 
nubarrones parduscos corrían a la desbandada hacia 
el sur, donde agonizante claridad entristecía la tie.- 
rra. Hacia aquella parte el cielo tenía esos colores 
desmayados y enfermos de las piedras que mueren. 
Por el norte lo manchaban inmensas franjas en que 
se fundían el azul del mar y el gris del acero re- 
cién pavonado, sobre las cuales se destacaban los ob- 
jetos borrosamente, como sobre el viejo metal de 
un espejo etrusco. 

“Se viene la tormenta. . . ¡y mis ovejitas recién 
esquiladas!” —murmuró Primitivo hincando es- 
puelas. 

Un fuerte remolino de viento casi lo saca del 
recado; oscureció y empezaron a caer algunas 
gruesas gotas. Primitivo, con el cuerpo echado ha- 
cia adelante, el sombrero a la nuca y la luenga bar- 
ba partida en dos y flotándole sobre los hombros, 


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avanzaba a todo correr en medio de las lívidas cla- 
ridades y sulfúreas luces que incendiaban el cielo. 

Pero no fue muy lejos. De pronto furiosa lluvia 
de piedras lo hizo tirarse del caballo y cubrirse la 
cabeza con un cojinillo. Y se desencadenó la tor- 
menta. Tronaba, las piedras golpeaban el suelo, se- 
mejando el batir de cientos de tambores, y el agua 
corría a torrentes. “¡Quiera Dios que no les suceda 
nada a mis ovejitas!” — suspiraba Primitivo, viendo 
como sumergido en un baño de vapor, el paisaje 
que tenía ante los ojos. Cuando cesó la piedra, pero 
bajo fuerte lluvia, siguió su camino a escape, repi- 
tiendo para sí: “¡quiera Dios que no les suceda na- 
da a mis ovejitas!” 

Llegó. Las ovejas avanzaban hacia el arroyo. El 
trayecto recorrido era bien fácil de conocer por los 
borregos muertos que se veían aquí y allá, blan- 
queando sobre el pasto verde. Primitivo comprendió 
el peligro y se propuso juntar, para que se abriga- 
ran mutuamente, los grupos dispersos, y al mismo 
tiempo desviarlos de la dirección del arroyo, a donde 
podían azotarse y perecer. ¡Rudo trabajo! Las ove- 
jas, transidas de frío y medio muertas de miedo, 
seguían siempre adelante; él, corriendo de un lado 
a otro, hacía lo humanamente posible por impedirlo; 
y en esta tarea transcurrieron dos horas. Los bretes 
quedaban en contra del viento, y ni por soñación 
pensó llevarlas a ellos: hubiera sido inútil. 

Era necesario pensar en otra cosa, y ansioso 
miraba hacia todas partes, sin que se le ocurriese 
medida de salvación alguna, pero sin desmayar tam- 
poco. A la luz de los relámpagos aparecía ceñudo, 
airado y formidable, como un héroe de los tiempos 
bíblicos batiéndose con un ejército de pigmeos. Se 
había quitado las botas y el poncho, y en pelo re- 
volvía el caballo con increíble rapidez, haciendo las 
más extrañas y estupendas evoluciones. No sentía el 


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cansancio, ni el frío que le engarrotaba los miem- 
bros: sólo pensaba en salvar las ovejas, sus queri- 
das ovejitas. 

Y luchó, luchó y luchó. 

Después de mucho batallar, avanzando al sesgo, 
pudo llevarlas a la falda de una cuchilla y allí, en- 
contrando cierto ámparo, arrimáronse unas contra 
otras y se detuvieron. “¡Por fin!” — exclamó Pri- 
mitivo, al tiempo que el noble bruto, doblando las 
temblorosas patas, caía hacia adelante sin vida. 

Al apreciar las pérdidas, al ver muerta casi to- 
da la borregada y además una buena cantidad de 
ovejas, las lágrimas acudieron a los ojos del buen 
paisano . . . pero pronto se rehizo y sin rencores, 
sin maldecir la suerte, se propuso lo que la otra vez: 
trabajar el doble y gastar menos. Y a punto segui- 
do, con la idea de disminuir el daño en lo posible, 
ocupóse en sacarle el cuero a los animales muertos. 
¡Ah! Primitivo era un hombre sano. Primitivo era 
un buen hombre. 


Triunfando trabajosamente de la naturaleza y 
de los hombres, logró reunir el capital necesario y 
realizar el sueño de rosa de adquirir el campito. El 
día señalado para firmar la escritura, dirigióse a la 
pulpería, recogió su plata y alegremente tomó el ca- 
mino del pueblo. Iba tan contento, que la luz le pa- 
recía más luminosa, más puro el aire y el canto de 
los pájaros más sonoro. 

Todo estaba en forma: pagó, apoderóse de los 
títulos y salió de la escribanía con paso vacilante, 
como si estuviese ebrio. “¡Gracias a Dios, gracias a 
Dios!” — repetía caminando sin dirección fija. “Aho- 
ra es necesario ponerse paquete, porque, porque. . .” 
— se dijo luego, y entrando a una tienda adquirió 


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varias relumbrantes chucherías, las ropas necesarias 
para emperejilarse de pies a cabeza y un reloj de 
mujer muy cuco. Y montó de nuevo, llevando los 
títulos atados a la cintura, envueltos en un pañuelo 
de colores. “¡Qué sorpresa va a tener mi mujercita 
cuando me vea entrar con el reloj en la mano, ella 
no me espera hasta de aquí a tres o cuatro días” 
— pensó, saboreando anticipadamente la dicha que 
iba a proporcionarle y la dicha que iba a experi- 
mentar él mismo al verla sonreír, con su boca de 
labios elásticos y rojos.' 

Hacía dos años que se había casado y . . . gracias 
a Dios, era feliz: tenía campo propio, cuatro mil 
ovejas de apretado vellón, y una compañera dulce 
y hacendosa. “Ahora haré una casa de material, un 
galponcito para los carneros, huerta, monte ...” — y 
regocijadamente siguió construyendo mil castillos 
en el aire. 

De pronto, al pensar en que siempre que reali- 
zaba sus sueños lo seguía de cerca alguna desgra- 
cia, cesó de sonreír. “Cuando compré los carneros 
me robaron; cuando compré las ovejas tuve la gran 
mortandad...; pero ahora ¿qué puede sucederme? 
no hay guerra, todavía no he esquilado las majadas 
y el tiempo no puede ser mejor”. — Tranquilizado 
con estos razonamientos, engolfóse de nuevo en sus 
risueñas ideas. “Al galpón lo haré un poco más 
grande para poner mi caballo; sí, es conveniente un 
caballo a grano en el invierno. ¡Cómo va a engor- 
dar el manchao viejo!” — exclamó por último, y la 
dicha tornó a iluminar el rostro coloradote de Pri- 
mitivo. 

La noche estaba clara. Los perros ladraron un 
poco, y reconociendo al amo, le salieron al encuen- 
tro. Adelina abrió la puerta y precipitadamente vol- 
vióla a cerrar. “Se habrá asustado” — supuso Pri- 
mitivo, y apeándose la llamó por su nombre. Nada, 


21 



no respondía. “Está despierta, hay luz: ¿por qué ño 
abre?” — preguntóse sin saber qué pensar. Pasaron 
algunos segundos, llamó otra vez, y nada. Afinando 
mucho el oído parecióle sentir rumor de voces, el 
susurro de palabras dichas en voz baja. Sin saber 
por qué le empezaron a temblar las piernas. “¿Le 
habrá sucedido algo? ... Y yo ¿qué tengo, por qué 
me late así el corazón?” — Y sin poder resistir más 
hizo saltar la cerradura y entró encontrándose de 
golpe frente a Jaime y Adeliná. 

Ella, muy pálida y toda temblorosa, apoyábase 
en la mesa, donde se veían los restos del festín con 
que habían excitado los deseos de su amor pérfido 
y carnal. Él, en medio de la alcoba, esperaba ha- 
ciendo alarde de cínico valor. Tenía el poncho en el 
brazo izquierdo y el puñal atravesado sobre el vien- 
tre. Primitivo apreció con pasmosa lucidez los me- 
nores detalles del cuadro. Vió que por la bata mal 
abrochada de su mujer aparecía una camisa más 
fina y primorosa que las que usaba de costumbre. 
“¡Para mí no se hermoseaba tanto!” — le hizo pen- 
sar con acerba pena aquel descubrimiento; vió el 
temblor de sus labios, hinchados de tanto besar; el 
vergonzoso desaliño de las ropas que la cubrían y 
la sortija adornada con dos corazones que él le ha- 
bía regalado al hacerla su esposa, ¡su esposa! Contó 
las flores de oro que adornaban el puñal de Jaime, 
y por la expresión fiera de los jaspeados ojos de 
éste, ojos de gato, y su altiva actitud, dedujo que 
estaba resuelto a todo. “Sería capaz de asesinarme 
el muy perro, pensó; y ella, ella tal vez lo ayuda- 
ría... entonces era verdad todo aquello; él era el 
preferido, y por la plata, por la plata sólo, se unió 
a mí”. Y en tropel le vinieron a la memoria sus re- 
laciones con Adelina, relaciones cuya paz ponía en 
peligro las visitas de Jaime. “¡Cuántas veces se. mi- 
raron en mis narices! . . . ¿qué significaban sus son- 


22 



risas maliciosas?... ¡ah! ¡ah! ¡me engañaban, se 
burlaban de mí!” Y diciéndose eso, el rostro pareció 
achicársele y demacrársele repentinamente; los ojos 
se le escondieron en las órbitas; ahondáronsele los 
rasgos de la fisonomía y las arrugas del entrecejo, 
y la nariz se le puso blanca, casi transparente. 

Tan feroz era la expresión de aquel rostro des- 
compuesto por el odio, que Jaime, retrocediendo un 
paso, desnudó el cuchillo. Primitivo, sin parar aten- 
ción en ello, acercóse a él, y poniéndole la pesada 
mano en el hombro dijo, silbó apenas: 

— “Vas a pagarle”. — Y como su hermano pare- 
ciera no comprender, repitió rechinando los dientes: 
— “Que le pagues, ¿no oís?. . . que le pagues, como 
se les paga a esas ...” 

Había tanto poder en aquel mandato, tanta 
fuerza en aquella mirada, que Jaime, a pesar de no 
tener miedo, no pudo resistir; y después de decirse, 
“¿le hundo el puñal? no, no se defiende; si me ata- 
cara ... así imposible ...” — metió los dedos en el 
cinto y sacó una moneda. 

Primitivo, sin mirarlo, lo llevó hasta la puerta. 

— Andate, andate — le dijo; y volviéndose se 
plantó delante de la desdichada mujer, decidido a 
estrangularla. 

“Si la mato, me pierdo : es preciso que se muera 
ella sola” — reflexionó después; y amenazándola so- 
lemnemente con el índice de la mano derecha, giró 
sobre los talones y se fue, al mismo tiempo que la 
infeliz desfallecía y rodaba por el suelo. 


Y ya los tiernos guachitos no tuvieron quien 
les diera leche, y en las majadas los corderos que 
perdían a las madres morían de hambre y eran de- 
vorados por los caranchos. . . Las ovejas, enflaque- 


23 



cidas y sarnosas, dejaban los vellones en las male> 
zas, y en los alrededores de Zas casas, antes tan lim- 
pios, crecían las margaritas y los cardos, dándole 
el triste aspecto de una vivienda abandonada, de 
una melancólica tapera. 


Efectivamente, ya no vivía allí nadie ... o al 
menos no vivían las gentes de antaño. Primitivo 
era Otro hombre. Las melenas le caían sobre las es- 
paldas, la sucia barba le subía hasta los pómulos, 
y en las arrugas del entrecejo, siempre fruncido, pa- 
recía anidar alguna negra idea, la idea negra que le 
entristecía el rostro y prestaba chispazos de luz sin- 
gulares a su mirada penetrante y dura. “Este hom- 
bre tiene ahí fijo un mal pensamiento” — se decían 
todos, 'Observando el adusto ceño de Primitivo. 

Ella . . . otra mujer. Los vestidos se le pegaban 
a los huesos y las canas volvían gris la antes rene- 
grida cabellera. Sin duda era presa de algún oculto 
y grave daño: caminaba encorvada, habíasele hun- 
dido la boca y tenía rojos los párpados de tanto 
llorar. 

A las horas de comer, cuando ocupaba su silla 
en la mesa, Primitivo, con refinada crueldad, le po- 
nía delante el peso, ¡el maldito peso! y la miraba 
tenazmente; ella temblando, huía aquella mirada 
que se le introducía por los ojos como la hoja trian- 
gular de un estileto, y lágrimas silenciosas empeza- 
ban a correr por süs descarnadas mejillas. . . 

Una vez, sin poder resistir aquel tormento a 
que la sujetaba diariamente, cayó abatida a sus pies 
demandando perdón; pero él le impuso silencio, e 
impasible volvióle las espaldas. Y la* .pobre Adelina, 


24 



sin esperanzas de obtener clemencia, siguió llorando, 
llorando, yéndose en lágrimas como otros se van en 
sangre. 


“¡Qué malo debe de ser lo que he hecho!” 
— pensaba vagamente al verlo regresar de la pulpe- 
ría vacilando sobre las temblorosas piernas, las ro- 
pas descompuestas y el rostro amoratado y embru- 
tecido por la embriaguez. Y se asustaba de su obra. 
Él, tan limpio y cuidadoso en el vestir, dejaba que 
las ropas se le deshilacharan en el cuerpo, no se 
peinaba nunca y dormía vestido en un mal jergón. 
De las haciendas, mejoradas con tanto afán, no ha- 
cía caso; los carneros permanecían con las ovejas 
todo el año; la sarna hacía de las suyas, y los veci- 
nos robaban los borregos, que el desdichado en su 
abandono ni siquiera se preocupaba de señalar. No 
parecía vivir sino para recordarle a ella, con su con- 
ducta desesperada, el crimen que había cometido. Y 
a la muy sin ventura, más que los remordimientos 
de la falta misma, la atormentaban sus consecuen- 
cias, la vida miserable que vino después, y sobre 
todo la abyección del esposo, cuyo relajamiento fí- 
sico y moral seguía espantada paso a paso. 

De madrugada Primitivo sentábase cerca del 
fuego y se ponía a pensar, a pensar. . . A aquella 
hora los vapores del alcohol no le nublaban el en- 
tendimiento: tenía lúcida la inteligencia, avivados 
los sentidos, y entonces aquilataba toda su miseria. 
“Sí, vamos barranca abajo, pero ¿qué hacerle? . . . 
debe ser así — decíase sin presumir ni aun remota- 
mente que las cosas podrían variar y dejar de ser 
como eran. Tampoco lo deseaba: se había entregado 
al dolor y a la bebida del mismo modo, y ahora 
ésta y aquél le eran igualmente necesarios. Sin las 


25 



lágrimas de ella, que eran su goce y su martirio; 
sin la sorda irritación de los remordimientos y los 
voluptuosos dolores de envilecerse por ajena culpa, 
por culpa de la criatura amada, la existencia no 
habría tenido estímulos suficientes para hacerle dar 
un paso. Se hubiera encontrado sin poder ir adelan- 
te ni atrás, como la máquina que se le acaba el car- 
bón. ‘‘No, no hay remedio: ella debe sufrir y yo 
también. ¡Qué hacerle! ¿acaso tengo la culpa?” — y 
entre las luminosas llamas se le representaba la es- 
cena de Jaime y Adelina sorprendidos por él. “¡Sí, 
sí, debe sufrir!” — -decía, y empuñaba la botella. 

El atormentarla era para Primitivo imperiosa 
necesidad nunca satisfecha, a la que quiso resistirse 
al principio y a la que concluyó por entregarse con 
doloroso placer, convencido de que aquello debía ser 
así. No tenía la conciencia clara de los móviles que 
lo impulsaban a obrar, ni de si éstos eran buenos o 
malos; pero sí el sentimiento de que obedecía a na- 
turales instintos, a instintos poderosos; y por eso no 
raciocinaba ya: obraba únicamente, experimentando 
escrúpulos, dudas y remordimientos que sólo hacían 
más sabroso el placer de pecar. 


Con el sol muy alto abandonaba la cocina e iba 
a tenderse a la sombra del ombú, a un lado la ca- 
fetera y el mate, la botella a otro, y allí se pasaba 
las horas muertas. El campo, ora verde, ora amari- 
llento, se extendía en todas direcciones, indiferente 
a las penas y amarguras de Primitivo . . . Ecos mis- 
teriosos y resonancias de ruidos apenas percepti- 
bles, a los que se unía el canto pobre de mixtos y 
cachirlas , convidaba a dormir. Por otra parte, sólo 
algún escueto caraguatá, donde se balanceaban los 
pechos colorados, distraía la vista. Primitivo cabe- 
ceaba, abría los ojos lentamente y tortiaba a cerrar- 


26 



los más despacio aún. De pronto, allá a lo lejos, es- 
fumándose cada vez con más vigor sobre la fineza 
azul del lejano horizonte, empezaba a percibir al- 
go. . . luego los contornos se precisaban, el bulto ad- 
quiría forma... ¡ay! era una oveja ñaca que huía 
de sus compañeras para morir tranquilamente en un 
sitio apartado y solitario . . . Doloroso sacudimiento 
despertaba las facultades mentales de Primitivo. 
“Antes no hubiera muerto así, abandonada; pero 
ahora. . . ¡ah, ah! ¡todo acabó! — decíase, y se po- 
nía a pensar, a pensar, a pensar. 

“Yo tenía un pajarito 

Y el pajarito se fué!” 

canturreaba por último, y esta canción infantil, 
quién sabe por qué oculto subjetivismo, decía todos 
los sentimientos que lo señoreaban. 

Al verlo cerca del fogón o debajo del ombú, 
huraño y metido en sí, preguntábase Adelina: “¡Qué 
pasará por su alma ahora! ¿me estará maldicien- 
do? ... Si fuera capaz de perdonarme, yo me echaría 
a sus pies; pero no, ¡ese hombre no puede perdo- 
narme! ...” — y se sentía morir de angustia. “¿Y 
todo esto viene de aquello?” — demandábase a con- 
tinuación, y empezaba a sentir que allá, en las re- 
conditeces de su alma, nacía violento odio contra el 
amante, y juntamente un sentimiento indefinible y 
muy complejo, mezcla de admiración, miedo y lás- 
tima hacia el hombre que la martirizaba, es verdad, 
pero por vengarse de la feliz existencia que ella le 
había destrozado. 

Él, a pesar de los pesares, crecía a sus ojos. 

Por las noches figurábase siempre que iba a 
matarla y, ¡caso extraño! no sentía rencor contra él. 
Lo oía acercarse, lo veía desnudar el cuchillo, cuya 
hoja relampagueaba fatídicamente en la oscuridad, 
y sentía sobre el desnudo seno la mirada del asesino 


27 



que busca el sitio. . . Helada sudor humedecíale las 
carnes; la lengua seca se le pegaba al paladar y 
desfallecía. “¡Vivo, vivo!” — murmuraba al volver 
en sí, y en lugar de odiarle, sentíase casi grata, 
porque aún no había usado del derecho de acabar 
con ella que le concedió desde el principio sin el 
menor trabajo. Sus destemplanzas sufríalas sin chis- 
tar, y en la mesa, con profunda pena, pero sin re- 
belarse, recibía el insulto con que la afrentaba él 
sistemáticamente, como quien cumple un deber re- 
ligioso. Acaso admiraba la férrea voluntad, el bárba- 
ro valor con que seguía el plan perverso de sacrifi- 
carse para sacrificarla. Hacerla sufrir era su goce y 
su martirio; sabíalo ella de sobra y, sin embargo, 
la grandeza de aquel odio la atraía y la subyugaba, 
del mismo modo que subyuga y atrae el abismo, 
más cuanto más hondo y tenebroso. “¡Ah! es un 
hombre” — decíase al verlo sentarse frente a ella 
y poner con solemne calma el maldito peso sobre la 
mesa; y examinando a hurtadillas su torvo ceño 
donde leía el pensamiento fijo de matarla y de ma- 
tarse, repetía: “¡Ah! ¡sí, un hombre, un verdadero 
hombre!” 

La abyección de Primitivo tampoco le repugna- 
ba. Cuando lo veía tirado en un rincón, borracho, 
con los ojos fijos y sin luz como los de un pez 
muerto, la boca entreabierta y los mechones de pelo 
pegados a la sudorosa frente, no sentía asco, sino 
vivísima lástima e irresistible atracción, quizá por- 
que sufría por ella. Sí, la podredumbre de aquel 
hombre, antes tan sano y fuerte, y ahora despre- 
ciable, vil y abyecto, era obra suya , y este senti- 
miento elaboraba en su alma femenina ternuras 
inauditas e inclinación amorosa explicable tan sólo 
considerando que acaso las mujeres sienten la nece- 
sidad de amar especialmente a los hombres que des- 
truyen. " 


28 



Primitivo, que había ido a la pulpería, regresó 
en un estado tal de embriaguez, que apenas podía 
sostenerse. Tambaleando pudo llegar al comedor. En 
la puerta se detuvo, y viendo a Adelina, entonó en 
lengua estropajosa: 

“Yo tenía un pajarito 
Y el pajarito se fué!” 

echándose a reír luego estúpidamente. Estaba muy 
pálido; la barba de ébano hacía resaltar la blancura 
lívida del semblante; tenía los párpados amoratados, 
como agrandada la boca y vitreos los ojos. “¡Dios 
mío, qué tormento!” — exclamó Adelina, escondien- 
do la cabeza. 


“Yo tenía un pajarito 
Y el pajarito se fué!” 

tornó a repetir Primitivo, e intentando avanzar ha- 
cia la pieza inmediata, se le enredaron las piernas 
y cayó, hiriéndose en la frente. 

¡Sangre! 

— “Primitivo, Primitivo” — gritó Adelina fuera 
de sí; luego trajo agua fresca, se arrodilló junto a 
él y le lavó la frente. ¡Cuánto tiempo que no lo to- 
caba y qué emoción profunda sentía en aquel ins- 
tante al hacerlo! Con su palidez mortal y gesto de 
abatimiento y dolor, lo encontraba ella más hermoso 
que nunca, pero con belleza melancólica, hermoso y 
triste como el Cristo de la cruz. Mirándolo tierna- 
mente, con lágrimas en los ojos, le pasaba los dedos 
por la rizada melena, henchido el pecho de senti- 
mientos blandos y dulces. “Yo he sido su cruz” 
— consideraba con infinita tristeza, sintiendo deseos 


29 



de prodigarle mil caricias, mil besos . . . Esa noche 
se impuso el deber de velarlo, y al otro día, al abrir 
el los ojos, se encontró con que los de su mujer lo 
miraban húmedos de amor. 

“¿Qué ha sucedido? ¿por qué está mi mujer 
ahí, arrodillada, mirándome como antes, y por qué 
me duele la frente?” — se preguntó, llevándose la 
mano a la herida, sin recordar nada, entre los lim- 
bos del sueño aún. Pasados algunos instantes dijo 
con dureza: 

— ¿Qüé hacés ahí? 

— Te cuidaba; anoche estuviste enfermo y. . . 

— Bueno, bueno: ya sabes que no quiero con- 
versaciones. ¡Andate! 

Como Adelina guardara silencio y no se movie- 
ra, Primitivo repuso: 

— ¿No oís? 

—Perdóname. Yo... ¡yo te quiero! — clamó 
abrazándose a las piernas de él; — no puedo más, 
te pido por la Virgen que tengas lástima de mí. ¡Ay, 
Dios! mata, pero perdona. 

Primitivo, en un arranque de cólera, iba a de- 
cir algo, pero se contuvo y domando la expresión 
fiera del rostro calló. 

— Pamplinas; lo mismo dijiste antes y des- 
pués... ¿te acuerdas? Bueno, de jame salir — aña- 
dió luego incorporándose. 

Pero ella, puesta de rodillas siempre, agarróse 
más a él. 

— No, no, eso no; mata, pero perdona; ¡me mue- 
ro, me muero! ¿no ves qué me muero? . . . 

En aquella actitud, con las lágrimas corriendo 
por sus flacas mejillas y los ojos puestos en blanco, 
semejábase mucho a la estampa de la Magdalena que 
adornaba la pared. Era el dolor de sus ademanes y 
palabras tan verdadero, que el airado esposo se sin- 
tió conmovido. ¡Cuántas ideas le sugirieron de súbi- 


30 



to aquellas azuladas ojeras, aquella transparente pa- 
lidez, aquel crispamiendo de los labios secos y ama- 
rillos! . . . 

— “¡Qué acabada está! — pensó, mirándole los 
tendones del cuello — ; debe de haber sufrido mu- 
cho, ¡pobre Adelina! y ahora quizás me quiere. ¡Si 
yo pudiera perdonarla, si yo pudiera! . . . — y la com- 
pasión le dilató un momento el endurecido pecho — . 
“Pero no podré, seguro que no podré. ¿Cómo besarla 
ahí, en la boca, en el cuello, en la frente, ahí, donde 
están los besos del otro! ¡Jamás! ... ¿Y lo besaría 
lo mismo que a mí?” — e hizo un gesto de repug- 
nancia, como si le hubieran acercado a las narices 
el vientre asqueroso de un sapo. 

— Perdóname: ¡si supieras cuánto he sufrido! 

La bilis se le subió a la boca. 

— ¿No te acuerdas ya? — gritó con voz esten- 
tórea, y sacando la moneda se . la puso delante de 
los ojos. 

Oyóse sorda queja; las manos de Adelina se des- 
prendieron de las piernas de Primitivo y se desplo- 
mó hacia atrás, con los brazos abiertos, como ave 
herida que extiende las alas y cae del árbol. 


En la parte más alta de la cuchilla veíase un 
corral de piedra, de negras piedras, y dentro de él 
algunas cruces: era el cementerio. Al paso, por la 
cuesta, hacia allí avanzaba fúnebre cortejo. Lie ja- 
ron, pusieron el sencillo ataúd en tierra, y los que 
tenían poncho despojáronse de él para cavar cómo- 
damente la fosa. Primitivo también empuñó la pala. 

La tarde moría, y en los medios tonos de la luz 
crepuscular las cruces y los hombres aparecían entre 
nimbos anaranjados, violáceos y verdosos que se 
combinaban entre sí, produciendo múltiples irisación 


31 



nes, reflejos y tintas inseguras, muy tenues y finas. 
Una vaca, que rumiando asomaba la cabeza por en- 
cima del cerco, tenía verde la frente, azul el hocico 
y de color del fuego los ojos. Algunas cosas toma- 
ban coloraciones tornasoladas, y el gris luminoso del 
cielo mismo tenía cambiantes y brillos nacarados, 
como los ópalos y las perlas de mucho oriente. 

Cuando el negro rectángulo tuvo las dimensio- 
nes necesarias, pusieron dentro con religioso respeto 
el ataúd, y entonces cada uno de los acompañantes 
arrojó a la fosa, después de besarlo, un pequeño te- 
rrón. Adelantóse Primitivo con los movimientos du- 
ros de los hipnotizados y acaso con la inconciencia 
de ellos, y mirando la moneda algunos instantes, 
sonrió sarcásticamente y la arrojó también sobre el 
ataúd, que produjo el ruido sordo de un ahogado 
lamento. 

Descendieron lentamente. 

AT entrar al rancho abandonado desde la ma- 
ñana, no pudo menos de decirse Primitivo: “¡qué 
triste está esto!” — al mismo tiempo que le parecía 
sentir en el rostro la soledad de las desiertas habi- 
taciones, que recorrió con paso vacilante, sin objeto, 
sin idea fija. Frente a la cama de Adelina se detu- 
vo. En los colchones aún se veían las huellas de su 
cuerpo enflaquecido, y en las almohadas profundo 
hundimiento indicaba el sitio de la cabeza, de su ca- 
beza. Primitivo miraba sin pestañear y con los la- 
bios fuertemente plegados por un gesto de dolor. 
¡Cuántas cosas le sugería el lecho vacío! Agobiado 
por la pena, al igual de la rama que se dobla bajo 
el peso de la fruta, fue inclinándose, inclinándose 
hasta besar la almohada y esconder en ella el ros- 
tro. En esta postura pasó toda la noche. Afuera, los 
perros le ladraban a la luna, y sus ladridos se per- 
dían en el azul, del mismo modo que los sollozos 
del infeliz. 


32 



¡Ah! la calma no venía. Creyó al principio que 
todo hubiera terminado, que su odio satisfecho lo 
dejaría tranquilo, y así como el sediento que toma 
agua salada y en vez de mitigar aumenta la sed, 
sentía más imperiosamente que nunca la necesidad 
de ver sufrir, de torturar, de vengarse. 

“¡Hasta que no lo mate no me curo!” — asegu- 
raba, presintiendo tal vez que mientras viviera el 
hombre que lo había hecho desdichado, no podría 
arrojar de sí el odio que le envenenaba la sangre; 
y con fruición, con íntimo goce poníase a pensar en 
que lo exacto era haberle hundido la daga en el pe- 
cho, en la nuca, en el vientre. . . Y él, que no sa- 
lía de las casas, se atareó en recorrer las pulperías 
del pago con la secreta esperanza de encontrar a 
Jaime. Cuando supo su muerte se quedó como el 
obrero que pierde los brazos e ignora qué será de 
su vida. “¡Muerto!. . . y entonces ¿para qué vivo?” 
— se dijo vagamente; y la existencia empezó a ha- 
cérsele insoportable. Su martirio consistía en la im- 
posibilidad de desenvolver los sentimientos que lo 
agitaban: tenía el alma repleta de pasiones que no 
encontrando sobre qué obrar, se volvían sobre sí 
mismas, alimentándose de las entrañas que le da- 
ban nacimiento, como el hijo de la madre. “¿Qué 
hacer, qué hacer?” — decía mordiéndose los puños 
de desesperación. 

Complejo estado de alma el que producía en 
aquel hombre el odio, los remordimientos, la amar- 
gura de sentirse muerto en vida y el generoso amor 
a la pérfida, que, a pesar de todo, brotaba, brotaba, 
como el agua del manantial brota entre el barro y 
las sucias piedras. ¡Amor grande y perverso! Llorá- 
bala, y si viviera la hubiese vuelto a matar, arre- 
pintiéndose, muriendo del dolor de ella, pero pe- 
cando siempre. Confesábanlo sin esfuerzo al recor- 
dar el angustioso placer que sentía martirizándola y 


33 



martirizándose; cuanto más se sublevaba su con- 
ciencia, más crecía aquel goce picante amasado con 
dolores, y con el recuerdo acontecíale lo propio : más 
sufría, más se complacía en recordar. Y desespe- 
rado o afligido sentíase vivir: en calma era un 
hombre muerto. “¿Qué hacer, qué hacer?” — repe- 
tía sin fuerzas de voluntad para nada, destrozado, 
desennoblecido, descompuesto por el dolor, a cuya 
acción corrosiva nadie resiste. 

¡Y el manso Primitivo elevaba los puños cerra- 
dos al cielo y maldecía a Dios, a su buen Dios!! 

“¿Para qué llevará eso?” — se preguntaba el 
pulpero al ver alejarse a Primitivo con su carro car- 
gado de latas de kerosene. — “¡Hum! este hombre 
no está en su sano juicio” — concluyó, volviendo a 
la tarea de picar el naco que tenía entre los dedos. 

Hacía algunos días que el pobre hombre era 
presa de inusitada actividad: cubría de pasto el piso 
de los- bretes y corrales, y luego cercábalos con las 
bolsas de lana de las últimas esquilas. Y así que 
avanzaba en su extraña ocupación, más fruncía el 
torvo ceño, y con luces más singulares le brillaban 
los hundidos ojos. Por las noches bebía y hablaba. 
“Primitivo vencerá” — decía dirigiéndose a seres in- 
visibles que danzaban en el aire. 

Una tarde encerró las ovejas y después de ro- 
ciar las bolsas con kerosene, fue dándoles fuego ner- 
viosa y apresuradamente. Al verse rodeado por las 
llamas, que lamían el aire con la rapidez que lo ha- 
cen las bifurcadas lenguas de las víboras, lanzo un 
grito de júbilo salvaje, un grito de bárbaro victo- 
rioso. El placer terrible de la destrucción era lo que 
apetecía su alma enferma: prueba de ello el gozo 
delirante que experimentaba a la sola idea de arra- 
sar, de aniquilar todo lo que con tanto trabajo ha- 
bía creado y que a pesar de eso no le servía para 
mitigar el más pequeño de sus dolores. ¡Miseria! 


34 



Destruyendo iba a vengarse del engaño de la suerte, 
de la puerca suerte que le había hecho equivocar el 
camino de la dicha, sacrificarse en balde. Para él 
ni diversiones ni placeres; él no había hecho otra 
cosa que ahorrar, ahorrar y poner lo ahorrado en 
casa del pulpero; y todo ¿para qué?... su buen 
Dios mentía. ¡Infamia! La sangre enrojecíale los 
ojos, la indignación lo hacía temblar, y el odio a la 
existencia, de los desesperados, le llenaba el alma de 
sentimientos tumultuosos y perversos. “Primitivo 
vencerá” — rugía viendo, al través de espesa huma- 
reda, incendiarse el techo del rancho, enrojecerse 
las puertas y reventar crepitando las bolsas de la- 
na; y feroz expresión le transfiguraba el rostro. 

El pasto del piso principió a arder y las ovejas 
empezaron a huir en todas direcciones, en horrible 
confusión. Las mojadas con petróleo no tardaron en 
llevar el fuego a todos lados: corrían, balaban de 
miedo, brincaban de dolor, caían muertas, y Primi- 
tivo, fuera de sí, medio ahogado por el humo que au- 
mentaba la angustia de su dolorosa embriaguez de 
destruir, reía y reía como un demente trágico. 

El cielo teñíase de vivos resplandores, las ar- 
dientes lenguas de fuego consumían, consumían co- 
mo las lenguas amorosas de las amantes, y el aire 
caldeado impregnábase de un olor inmundo. Primi- 
tivo contemplaba el pavoroso incendio, corriendo de 
acá para allá, en busca de los lugares que las llamas 
habían respetado. Las ovejas, por escapar al fuego, 
se le metían por entre las piernas, lo atropellaban. 
De repente, irritado o poseído tal vez de la grande- 
za de su destino negro y adverso, empuñó la daga, 
hundiéndosela hasta la empuñadura a los pobres ani- 
males que se le ponían al alcance de la mano. ¡Y 
reía en su delirio! Veinte, cuarenta, cien veces' tiñó 
el hierro la caliente sangre. Riendo siempre con sar- 
cástica expresión y revolviendo los brillantes ojos, 


35 



parecía un iluminado, un héroe a quien el senti- 
miento de un fin próximo y trágico lleva a la subli- 
midad. En su locura no vió que el fuego lo rodeaba 
por todas partes. “Primitivo vencerá” — repetía, hi- 
riendo a diestra y siniestra. De pronto escapósele un 
grito de espanto y dolor: sus ropas ardían; echó a 
correr, pero a los pocos pasos cayó, atropellado por 
las ovejas. Cuando se puso en pie estaba medio cie- 
go; quiso, con movimientos desesperados, despojarse 
de sus vestidos: no pudo; y entonces, repitiendo con 
voz estridente y por última vez, “Primitivo vencerá” 
partióse de una tremenda puñalada el corazón. 

Nubes negras como negros crespones enlutaron 
el cielo. A la mañana siguiente todo era cenizas; 
pero poco después flores humildes y risueñas, cre- 
cían en la tapera de Primitivo . . . 

En el campo hay muchas taperas, y la que más, 
la que menos tiene una historia semejante: la his- 
toria de un dolor. 



EL EXTRAÑO 


I 

“No hay duda, soy completamente extraño a los 
míos ¡a los míos! . . . pero, ¿tengo que ver algo con 
ellos?” — preguntóse Julio Guzmán. En seguida de- 
jó caer la cabeza sobre el pecho, y empezó a pasear- 
se de un extremo a otro del salón, haciendo muecas 
como siempre que se le alborotaban los nervios. 

Era el joven de mediana estatura, bien hecho y 
de aspecto gentil. Un tipo fino. Los ojos grandes y 
sombreados, de cambiante color verde, que se os- 
curecían con frecuencia adquiriendo dura expresión, 
comunicábanle virilidad al rostro, acaso demasiado 
bonito. 

Por lo demás, vestía bien, aunque afectadamen- 
te; grandes cuellos, grandes plastrones, ropas de cor- 
te inglés, y se preocupaba mucho del físico; la raya 
del peinado no podía ser mejor hecha, ni más pu- 
lidas las uñas, ni más artísticamente vueltos hacia 
arriba los rubios bigotes. Algunas alhajas de gusto 
caprichoso demostraban su amor a lo raro, peregri- 
no y aun chocante. 

Su madre, la señora de Guzmán, dirigiéndole 
inquietas miradas suspiró resignadamente, como si 
acabase de ver algo que le recordara pasadas tris- 
tezas, o el mal del momento, que suele olvidarse a 
ratos por duro que sea. 

“Ahora suspira, observó Guzmán, es la manera 
que tiene de hacerme comprender que no la hago 
feliz; ¿puede darse cosa más desagradable, para qué 
diablos he venido, no sabía que . . . ? y tornó a sen- 
tarse, quedando medio oculto por el árbol de Na- 
vidad, que alegraba la pieza con sus pintados faro- 
lillos, velas de colores y plateadas bombas, y en 


37 



torno del cual bullían algunos niños atracándose de 
turrón. Desde allí clavaba la mirada escrutadora y 
penetrante en su mamá, hermanos y cuñadas. 

Ennegrecíale el humor una de esas desazones de 
carácter maligno, durante las cuales nos hace daño 
la alegría de los otros y nos acosa a menudo el se- 
creto deseo de turbarla. No padecía ninguna triste- 
za, ningún dolor reciente, el mal era viejo; su dis- 
gusto lo engendraban a una la pena del que se en- 
cuentra en todas partes fuera de su medio, los es- 
cozores del que aspira y nadie cree en él, y la sorda 
irritación de los seres nerviosos e intelectuales obli- 
gados a tratar frecuentemente con personas de in- 
teligencia tarda y vulgar discurso. 

“He ahí la familia , continuó; yo impenetrable 
para ellos, y ellos cerrados para mí. Cuanto piensan 
y cuanto dicen me ofende, me encocora, me irrita. 
¿Tengo la culpa de eso. . . y cómo quererlos si me 
producen tanto mal?” Cruzó la pierna y prosiguió: 
“Mi pobre madre siempre riendo; es verdadera- 
mente dichosa; la sed de su alma la colman los ob- 
jetos que tiene al alcance de la mano; su espíritu 
poco exigente la hace perdonar, disculpar o enco- 
gerse de hombros, de ahí el secreto de su ventura 
y de su bondad. Yo la estimo, yo la amo, pero no 
puedo menos de comprender que es un poco . . . 
simple; yo la respeto, sí, pero ¡Dios santo! ¿por qué 
ha tenido la inocencia de ponerme en el árbol el 
Tabaré ? Quiere lisonjear mis aficiones, mi amor a 
la lengua y me obsequia con un poeta del agua 
chirle castellana, como diría el gran Góngora; cree 
conocer mi gusto sediento de originalidad y me re- 
gala ese amasijo de lugares comunes del espíritu y 
de la letra. Y ¡parece cosa del demonio! para col- 
gar al libro le ha pasado la cinta por una página 
donde se leen lindezas como éstas: 


38 



“Inmóvil don Gonzalo 
Que aun oprimía el sanguinoso acero. 

Miraba a Blanca — que poblaba el aire 
De gritos de dolor — contra su seno 

Estrechaba al charrúa, 

Que dulce la miró; pero de nuevo, 

Tristemente cerró para no abrirlos 
Los apagados ojos en silencio.” 

“Qué fluidez, qué gracia, qué fuerza poética! ¡Y 
decir que hay majaderos a quienes tales prosais- 
mos les sabe a gloria! Quisiera tenerlos cerca para 
refregarles por los hocicos su estupidez. Tanta ton- 
tería me irrita, me irrita, me irrita. ¡Cristo padre! 
yo sé que decididamente no es serio volarse por ta- 
les cosas, que lo sensato es encogerse de hombros, 
pero no lo puedo remediar; me lastiman esos deta- 
lles como a otros una cortadura, un golpe. “Todo es 
relativo, dice María Bashkirtseff, y si un alfiler os 
hace tanto daño como un cuchillo, ¿qué tienen que 
decir los sabios a eso?” Muy bien, ¿qué tienen que 
decir los sabios a eso? ¡Ah, ah, no nos entenderemos 
nunca, cada vez seré más extraño para los míos; es 
triste, pero es verdad”, y se quedó mirando en acti- 
tud soñadora las nubes blancas de su soberbio puro, 
que en forma de anillos ascendían majestuosamente, 
ya encogiéndose, ya dilatándose como las aguas vi- 
vas en la mar serena. 


II 

En el ángulo de la sala reían a mandíbula ba- 
tiente. El extraño sonriendo con amargura pensó: 
“¡Cómo gozan! todos participan del contento gene- 
ral ¿es la salud del cuerpo o la del alma, la. que 
produce esa alegría? Evidentemente, en todo esto 
hay mucha estupidez: los inferiores son homogéneos. 
¡Cómo se entienden y cómo se penetran! sus cora- 


39 



zones palpitan a compás, en tanto que el mío. . . Lo 
que hace reir o llorar a uno, hace llorar o reir a los 
otros; se adivinan las ideas antes que salgan las 
palabras de la boca y de antemano están conformes”. 

Le temblaron los labios débilmente y aseveró: 
“no, no quiero; eso es el vulgarinismo, ¡uf, vade 
retro!” 

— Qué tal — preguntóle su hermana soltera, 
plantándose delante de él. 

Acostumbraba a consultarlo. Guzmán estaba 
casi tan al corriente como cualquier presumida niña, 
de todo lo que a modas y caprichos del vestir se refi- 
riera, y ella estimaba no poco su gusto exquisito, 
aunque algo extravagante. Además solía encontrar 
con pasmosa intuición esos detalles sin importancia 
al parecer, que le dan al traje la originalidad y su- 
prema elegancia que no tiene el figurín; esos to- 
ques apenas perceptibles, que producen grandes 
cambio's, de que nos habla Brulow, y que según él 
son el comienzo del arte. 

María era coqueta y vestía con refinada elegan- 
cia. Al verla en las noches de baile u ópera, lu- 
ciendo el lindo escote y los mórbidos brazos, a cuya 
hermosura daban realce las finas y vaporosas telas, 
las plumas y las blondas, sentía Julio crecer su es- 
timación hacia ella. “Ahora, en este instante, es mi 
hermana” decíase, porque en los demás momentos 
de la existencia le era tan antifraternal como los 
otros miembros de su familia. 

— Bien, muy bien, esos tonos tenues y mates me 
gustan. Y ves, lo que te decía, los baTidós ahuecados 
hacen más aristocrática y graciosa la cabeza. Hoy 
estás realmente bonita, una pulida damisela del si- 
glo XVIII. En cambio Petrona... ¿por qué no la 
aconsejas que se quite ese horrible lazo escocés? — 
Y dejándose llevar de su espíritu cáustico y nada 
bondadoso, continuó con toda gravedad: — Y podías 


40 



decirle también que no engrasara de esa manera 
tan. . . ¿cómo puede querer nuestro hermano a una 
señora que tiene las muñecas tan gordas y que se 
pone en la panza un lazo escocés, lo sabes tú? 

María, lisonjeada por los cumplidos de Guzmán, 
lo cogió de las manos y tirando de él exclamó: 

— ¡Qué cosas se te ocurren! . . . pero ven, vamos 
un poco allí. La pobre mamá se apena de verte siem- 
pre díscolo y adusto, ni siquiera le has dado un beso 
a los niños; ¿te cuesta tanto ser amable? 

Guzmán la miró fijamente y luego, apartando 
la vista con indiferencia, confesó: 

— Ser amable ... sí, eso es lo que me cuesta más 
trabajo. Los niños no me disgustan, mientras se es- 
tán quietos, pero me resisto a besuquearlos, la baba, 
el moco, sabes? Además ¡éstos son tan pelones y 
feos! por qué diablos no les dejarán crecer el pelo 
para hacerles rizos, eh? 

María lo miró un momento perpleja y de re- 
pente echóse a reir a carcajadas. 


m 

No de muy buena gana se acercó al animado 
grupo. Miguel, el hijo mayor de la señora de Guz- 
mán, tenía un chico sobre las rodillas y censuraba 
enérgicamente Los Aparecidos de Ibsen, expresán- 
dose con la facilidad que corresponde a un abogado. 

— ¡Una cosa reventable, repugnante! aquel pa- 
dre cínico y bribón, que quiere llevar a la propia 
hija a una posada de marineros para hacer ... lo 
que hacen otras que no son tan bonitas y ganan mu- 
cho; aquella desdichada viuda, que ha llegado a 
emborracharse con el libertino del esposo y a tole- 
lerar sus imprudencias, para retenerlo en casa y 


41 



ocultar al mundo la depravación que lo pudre ... y 
él que, aún después de muerto, sigue atormentán- 
dola, apareciendo como un fantasma amenazador en 
los vicios del hijo, ¡pobre víctima! que paga ajenas 
culpas, que ha venido al mundo con algo apolillado 

ya, y que al fin se vuelve idiota y pide el sol 

¡Ah, horrible, horrible! ... ¡y luego la realidad es- 
pantosa que le daba Novelli! . . . Las señoras em- 
pezaron a retirarse; ésta ( ésta era su mujer) estaba 
más blanca que la muerte, y yo hacía de tripas co- 
razón para no devolver lo que había comido. Y ahora 
pregunto, ¿es eso divertirse, es eso disfrutar del rato 
agradable que debe ofrecer todo espectáculo públi- 
co? No puedo creerlo. 

El abogado dijo lo que antecede, con el acento 
del que sabe que cuanto asegura es tan justo, tan 
natural, que no tiene réplica posible. Al decir, “es 
eso divertirse” . . . elevaba y torcía el labio superior, 
sonriendo con petulante suficiencia. 

— ¡Una cosa bárbara! — exclamó su mujer. 

La señora de Guzmán, lanzando un profundo 
suspiro, agregó : 

— Ya no se puede ir al teatro a divertirse, ni 
leer una novela alegre: todos son horrores, ¡Dios 
mío! como si en la vida no tuviera una bastante. . . 
— y suspiró otra vez. 

Era una señora buena y limitada. 

—A la verdad es que. . . — convino María, pero 
viendo que Julio estaba sumamente nervioso, fijó 
la vista en la alfombra y callóse. 

“¡Qué profundo sentido común tienen!”, pen- 
saba Guzmán. 

El abogado lo observó a hurtadillas, y luego 
dijo esforzándose por darle a sus palabras un tono 
distraído: 



— ¿Tú no piensas así, verdad? — lo cual signifi- 
caba: “Comprendo que no estás de acuerdo con nos- 
otros, pero a nosotros nos es lo mismo”. 

— Absolutamente — respondió Julio, y levantán- 
dose con el visible intento de cortar la conversa- 
ción, fue a sentarse al piano. 

— Perdona, olvidaba que tú también eres un 
poco decadente; ¿nó es así como se llaman esos poe- 
tas locos de París? ¡decadentes! es chusco; en cam- 
bio yo soy. . . 

— Yo te lo diré — interrumpió Guzmán, aso- 
mando la cabeza por encima del piano — ; tú eres 
un hombre muy sensato — hizo una pausa — , un 
hombre serio — otra pausa—, un verdadero jilistino 
— y soltando su risita impertinente e irónica, em- 
pezó a tocar un trozo de opereta muy juguetón y 
no poco difícil. Seguía el compás con el cuerpo, ele- 
vaba mucho las manos, pero todo ello sin llegar al 
ridículo, con desenvoltura elegante, aunque un tanto 
exagerada. Después de juguetear algunas cositas fá- 
ciles y traviesás, olvidóse del auditorio e interpretó 
con calor y sentimiento sinceros, un motivo de Los 
maestros cantores. Golpeaba las teclas con fuerza, 
como si quisiera arrancarlas el alma del sonido, y 
se detenía sobre ellas algunos segundos para des- 
tacar las frases y colorar los trozos más baladíes. 
En los intermezzos, sus dedos finos corrían sobre 
el teclado rozándolo apenas. Entonces entornaba los 
ojos, levantaba la cabeza y parecía seguir el inquie- 
to fuego fatuo de la fugitiva inspiración. 


En el ángulo de la sala conversaban distraída- 
mente; Maruja habíase dormido en un sillón, cerca 
del piano; los niños corrían a gatas por el suelo. . . 


43 



Guzmán levantóse y salió sin ser notado. Cuando 
estuvo en la calle se dijo como quien reconoce la 
verdad de una afirmación interna: 

— Efectivamente, los detesto; eso es: los de- 
tes-to — repitió mirando hacia arriba, hacia donde 
quedaban los suyos. 


IV 

La señora de Guzmán notó antes que nadie la 
ausencia de Jubo. Suspirando resignadamente dijo: 

— i Se fue, qué criatura! 

Hubo un momento de silencio que al fin inte- 
rrumpió Rafael: era el hombre serio de la familia, 
y se creía obligado a decir la última palabra sobre 
cualquier asunto que se tratase. 

— Gracias a los estudios disparatados a que se 
dedica, ignoro con qué fin, y a las rarezas que va 
adquiriendo, es de temer que concluya en el ma- 
nicomio. Vive desordenadamente, gasta demasiado 
y lo que es lógico, con todo eso sus asuntos no 
marchan nada bien; se lo pronostiqué, pero no quiso 
oírme, y . . . voilá. 

Aquella noticia la recibieron sin gran pena, 
acaso con vergonzante y oculta satisfacción. Fuera 
de que jamás habían fraternizado completamente, 
todos tenían algo contra Julio; resentimientos y que- 
jas que nacieron cuando el mozo, deseando campar 
por sus respetos, separóse de la estancia en que es- 
posa e hijos del difunto Guzmán trabajaban unidos, 
vendió su parte y cesó de vivir en la casa paterna, 
demostrándoles así a los suyos el poco o ningún 
afecto que les tenía. La distancia que les separaba 
se agrandó, y a poco se sintieron "enemigos. Pre- 
sente Julio nadie expresaba de una manera abierta 


44 



sus pensamientos; el temor de chocar los contenía, 
porque las disputas a que dio origen la separación 
de bienes, los dejó agriados y mal dispuestos a per- 
donarse nada. 

Poco después de la salida del extraño, libres 
ya de todo estorbo, los miembros de la familia Guz- 
mán mostráronse tales como ellos eran: gentes 
sencillas y bonachonas, que odiaban a muerte las 
sutilezas y los discreteos y apetecían sentir el eco 
simpático, que conduce insensiblemente a la conver- 
sación regocijada y fácil. 


V 

Julio Guzmán había viajado, leído bastante y 
vivido a prisa. Gracias a unas cosas y otras tenía la 
sensibilidad muy afinada y el gusto pelilloso y exi- 
gente. Una acción infame podría no sublevarlo, pero 
las pequeñas equivocaciones, las tontadas, las vul- 
garidades le producían verdadero dolor físico. Su 
inteligencia era aristocrática, su modo natural ser 
complicado, estudiado, de igual manera que el na- 
tural de otros es ser sencillos y llanotes. Amaba lo 
raro, lo difícil, lo que por exigir cierta intelectua- 
lidad para ser comprendido y apreciado, no está al 
alcance de todos. En Europa hubiera sido un artí- 
fice primoroso, o cuando menos un coleccionador 
inteligente de esas joyas de arte que sólo parecen 
tales a los espíritus muy finos y cultivados: habría 
tenido su colección de cueros de Córdoba, de cama- 
feos de miniaturas sobre marfil, u otro arte pere- 
grino y precioso; en América se limitaba a colec- 
cionar valiosas pipas. . . y los libros que tenían gra- 
bados de los objetos que su fortuna, algo mermada, 
no le permitió adquirir sino en muy reducido nú- 


45 



mero, cuando del brazo de una cocotte inteligente 
en las artes menores, recorría las casas de anti- 
cuarios de Francia, Italia y España. La ancienne 
maison Mor él tuvo un excelente parroquiano; el es- 
tudio de un arte despertábale el vivo deseo de co- 
nocer otros, y libros y más libros pasaban de la 
tienda a casa del curioso: fue así un amateur de 
estampas, del grabado, del esmalte . . . cada espe- 
cialidad le producía alegrías diferentes, y todas jun- 
tas, apartando su inteligencia de las especulaciones 
prácticas, lo desorientaron y convirtieron en un ser 
exótico. En los espaciosos salones del Club Uruguay, 
fríos y desiertos casi siempre, no encontró con quien 
departir de sus aficiones favoritas; en la casa pa- 
terna lo oían como quien oye llover; sus amigos 
calificaron de mariconadas el amor al bijou y al bi- 
belot . . . replegóse sobre sí, y su egoísmo tuvo un 
verdadero y espléndido florecimiento. 

Leía sin descanso, cultivaba a ratos perdidos la 
música, el dibujo, la pintura, cosas todas para las 
que tenía no sólo rara habilidad, sino verdaderas 
condiciones, pero a las cuales jamás pensó dedicarse 
seriamente; rimaba versos sabios y artificiosos, y 
echaba humo, humo por boca y narices, mientras 
las demás criaturas cumplían de mil maneras los 
múltiples fines de la vida local, y se agitaban sin 
reposo, como si tuvieran azogue en el cuerpo: siem- 
pre llenos de angustia y echándose, siempre más 
peso sobre los heridos lomos, para conquistar con 
doble fatiga el miserable mendrugo, ablandado siem- 
pre, siempre, siempre, con lágrimas de dolor! 

- “Es necesario libertarse” decíase, escuchando 
i m pasiblemente los gritos, las carcajadas, los ayes, 
las blasfemias y los himnos, el inmenso y confuso 
clamor de las afiebradas turbas, y echaba humo, 
humo, humo . . . 


46 



VI 


“Voy dejando de ser un miembro de mi familia, 
un hijo de mi patria”, pensaba a veces tendido en 
el sofá, con la pipa en un ángulo de la boca; “los 
sentimientos más comunes se desvanecen en mi 
alma : no hay nada que agite el fondo y la superficie 
está tranquila. Las riquezas, los honores, los pla- 
ceres que ellos anhelan, no tienen para mí signifi- 
cación alguna; el bien del prójimo, el amor de la 
humanidad, menos; no fraternizó y es muy lógico, 
no recibo nada. Los humanitarios no hacen otra 
cosa que devolver una parte de la que reciben, y 
la humanidad da a los que le dan, igual que la tierra, 
guarda la simiente y devuelve el fruto: justa co- 
rrespondencia y egoísmo puro, es la ley de la vida: 
o entregarse o conservarse. La lapa que se pega con 
más fuerza a su roca al contacto del agresor se de- 
fiende, y yo me defiendo ocultándome en mi casa 
como el caracol en su concha cuando hace frío. Las 
rozaduras me hacen daño y me endurezco sistemá- 
ticamente iy que un rayo me parta si no hago bien! 
los primeros deberes son para con uno mismo.” 

Ideas semejantes y sentimientos de hostilidad, 
que no se explicaba, le hicieron olvidar las pocas 
relaciones que tenía y hasta huir el trato de sus 
colegas de redacción. Cuando acertaba a verlos char- 
lando en un banco de la plaza o paseándose por las 
calles, observábalos algunos segundos con mirada 
penetrante y analizadora y sonreía irónicamente: 
“No, no me acerco: esos señores no tienen nada que 
decirme ”, decíase, y apretaba el paso. 


47 



VII 


Guzmán atravesaba la plaza Independencia. Ha- 
cía una noche placidísima y sin nubes; sobre el 
zafiro luminoso del cielo los resplandores de las es- 
trellas no parecían tales, sino más bien inquietos 
cambiantes de la luz. Aunque acababan de dar las 
diez en el reloj de la Catedral, discurría aún mucha 
gente por la plaza, y numerosos grupos y parejas 
de señoritas iban y venían muy atareadas en exa- 
minarse uñas a otras y parecer bien. La alegría pri- 
maveral de sus flores, gasas vaporosas, y triunfales 
sombreros, parecía llenarles el espíritu. 

Guzmán avanzaba observando; deleitábalo como 
siempre, más que la verdadera hermosura, las ca- 
becitas expresivas y monas, las delgadeces esbeltas, 
los vestidos y adornos de gusto complicado en su 
aparente sencillez, lo que en una palabra consti- 
tuye la distinción y el refinamiento. Seguía los ta- 
lles largos y no de formas muy redondeadas, los 
bustos un poco angulosos, pero gentiles, las nacien- 
tes y ya mórbidas caderas ... El aroma de las flores 
y los perfumes penetrantes producíanle si no placer, 
una como dulzura espiritual, que desvanecía el paso 
de las feas, de las cuales apartaba los ojos con dis- 
gusto, casi con enojo. De los hombres no hacía caso 
a no ser que tuvieren alguna singularidad, un de- 
talle ridículo que ofreciera blanco a su flagelante 
burla. 

Con el sombrero quitado para que el aire le 
refrescara la cabeza, atravesó la plaza varias veces. 
Gustaba de llamar la atención a pesar del desprecio 
que sentía hacia el público : las polainas blancas, la 
orquídea del ojal y el porte altanero que afectaba 
no tenían otro fin. 

“Estas guerrillas que despliegan las hermosas 
contra nuestra voluptuosidad, este Volteo tentador 

48 



de mujeres me encanta y seduce como nunca, pensó, 
y debe de ser porque ya no tengo el derecho de 
aspirar a todas. Sí, es eso . . . ; y si tal me acontece 
cuando no soy casado todavía , qué me sucederá 
cuando lo sea? ¿Pero es verdad que estoy resuelto? 
¿Cómo he podido llegar ahí yo, yo que. . . ?, y apar- 
tándose de la corriente humana, fue a sentarse a 
un banco de los muchos que empezaban a quedar 
desocupados. 

Se engolfó en sus cavilaciones; los ojos brillan- 
tes, humedecidos siempre como los de las personas 
que han llorado o acaban de sufrir un gran dolor 
físico, adquirieron el tono verde mate que ostentan 
algunas calcedonias, y cesó de ver. 


VIII 

“Sí; estoy decidido: aún no le he dado esta 
contestación a Sara, pero se la daré. Recuerdo per- 
fectamente lo que me dijo, y es más, hace meses 
que la vengo provocando para que me lo dijera. 
“Julio, nuestras relaciones se hacen imposibles, 
nuestras entrevistas cada vez más peligrosas; el sim- 
ple pretexto de los amores con Cora, que justificaba 
tus visitas, no es suficiente. Casares se muestra des- 
contento y habla de cortar relaciones que no con- 
ducen a nada, ¿comprendes? Por otra parte, ese 
viaje a Europa, que se le ha metido entre ceja y 
ceja; ¡separarnos, Dios mío, separarnos! ¿tú lo con- 
cibes?; ¿qué hacer entonces?”. Yo no le contesté, 
pero me dije para mi capote, completando sus ideas : 
“comprendido; no nos queda otro remedio que tomar 
una medida extrema, enérgica, de esas que saltan 
por encima de las convenciones humanas; hacer un 
gran sacrificio , pedir la mano de Cora y llevarla al 


49 



altar. . . Muy bien; pero lo que tú no sabes es que 
para mí eso no será un sacrificio, porque yo he 
concluido por amar a Cora... sin dejar por tal 
razón de amarte a ti ni un poco menos, lo que no 
obsta para que las engañe a las dos, haciendo lo 
que tú me pides, sin saber que soy yo quien te lo 
ha sugerido, aunque embozadamente”. Justo, así, 
pensaba mientras se hacía el “sueco”, y con nitidez 
completa se representó la escena que había tenido 
lugar entre él y Sara algunos días antes. 


IX 

Fue en su casa; él estaba recostado en el sofá 
Luis XVI y ella arrodillada en el suelo, sobre la piel 
de oso blanco que se extendía delante de aquel mue- 
ble. A la mortecina luz que entraba por las persia- 
nas, entreabiertas apenas, distinguíase una verda- 
dera profusión de objetos artísticos, puestos aquí y 
allá con estudiado desorden, interceptando el paso 
por todas partes. Tapices flamencos muy bien imita- 
dos, lienzos de buenas firmas, dibujos estrambóticos 
y armaduras y caretas japonesas cubrían las pare- 
des y subían hasta el techo, adquiriendo en la pe- 
numbra formas raras y caprichosas. Todo tenía allí 
sello personalísimo, hasta el penetrante y exótico 
perfume que embalsamaba el aire y que hacía pen- 
sar, no sé por qué, en las cosas de encantamiento. 

— Sé que lo que te pido es tremendo — continuó 
ella como si ya se lo hubiera dicho — ; sé que te pro- 
pongo una infamia, una cosa indigna, de la que nunca 
me hubiera creído capaz; en este instante, al decír- 
telo, me siento morir de pena y de vergüenza, pero 
no puedo menos de decírtelo. . . hé querido resistir, 
rebelarme, escapar a la obsesión, fódo, todo inútil. 


50 



¡Ah, Julio! ¡Si tú supieras cuánto he llorado, com- 
prendiendo que la idea iba cada vez apoderándose 
más de mí! Días sin un minuto de calma, noches de 
insomnio. . . ¡Qué tormento, qué tormento! 

“¡Cuánto la amo al verla sufrir por mi causa!” 
— observó él mirándola compasiva y tiernamente. 
Después, entornando los ojos como cuando se expe- 
rimenta un placer muy intenso, pareció que se ador- 
mecía al arrullo de las palabras de ella. 

— Cuando lo pienso me desespero, y sin em- 
bargo. . . ¡arrojarte yo misma en los brazos de otra 
mujer, de una persona que me es querida y a la que 
debo engañar vilmente! A veces me pregunto si no 
estoy loca, y no sé qué contestarme; cuando pienso 
que puedo perderte, huye mi razón, deliro, y enton- 
ces siento que sería capaz de cualquier cosa: de 
matar, de robar, de las mayores atrocidades. ¡Qué 
miseria, qué miseria! 

Presa de mortal congoja, escondió la cabeza en 
el pecho querido de su amante. El la besó respetuosa 
y tristemente y guardó silencio. 


X 

Mientras ella sollozando y toda trémula le con- 
taba sus torturas y ansiedades, Guzmán sentía un 
placer doloroso, que le apresuraba la respiración y 
le producía dulces mareos. Sufría de verla sufrir, 
pero al mismo tiempo, la idea de que él inspiraba 
cariño tan inmenso, llenábale el alma de violenta y 
salvaje alegría. Nunca tuvo ocasión de aquilatar su 
imperio sobre ella como en aquellos momentos en 
que la veía sin fuerzas, sin voluntad, sin nada que 
oponer a la ola triunfante de la pasión. Era suya en 
cuerpo y alma, suya, suya ... Él había despertado 


51 



sus sentidos y hecho un mágico instrumento de pla- 
ceres y delicias del cuerpo antes insensible a la vo- 
luptuosidad, casto, frío y hermoso como un mármol 
griego; su amor fundió la virtud de la enamorada 
como funde al vidrio la llama viva del soplete, torció 
la escrupulosa conciencia de la enseñanza católica, 
penetró el cuerpo de la amante hasta no hacerlo 
vivir más que para él, y se adueñó de tal modo de 
la Conquistada , que ésta ya no era un ser libre, sino 
un sujeto siempre pronto a obedecer ciegamente. Y 
el sentimiento de tan grande fuerza le embriagaba 
el corazón : 

— ¡Mi pobre SaraJ — exclamó volviéndola a 
besar. 

Luego, con la mirada perdida en las sombras, 
se dijo: “Está en lo cierto cuando asegura que por 
mí llegaría hasta el robo y el crimen. ¡Pobre cria- 
tura! me lo ha sacrificado todo: pureza, honradez. . . 
soy su dueño y me obedece sin que ella misma se dé 
cuenta. ¿Qué haré yo de ella? Sería un infame 
si. . . ” — Y su rostro se contrajo dolorosamente. 

“Yo debía decirle —continuó dejándose llevar 
de un arranque generoso, no extraño en él — que no 
se atormente creyéndose culpable, que el culpable 
soy yo; que por probar mi dominio sobre ella pri- 
mero y después porque la idea me obcecaba sin 
cesar, le sugerí eso poco a poco, con maña diabólica; 
ya una insinuación encubierta, ya una palabrita su- 
gestiva, ya una reflexión intencionáda, de todos 
modos le hacía sentir el peligro de perderme a la 
par que le mostraba el medio de asegurarme defini- 
tivamente ... se agitaba, temblaba como un sujeto 
cuando se le da la imperiosa orden, la orden que 
no puede sino cumplir, ¡pobre ahna blanca! la veía 
rechazar la idea con horror, luego vacilar, después 
desfallecer. . . y asistía a la descomposición de su 
virtud, esperando por momentos vSrla así, arrodi- 


52 



liada a mis pies, pidiéndome lo que yo le he orde- 
nado”. E invadido por incomprensible ternura, con 
los ojos llenos de lágrimas, le rogó acariciándola: 

— No llores, alma; ¡si tú supieras! . . . 

Pero ella, creyendo que iba a rechazar lo que 
le proponía, le tapó la boca. 

— No, no pienses, no analices; dime sólo que no 
me dejarás morir, que accederás a lo que te pido 
— y atrayéndolo, lo cubrió de besos los ojos y los 
labios. 

Cuando ella bajaba las escaleras, se dijo él con 
desesperada amargura: “Yo te perderé, yo destro- 
zaré tu existencia, lo presiento, lo presiento; llevo 
algo malo aquí, una cosa maldita que hará mi des- 
gracia y la de las que tengan la fatalidad de que- 
rerme”. — Y las lágrimas volvieron de nuevo a arra- 
sarle los ojos, sin que supiera a ciencia cierta si 
lloraba por ella o lloraba por él. 


XI 

Un hombre pasó; Guzmán siguiólo con la mi- 
rada hasta perderlo de vista. 

“Sin duda una mezcla extraña de elementos 
contrarios forman la esencia íntima de mi ser; tengo 
el alma muerta, y, sin embargo, no existe nadie más 
accesible que yo al entusiasmo y a la i sensiblería; 
soy una criatura naturalmente falsa, insincera, siem- 
pre lo he sabido más o menos bien, pero nunca he 
podido remediarlo”, reflexionó. “¿Por qué no le dije 
la verdad y mostré su inocencia? Tuve deseos, pero 
no sólo no lo hice, sino que le pedí ocho días de 
plazo para pensar y la dejé que se fuera con la ator- 
mentante duda. Representé mi comedia como un 
farsante de profesión. Otras veces miento, miento 


53 



sin interés alguno, ¿por qué? ... A todas luces la 
sangre de algún bellaco corre por mis venas”. 

Guzmán era absolutamente sincero consigo mis- 
mo, y a veces solía calificar sus acciones con los 
epítetos más denigrantes y duros . . . sin que por 
eso hiciera por corregirse. Ya porque creyese inúti- 
les los propósitos de enmienda, o porque juzgara a 
los hombres irresponsables y la bondad y maldad 
dos palabras vanas, fuera por una cosa u otra, o por 
razones oscuras e inexplicables, el caso es que prac- 
ticaba el mal con plena inteligencia y con pleno 
conocimiento, asimismo, de su ningún poder para 
obrar de otro modo. 

“Hasta las cosas más sencillas no pueden ser de 
otra manera que son; para que hubiese el menor 
cambio sería indispensable que el orden del universo 
se trastornara, decíase. Oigo a cada paso, “si en vez 
de toníár esta calle hubiera tomado la otra ...” quien 
dice eso es un imbécil; para tomar la otra habría 
sido necesario que antes se transformaran miles de 
ideas, juicios, conveniencias y cosas: un terremoto”. 

Y filosofando sin temor, ardidamente pensaba 
poco más o menos lo que sigue: 

“Cada árbol debe dar su fruto; es una tarea es- 
téril y estúpida la de torcer nuestras propensiones 
hacia aquí o hacia allá, ¿con qué fin, quién sabe 
dónde está lo cierto? y después de todo nos defor- 
mamos inútilmente, porque, en resumidas cuentas, 
el instinto triunfa. Lo sano es seguir la ley de la vida, 
que manda vivir, sin distinciones, lo que tiene exis- 
tencia; desenvolvernos en amplia y suprema liber- 
tad como los otros organismos : los rosales den rosas, 
miel las abejas, veneno las víboras: todo tiene su 
destino, lo único que carece de él es lo artificial”. 

Estos y otros razonamientos de idéntica índole, 
amansaban su conciencia y le permitían juzgarse 
con entera libertad, sin disimulos ni 'veladuras. Em- 


54 



pero, del antagonismo de sus múltiples yo, le nacía 
en las profundidades del alma el descontento de sí 
mismo, fecundo en toda suerte de amarguras y ne- 
gros pesares. En aquel instante convenía en ello, 
mientras distraídamente hacía rayas en la arena con 
la punta del bastón. 

“Haga lo que haga, quedaré como siempre, lleno 
de dudas y descontento de mí. ¡Ah!, ¿por qué no me 
hizo Dios como ese plácido gordo? ¡qué pocas cavi- 
laciones le quitarán el sueño! Ahora llegará a su 
casa, y si la mujer se ha dormido, le pegará una 
soberbia paliza, yéndose luego a la cama como si tal 
cosa, sin que lo atormente la duda de si ha hecho 
bien o mal. ¡Vaya al diablo! pretendo ser un hom- 
bre fuerte, un hombre libre de prejuicios y no tengo 
fuerzas para . . . ; la menor resolución me cuesta 
grandes esfuerzos, porque gracias a mi análisis, 
descubro tan bien el pro y el contra, que luego no 
sé por qué decidirme. Al fin, concluyo por cerrar 
los ojos y. . . salga lo que salga”. 

Hizo un gesto de impaciencia y continuó: “y 
últimamente, para qué tantas reflexiones, no parece 
sino que me voy a resolver ahora; ¿no sé hasta el 
cansancio que estoy decidido y que por añadidura 
no puedo, esa es la palabra, no puedo renunciar a 
ninguna? ¿Si Napoleón se hubiera parado en barras, 
hubiera sido el Emperador? ¿Diariamente miles y 
miles de criaturas no se sacrifican, para asegurar la 
dicha de otras? Y bien, obremos. . . los peces gran- 
des se comen a los chicos y los astros mayores a los 
menores; será muy malo, pero no puede ser de otra 
manera. No soy dueño de mí, una fuerza superior 
me arrastra”, concluyó por último. 

Esto de la fuerza superior, parecióle tán de 
perlas que, para su consuelo, se lo repitió tres o 
cuatro veces, hundiéndose en seguida en obscuras 
meditaciones. 


55 



Pasó una hora. “La naturaleza no crea necesi- 
dades que no se deban satisfacer ¡que no se deban! 
¡cómo se reirá la gran Madre de nuestros miserables 
deberes! ...” murmuró mientras amarga e irónica 
sonrisa le entreabría los labios. Calló de nuevo y 
durante un rato se entretuvo en contar inconscien- 
temente las columnas de los edificios que rodeaban 
la plaza. 

El ruido de los coches no se oía, sino muy de 
tarde en tarde, y los transeúntes iban siendo es- 
casísimos. Un hombre ebrio permanecía sentado 
frente a Guzmán, la innoble cabeza caída sobre el 
pecho desnudo, enrojecido y granuloso, y las piernas 
abiertas, como dislocadas. 

“Cuando las amo a las dos se cae de su peso que 
puedo amarlas, pensó por fin, lo demás son pampli- 
nas . . . Por otra parte, como sacrificar a una de 
ellas, sería cruel, lo humano es evitarle el dolor, 
que vivan cada una con el pedazo de alma mía que 
naturalmente le corresponde; mientras ignoren se- 
rán felices. . . como todo. el mundo, y acaso ignoren 
siempre. Hasta me parece que el hombre verdadero 
y el hombre humano están conformes esta vez ¡Gra- 
cias a Dios!” 

Y satisfecho de encontrar el razonamiento que 
le hacía falta para desvanecer sus escrúpulos, sonrió 
placenteramente, abandonándose en seguida a los 
hechizos y sortilegios de su viva imaginación, la 
gran Encantadora. 


XII 

Dióle fuego a un cigarrillo opiado y buscó una 
postura cómoda. Guzmán cultivaba el ensueño. 
Cuando se sentía mareado por el -generoso mosto 


56 



del optimismo, evocaba las risueñas quimeras de la 
esperanza, y dejaba volar adrede la loca fantasía. 
Los recuerdos dulces acudían en tropel a su memo- 
ria, y sólo las posibilidades de realizar las aspira- 
ciones gratas al corazón presentábanse a su encan- 
tado espíritu: formábase así una atmósfera tibia, 
un invernáculo del alma, donde pronto florecía la 
planta delicada de la dicha artificial. “Puesto que el 
placer es un fantasma que se desvanece más tarde 
o más temprano, creámoslo y hagamos durar el ma- 
yor tiempo posible la querida ilusión”. Se había di- 
cho muchas veces. 

Soñaba embebecido en el espectáculo que se 
ofrecía a sus ojos: el cielo y la ciudad tenían a tre- 
chos los cambiantes de la alunita: alba nube cer- 
níase en el espacio azul, donde la muriente claridad 
del astro muerto dejaba flotando tenue polvillo de 
plata; los árboles proyectaban sombras chinas en el 
suelo, y algunas azoteas bañadas por la luz, parecían 
casas coronadas de luminosa nieve, semejando muy 
bien esos paisajes invernales de brillo sorprendente, 
que suelen admirarse en las linternas mágicas. Por 
todas partes claridades pálidas, tímidas sombras, 
tintas opalinas, y aquí y allá, en los oscuros térmi- 
nos de las calles, chispazos rojizos, la luz de los 
lejanos faroles que producía a veces los destellos 
vinosos de las piedras preciosas. 

Al dar las tres, el soñador tuvo un estremeci- 
miento de frío y se incorporó. “Estoy resuelto”, ase- 
guróse al tomar el rumbo de su casa, “eso es lo mejor 
que puedo hacer; basta de cavilaciones, ¿quién las 
ama tanto puede desear su daño? . . . indudablemen- 
te no; a pesar de todo, algo me dice... ¿pero se 
trata del presentimiento del mal o del escrúpulo 
burgués?” y volvió a atormentarse con sutiles re- 


57 



flexiones, sintiendo de nuevo la necesidad irresis- 
tible de analizar, que lo seguía, lo seguía como la 
sombra al cuerpo. 


XIII 

— Don Julio, ya es hora — dijo la antigua sir- 
viente de Guzmán, dejando el chocolate sobre la 
mesita de luz. Luego entreabrió las persianas y sa- 
lió del aposento sin hacer ruido, deslizándose por 
entre los muebles como gato por entre cristales. 

u ... y eso me asegurará la independencia ne- 
cesaria para dedicarme tranquilamente a mis versos 
y a mi Tratado del Amor ”, pensó Guzmán abriendo 
los ojos. “No hay duda, yo he acabado de decidirme 
en sueños; de otro modo no hubiera dicho y eso me 
asegurará . . . eso lo he resuelto durmiendo. He aquí 
un caso de actividad psíquica, razonada e incons- 
ciente. Ahora a otra cosa; yo tenía que hacer algo. . . 
¡ah! sí, el chocolate”, y desperezándose cogió la taza. 

Como de costumbre, se aseó y vistió cuidadosa- 
mente. Su tocado duraba por lo general dos horas. 
Mientras se perfumaba, pulía las rosadas uñas o se 
hacía el nudo coquetón de la corbata, un pliegue 
profundo, juntábale las cejas; de vez en cuando de- 
jaba la lima, el peine o el cepillo y sentándose junto 
a una pequeña mesa, hacía con lápiz algunas anota- 
ciones, prosiguiendo después su tarea. 


Los postigos abiertos inundaban , de claridad el 
estudio, los rayos de oro deí sol templaban la atmós- 
fera aromatizada suavemente por la gran canasta 
de violetas y jazmines fresquísimos;' húmedos aún, 


58 



que se veía sobre un historiado soporte en el medio 
de la sala. Guzmán hundió el rostro en ella, aspi- 
rando un momento con delicia las fragantes aromas. 
Esto era lo primero que hacía al entrar todas las 
mañanas en su pieza predilecta, en su mundo, por- 
que la frescura de las flores, sobre producirle vivo 
placer, parecía qué le despejaba el entendimiento. 
Encendía luego un cigarrillo y echando humo empe- 
zábase a pasear de un lado a otro, deteniéndose tal 
cual vez frente a un lienzo de la escuela pre-raf ae- 
lista, ya delante del Fauno de los platillos y otras 
reproducciones de la escultura clásica, ora juntó a 
la vitrina de los camafeos, ora cerca de algún mue- 
ble de talla primorosa. Concluido el cigarrillo po- 
níase a escribir. 

“ Calentar las frases hasta que quemen, colocar- 
las hasta cegar, animarlas hasta que produzcan la 
sensación de la vida”. Di jóse como de costumbre, 
al abrir el cuaderno sobre cuya tapa de cuero de 
Rusia y broches de plata oxidada, leíase esta ins- 
cripción: Zafiros, del hebreo zappir, que significa la 
más bella cosa. 

Guzmán era un diamantista del verso, un artí- 
fice más que un poeta; su amor a la preciosura del 
arte inspirábale el gusto del término raro, de la ex- 
presión recamada y pulida, el gusto de las filigranas, 
taraceas y cinceladuras de la frase. Creía como Flau- 
bert, que la palabra es todo. “La palabra es para la 
idea, lo que la línea para la escultura y la nota para 
la música”, aseguraba y limaba sus versos como 
quien pule un diamante. Él, que se reía y se jactaba 
de despreciar al común de las gentes, sentía por el 
público lector profundo respeto: su sueño era entre- 
garle temblando una joya acabada y de nadie cono- 
cida, y con el júbilo con que el avaro aumenta su 
tesoro, hermoseaba él su obra en la soledad, ocul- 
tamente, tanto que ni sus mismos compañeros de 


59 



redacción sospechaban que hiciera versos, y menos 
aún versos sabios. Cuando le pedían su parecer sobre 
alguna composición, leíala despacio y al fin, enco- 
giéndose de hombros, desdeñosamente, aseguraba: 

— Versos flojos, desmañados, pobres: yo sé de 
uno que los hace como Dios manda — y reíase para 
su capote de la ignorancia de los otros. 

Todas las mañanas trabajaba dos horas en los 
Zafiros , a los que no había agregado ninguna compo- 
sición desde mucho tiempo atrás; perfeccionaba las 
viejas. Algunos versos, muy pocos, ya veíanse se- 
ñalados con lápiz azul: eran los que había necesidad 
de limar aún, y sobre ellos se estaba horas enteras, 
puliendo el vocablo, afinando el concepto, hasta que 
llegasen a ser sus rimas lo que él quería que fueran: 
frascos preciosos de esencias sutiles. 


XIV 

En el estudio, rodeado de sus cachivaches y chi- 
rimbolos artísticos, sentía Guzmán una calma muy 
dulce, un gozo muy íntimo y suave. Las horas co- 
rrían tras él apaciblemente: leía, limaba lós Zafiros , 
soñaba tendido en el blando diván. . . Sólo muy de 
tarde en tarde, como una ave negra por el limpio 
cielo azul, le pasaba por las mientes la idea de su 
soledad y extranjerismo en la propia patria, y en- 
tonces la pluma se le caía de entre los dedos. Levan- 
tábase enarcando las cejas y pegaba la frente contra 
los cristales de la ventana; hombres, mujeres y ni- 
ños iban y venían atareados en mil ocupaciones que 
él despreciaba sin conocerlas, como ellos desprecia- 
ban sin conocerlos sus Zafiros y su Tratado del 
Amor. Y comprendía sin esfuerzo, pero ño sin amar- 
gura, que a su existencia le faltaba^algo. “Haga lo 


60 



que haga un mar de hielo me separará de mis seme- 
jantes, y ni mis rimas ni mi Tratado del Amor lo 
romperán. ¿Habré equivocado el camino de la vida, 
seré únicamente un retórico elegante y vano?” Y 
mil dudas le señoreaban. 

En su aislamiento sentía vagamente el vacío de 
no tener ninguna tarea que le pusiera en relación 
con los demás hombres, y al mismo tiempo repug- 
nancia y miedo de llenarlo. Repugnancia de con- 
fundirse con la plebe, miedo de caer en la lucha, 
miedo de que lo pisotearan, miedo del dolor. “Para 
obrar es necesario enrudecerse, y yo no he hecho 
otra cosa que afinarme ”, reflexionaba, y la nítida y 
justa conciencia de su desemejanza, lo hacía reti- 
rarse de los cristales, coger la pluma y, si no con- 
tento, al menos resignado, meterse de nuevo en sí, 
como el caracol en su concha cuando hace frío. 


XV 

— Quiero ver tus ojos — dijo Sara — , tus ojos 
me dirán si debo morir o no. 

Él tendiéndole las dos manos se acercó a ella: 

— Mira. 

; Y * 

— Lo que tú desees se hará; estoy pronto a 
obedecerte. 

— ¡Amor, amor mío! — exclamó ella echándole 
los brazos al cuello, y las lágrimas empezaron a 
correrle por las pálidas mejillas, pálidas y casi trans- 
parentes como las finas porcelanas japonesas. 

— Perdona, Julio, deja que me desahogue, no 
podía más, al subir me temblaban tanto las piernas 
que me vi obligada a detenerme una porción de 
veces, ¡qué angustia! pero ahora soy dichosa, di- 
chosa, dichosa . . . 


61 



Julio pasándole amorosamente el brazo por de- 
trás del talle, la llevó hasta el diván que había en 
el medio de la pieza, escondido en el hueco que for- 
maba para el caso un complicado mueble. Sobre el 
diván, a cierta altura, en una especie de historiado 
y ancho estante, que sostenían dos cariátides de ro- 
ble muy bien esculpidas, descansaban algunos vasos 
y jarrones; las cabeceras del mueble formábanlas 
dos vitrinas, y la parte posterior una biblioteca de 
tres cuerpos, donde tenía Guzmán los autores de que 
era más devoto. 

Sentáronse, y Sara dejó caer la cabeza sobre el 
hombro de Guzmán; con la diestra le oprimía la 
mano que él la pasaba por detrás del talle, y con la 
izquierda la otra, besándosela seguida y regular- 
mente. En tal posición y en la semi-oscuridad que 
velaba el estudio otras veces, solían permanecer 
largo tiempo sin hablarse, hundidos ambos en una 
deliciosa soínnolencia. 

— ¡O vase de tristesse, ó grande taciturne! ¿es 
posible que me quieras tanto? — exclamó él. 

Sara levantó la cabeza. Su rostro de una blan- 
cura mate tenía el óvalo infantil de las Purísimas 
de Murillo, y los ojos grandes, de mirada lánguida 
la misma expresión triste y dulce de los de aquéllas. 

— O vase de tristesse, ó grande taciturne! —re- 
pitió él mirándola con amor — . ¡Qué hermosa, qué 
hermosa eres! ¡Hay días que tu belleza hace real- 
mente mal! 

Ella sonrió y él la besó entre los labios, sobre 
el marfil de los dientes, iguales y blanquísimos. 

— Tu boca amorosa te vuelve a la tierra; si no 
fuera por ella inspirarías amor divino, no pasión 
humana. Te quiero mejor así. 

Después que se repuso dijo Sara: 

—Tú mi boca y yo tus ojos. . . ¡qué impresión 
me produjeron la primera vez que té vi! — Hizo una 


62 



pausa y continuó: — Fue cuando me llevaron a tu 
casa, después de la muerte de mi pobre madre. Es- 
tabas enfermo, pálido, muy pálido; no tenías nada 
más que ojos en la cara. Cuando me miraste me eché 
a llorar jqué mirada triste, Dios mío! Me figuré que 
vivirías poco y de golpe me invadió una gran ter- 
nura hacia ti. Después, después . . . ¿recuerdas tú 
después? Fui tu enfermera, ¡qué días felices aque- 
llos! Cuanto más triste te veía más afanábame yo 
en divertirte y hacerte reír, cosa que lograba con 
grandes trabajos, porque tú eras muy irritable y 
descontentadizo. Según los médicos padecías no sé 
qué trastornos nerviosos; a la menor cosa me tira- 
bas con los juguetes. Irritable, sí, pero en el fondo 
buen corazón; al verme lagrimear, toda triste y pe- 
sarosa, me atraías cariñosamente hacia ti y si yo 
lloraba, llorabas tú también. 

Se detuvo, entornando los ojos como hacen al- 
gunas personas para recordar, y luego prosiguió: 

— Lo que no puedo precisar es cuándo me ena- 
moré de ti; yo creo que siempre lo estuve. Si me 
decían que era linda, me alegraba por mi Julio; si 
procuraba ser elegante y mona, era para seducirte; 
y si me sentí dichosa cuando me subieron el moño 
y me llevaron al primer baile, fue porque me dije: 
“ahora ya soy una señorita y puedo, cuando le pa- 
rezca, casarme con él”. 


XVI 

Gustando la miel de los recuerdos gratos ha- 
blaba, hablaba mientras Guzmán, con la seriedad 
del artista absorbido en su obra, la cubría de vio- 
letas. Tenía la canasta a la mano, y sin levantarse 
iba cogiendo los ramilletes y poniéndolos con pere- 


63 



grino arte en la cabeza, sobre el busto y en el cuello 
de su amada. 

. l-^ e vez en cuando echábase hacia atrás para es- 
tudiar el efecto, y luego inclinándose lentamente 
sobre la gran taciturna, depositaba en su rosada 
oreja un beso largo, largo . . . Ella sentía voluptuoso 
escalofrío, entornaba los ojos y muy grave devol- 
víale el beso. 

— ¡Alma! . . . 

—¡Vida!... 


XVII 

— ¿Recuerdas aquella noche? tú estabas enfer- 
mo, no podías bailar y me seguías con la vista tris- 
temente, tal vez con un poco de celitos. Desde el 
principio tuve el carnet lleno, y yo que entré al 

baile con un temor horroroso de planchar No 

perdí pieza; los mozos me asaltaban pidiéndome los 
intermedios ; a la hora de haber entrado tampoco te- 
nía intermedios ... La señora de la casa me abrumó 
de atenciones, los viejos graves lo mismo, en fin, 
un triunfo que te hizo pasar un mal rato, y ¿lo cree- 
rás? yo gozaba de verte triste; sabía que era por 
mí y eso me llenaba de felicidad y orgullo. 

“Cuando estuvimos solos en el comedor de casa 
me dije: Yo tengo la culpa de esa tristeza y yo 
debo disiparla”. 

— “¿Qué tienes? — te pregunté. Vacilaste un po- 
co y luego respondiste: 

“ — Pienso que pronto nos abandonarás; todos 
gustan de ti. 

“ — ¿Y eso te apena? 

“ — Sí. . . ; ¿no lo sabes tú? 

“Los corredores estaban oscuros, una sola luz 


64 



de la araña iluminaba a medias el comedor y sus 
reflejos pálidos herían el juego de plata del té, ya 
servido. Yo me veía en el espejo blanca, blanca 
como una muerta. 

“ — Quieres que te diga una cosa? — repuse acer- 
cándome. Tú me mirabas con los ojos muy abier- 
tos — . Pues bueno — proseguí — , si tú no me aban- 
donas, yo nunca te abandonaré. 

“Como sin fuerzas te dejaste caer en el sofá, 
al mismo tiempo que me agarrabas las manos y me 
las cubrías de besos y lágrimas. ¿Y yo qué sentí 
entonces? ¡ah! no pude verte llorar; a mi vez lloré, 
y con toda imprudencia te cubrí de besos las me- 
jillas, los ojos, los labios... Siempre me ha suce- 
dido igual; tus sufrimientos me vuelven loca, ¡loca 
de amor y de dolor!” 

— ¡O vase de tristesse, ó grande taciturne! — re- 
pitió él besándola lánguida y dulcemente. 

— Desde aquel día fui tuya, tuya, tuya ... Y lo 
que más me ataba a ti era ¡cosa singular! la con- 
ciencia de que podías perderme. 

“Ese terrible y angustioso miedo me atraía, 
como el negro abismo atrae al miedoso. Una vez 
que subimos a la torre de la Catedral con tus her- 
manas, sentí mirando hacia abajo, lo que sentía mu- 
chas veces mientras pensaba en tus ojos, en tu ma- 
nera de reír y en tus palabritas de miel, miedo e 
irresistible atracción. Pero tú me abandonaste, y en- 
tonces ...” — y recordó con tristeza la ingratitud de 
Julio, enamorado de otra, y el casamiento de ella 
con el pretendiente a que menos se inclinaba, el 
Sr. Casares, hombre de cierta edad, viudo y padre 
de una joven poco menos que la nueva esposa: Cora. 


65 



XVIII 


Julio la había deshecho el peinado y tejido en 
la soberbia mata de pelo una guirnalda de flores. 

— No te menees. . . — exclamó de pronto, y ale- 
jándose hacia la alcoba, trajo una tela blanca y la 
envolvió con ella, imitando los pliegos de un peplo. 

— ¡Una vestal! — dijo con apagada voz, abra- 
zándola. 

Ella se abandonó a él lánguidamente y sus bo- 
cas ávidas se unieron. Cuando el aliento cálido de 
Julio le acariciaba el rostro, creía Sara morir; la fla- 
queaban las piernas y acabábasele la apresurada 
respiración. A veces sentía un frío muy extraño, 
que la helaba la columna vertebral, y otras veces 
estremecimientos y cosquilieos, que la recorrían 
toda la piel. 

—¡Vida! . . . 

— ¡Alma! . . . 

Murmuraban, y sus labios volvían a unirse, se- 
dientos de la sed insaciable del amor. 

En aquel instante la sirviente cerró las persia- 
nas por la parte de afuera y las sombras invadieron 
el estudio, haciendo que los objetos crecieran, me- 
drasen o cambiaran de forma misteriosamente. Las 
máscaras japonesas trocaban sus visajes horribles 
en risas lúbricas de sátiros; el Fauno de los plati- 
llos, parecía de veras danzar su licencioso baile; las 
carnes de los desnudos palpitaban, y las figuras de 
los cuadros y tapices no se diría sino que iban a 
echar a andar, tanta animación adquirían en la semi 
obscuridad engañadora. En la sombra las violetas y 
jazmines exhalaban sus más penetrantes olores. 

Sara sentíase desfallecer, los besos prolongados 
y sonoros en el pabellón tierno y sensible de las son- 
rosadas orejas, estremecíanla y le llenaban los oídos 


66 



de músicas inefables, de melodías celestes, que llega- 
ban a producirle desmayos y espasmos voluptuosos. 

— Me muero — balbuceó por último sin corres- 
ponder ya a las apasionadas caricias que recibía — , 
me muero — repitió, escondiendo la cabeza en el pe- 
cho de Julio, para huir de los besos que le produ- 
cían tanto mal y tanto bien. Pero él, poseído de la 
locura erótica, orgulloso de sentirla desfallecer de 
deseos, orgulloso de producir aquella voluptuosidad 
que mataba, deseando tal vez que muriese entre sus 
brazos, siguió prodigándole enervadoras caricias, en- 
loquecido de verla oscilar entre la vida y la muerte, 
como la luz de la vela que se sopla, y tiembla pró- 
xima a extinguirse y otro soplo puede matar. . . Y 
así, ella temblando y él vertiéndole con sus besos 
en los oídos el filtro venenoso del amor, atravesa- 
ron la sala como dos espectros, caminando lenta- 
mente, lentamente, lentamente. . . 


XIX 

— Hoy podré acompañarte todo el día; dije en 
casa que iba a Colón. 

Habían almorzado juntos y se sentían muy sa- 
tisfechos y alegres. 

— Pues entonces trabajaremos; tengo una nueva 
obra para ti, las Cartas amatorias de Mariana Al- 
cofurado, la célebre monja portuguesa. ¿La obra 
no te gustó? 

— ¿Cuál, el Triunfo de la muerte ? . . . así, así; 
yo no entiendo el amor de esa manera. 

— Tú eres una alma blanca, ves solamente el 
lado bueno y generoso del amor, pero tiene otros . . . 
A mí siendo humano no me repugna ninguno; todos 
despiertan mi curiosidad, y estudiándolos en su 


67 



esencia y sin prevenciones, comprendo que son igual- 
mente legítimos. 

Sara guardó silencio; había algo en las ideas de 
Guzmán que lastimaban las suyas. El abrió L’ins- 
tinte' sexuel chez l’homme et chez les animaux, de 
Tillier, y se puso a copiar en un cuaderno de notas 
los pasajes que tenía señalados. Con todas las obras 
de su nutrida biblioteca y las que fue adquiriendo, 
que directa o indirectamente trataban del amor, 
había hecho lo mismo; los cuadernos pasaban de 
diez y aún le parecía insuficiente el material de 
observaciones para la base de su tratado, y por eso 
buscaba afanosamente en las historias a lo Tácito, 
en las novelas de todas las épocas, en las confesio- 
nes de las cortesanas y amorosas de todos los tiem- 
P os > y en las sutiles páginas de los místicos o de los 
psicólogos, algo que pudiera darle alguna luz, mar- 
carle un rumbo o sugerirle una idea. 

Mientras se atareaba en labor tan ímproba y 
dura, para otro cualquiera que no sintiese con la 
fuerza que él, el gozo de investigar, hacía sus apuntes 
y analizaba la propia experiencia, campo de estudio 
nada medrado, ni estéril en complejos sentimientos. 

Junto al escritorio, en una biblioteca giratoria, 
tenía las obras que había leído y anotado y que a 
las veces tornaba a consultar; hacinamiento de li- 
bros de lectura e índole muy diversa, unos ideales y 
levantados, otros materiales y torpes, cuando no su- 
cios y perversos. Todas las grandezas y todas las 
abominaciones del amor, estaban estudiadas allí, en 
forma poética o prosaica, en estilo épico, brioso y 
entusiasta, o a la manera científica, fría, minuciosa 
y razonadamente. Las pasiones sutilizadas hasta el 
misticismo, y las pasiones materializadas hasta la 
depravación, tenían sus virtuosos. Y Guzmán leía 
las tales obras con el mismo respeto y la misma 

frialdad, sin entusiasmarse ni indignarse. Para él 

\\ 


68 



los pasmos amorosos de Santa Teresa y las mons- 
truosidades de Gilíes de Ratz, eran curiosidades 
igualmente preciosas; al través de estas tinieblas o 
de aquellas inmaculadas blancuras del alma, creía 
descubrir la misma necesidad de sufrimiento y anhe- 
los de un más allá angustioso que sienten los en- 
fermos de amor. 

— Sí —decíase Guzmán — tiene razón Barbey 
d’Aurevilly: “las palabras diabólico y divino, apli- 
cadas a la intensidad de los goces, expresan una 
misma cosa, es decir, sensaciones que llegan a lo so- 
brenatural”. 


XX 

Guzmán encendió su pipa, echó una gran boca- 
nada de espeso humo y dijo, cerrando el libro que 
leía: 

— La historia de amor es casi, casi la historia del 
alma humana. Cuando se ha amado las cosas toman 
un sentido singular, las ideas se modifican y hasta 
el físico parece sufrir ciertos cambios: los ojos bri- 
llan de inteligencia y la boca sonríe con muy otra 
expresión que antes. Esto no tiene nada de sutil; 
las mujeres que no han sentido las dulzuras del 
amor son fáciles de conocer por su sequedad, por 
no sé qué cosa árida, extraña al feminismo, opuesta 
a él; e igual los hombres: son duros, viven llenos de 
sordas irritaciones que no se explican, y su conducta 
parece como que no tiene carácter humano; pero 
experimentan una vez la amorosa pasión y sus ideas 
y creencias se humanizan , quedando además como 
coloreadas por la clase de pasión que han sentido. No 
hay ningún otro sentimiento que penetre tan hondo, 
tenga tantas graduaciones y sea tan complicado; sus 


69 



raíces se extienden por los demás afectos y por mi- 
lagroso modo los crea y a la vez se nutre de los 
mismos; en el fondo sólo él vive. 

Hizo un gesto de fatiga y prosiguió: 

— ¡Vaya al diablo! a pesar de todos mis trabajos 
no podré dar ni mediana idea de su naturaleza, tan 
complicada, tan misteriosa. Todos los días modifico 
mi concepción; miles de detalles me lo presentan 
bajo los aspectos inesperados, y cada nueva obra 
que leo me sorprende con observaciones que yo no 
he tenido la fortuna de hacer. Aquí tienes ésta — 
continuó, sacando de la biblioteca un folleto peque- 
ño; — es de acá y sin embargo le daré un puesto 
entre mis libros, gracias a esta observación pere- 
grina, que me sugiere no pocas ideas y explica al- 
gunos fenómenos. 

Cuando Julio estaba alegre volvíase muy comu- 
nicativo con su amante; entonces hablaba, hablaba 
sin cesar, hasta que el menor signo de cansancio de 
aquélla, le hacía decirse: “he hablado más de lo que 
está bien”, y a punto seguido callaba, guardando 
por largo rato hostil silencio. 

“Sí, la podredumbre de aquel hombre, antes tan 
sano y fuerte, y ahora despreciable, vil y abyecto, 
— leyó en voz alta — era obra suya, y este senti- 
miento elaboraba en su alma femenina ternuras in- 
auditas e inclinación amorosa, explicable tan solo 
considerando que, acaso las mujeres, experimentan 
la necesidad de amar especialmente a los hombres 
que destruyen ” . 


XXI 

Guzmán meditó un momento y luego dijo: 

— Justo y bien expresado. Reconozco en el autor 
una criatura de mi patria espiritual. Tiene su ma- 

ss 



ñera cierto ímpetu, cierto sabor extraño que seduce: 
acción sugestiva, rápida — parece que quisiera al 
fin de cada capítulo, provocar una serie de refle- 
xiones, de pensamientos — y finezas de dicción, sí- 
miles y tropos rebuscados, extravangantes a primera 
vista, pero precisos y no desprovistos de encanto 
si se miran atentamente, escucha : . . . “hacia aquella 
parte el cielo tenía esos colores desmayados y en- 
fermos de las piedras que mueren; el verde resplan- 
decía con el juego de los diamantes del Brasil; sobre 
las franjas grises del horizonte los objetos se des- 
tacaban borrosamente, como sobre el viejo metal de 
un espejo etrusco”, términos felizmente aplicados y 
que me hacen el efecto de joyitas peregrinas. Otras 
veces la hermosura nace de la valentía y sequedad 
de la expresión: “borracho, con los ojos fijos y sin 
luz como los de un pez muerto; reía y reía como 
un demente trágico; irritado o poseído tal vez de la 
grandeza de su destino negro y adverso; nubes ne- 
gras como negros crespones enlutaron el cielo. . sí, 
sí, cierta novedad avalora estas imágenes y figuras, 
cosa que tiene más importancia que parece: quien 
varía la forma, produce sensaciones nuevas. Un mo- 
naguillo crítico, cuyo gusto en literatura y... en 
todo, es muy conocido y justamente apreciado, ase- 
gura como la novelita ésta no tiene novedad ninguna, 
que es poco más o menos lo que han hecho los demás 
escritores del país, por ejemplo — la intención se 
trasluce — él con sus cuentos vulgares e insultos; él 
frases de éstas: “las ardientes lenguas de fuego con- 
sumían, consumían como las lenguas amorosas de 
las amantes ...” ¡pobre pistólo! como les dicen en 
España los veteranos a los quintos. El valor que 
hace falta para no velar la bella desnudez de una 
frase, es compañero siempre de la sinceridad ar- 
tística y no lo tienen nunca los mojigatos ni los 
mendicantes de la literatura. 


71 



Repentino disgusto oscureció el rostro de Sara. 

— No te place lo que digo? — preguntóle él frun- 
ciendo el ceño. 

— ¿Para qué negártelo? no; no puedo compren- 
der que haya hermosura en una expresión tan torpe 
¡que sea una cosa a un mismo tiempo mala y linda! 
Perdona si digo algún despropósito, ¡pero me parece 
tan claro! ... 

— Las claridades en arte suelen ser las tonterías 
— replicó él con un poco de dureza — . Voy a mos- 
trarte cómo una cosa puede ser, a un mismo tiempo, 
linda y mala. 

Y dirigiéndose a la vitrina que tenía más cerca, 
cogió un sello antiguo, cuyo mango de marfil lo for- 
maba un grupo mitológico de una obscenidad repug- 
nante. 

— Para nosotros los curiosos, esto es una precio- 
sidad artística, nada más, porque la hermosura de 
la línea, la verdad de los gestos, la armonía del con- 
junto nos embarga el ánimo, nos absorbe y no vemos 
otra cosa que la belleza; lo feo del asunto desapa- 
rece, muere o se presenta al espíritu en tan último 
término que no sólo no lo perturba, sino que ni lo 
distrae siquiera. Pues bien, hay frases que son para 
mí lo que esta joya; para otros suciedades no más: 
¿quien interpreta con más elevación? 

Dijo lo que antecede con acento seco, recalcan- 
do las palabras. 

La taciturna inclinó la cabeza sobre el libro para 
que Guzmán no viera sus ojos llenos de lágrimas. 
“¿Hay algo en mí que le es profundamente antipá- 
tico, pensaba; me alcanzará también su inquina feroz 
al vulgarismo? ¿por qué se irrita? ¿por qué es tan 
mordaz cuando censura? ¿será que su alma esté 
llena de rencor contra. . . contra todos?” 

Guzmán tornó a sentarse, estaba un poco pálido 
y su rostro expresaba la sorda irritación del que 


72 



siente que un suceso inoportuno le ha aguado la 
fiesta. Observó a su amante y después, adivinando 
acaso lo que ésta pensaba, dijose lo que se había 
dicho ya otras veces en parecidas circunstancias : 

“He ahí la burguesa; fuera del amor ella tam- 
bién es una enemiga, para mí”, y sonrió amarga e 
irónicamente. 


XXII 

Desde el momento en que Cora fue la prometida 
de Guzmán, subieron de punto sus encantos. La 
joven transformóse en mujer; se hizo más coqueta, 
más elegante, más femenina; sus miradas parecían 
acariciar; la voz, antes incolora, adquirió el timbre 
pastoso, caliente de las mujeres que han amado y 
han inspirado pasiones amorosas; sonreía a cosas 
invisibles, adoptaba por instinto de agradar, postu- 
ras lánguidas; y su rostro de líneas puras, pero in- 
expresivo, quedó como crispado por la virtud de un 
sentimiento absorbente, único, espiritualizándose 
hasta expresar la curiosidad de la vida y la espera 
alegre e inquieta de las promesas del amor. 


XXIII 

En el ángulo más oscuro de la sala, en la sombra 
misteriosa se decían todas las noches los novios las 
mismas palabras de miel. Ni fatiga ni aburrimiento; 
él pablaba generalmente, y ella lo oía con atenta 
curiosidad, jugando con el abanico o deshojando una 
flor. A. veces la taciturna sentábase al piano, y en- 
tonces los prometidos permanecían silenciosos, exa- 


73 



minándose atentamente. En esos casos Julio, sin 
querer y hasta con viva repugnancia, poníase a ana- 
lizar sus sentimientos hacia aquella criatura, que él 
amaba y a la que sin embargo, seguían engañando 
de una manera alevosa. En medio de la amargura 
y disgusto que le producían los crueles análisis del 
propio corazón, llegó a sospechar que en el fondo 
de su afecto hacia Cora, sólo existía el cariño de sí 
mismo, y que lo que avivaba la llama era algo así 
como una piedad monstruosa, nacida de la idea más 
o menos difusa, de que la niña bella y angelical, 
rica y feliz iba a ser su víctima, una cosa sacrificada 
a su existencia, e infinita ternura dilatábale el pe- 
cho y le humedecía los ojos. 

Mareado por estas blanduras sentimentales, que 
desde algún tiempo a aquella parte lo invadían a me- 
nudo, acariciaba con miedo la idea de purificarse, 
confesándoselo todo a Cora. “Eso me haría un gran 
bien, se decía, librar al alma de los atormentadores 
remordimientos; romper valientemente con el triste 
y vergonzoso pasado; ser un hombre nuevo, un 
hombre amante y amable; reconciliarme con los 
otros ” . . . Pero pasada el aura sentimental, la razón 
y la lógica, ponían las cosas en su punto y él tor- 
naba a ser la criatura sujeta a su destino e impo- 
tente para torcerlo; la débil criatura humana, gi- 
miendo bajo el pie de la implacable realidad. 


XXIV 

A pesar de todo la idea de la confesión lo obce- 
caba y perseguía sin descanso, convirtiéndose en 
un verdadero tormento. “Si osara confesar mis cul- 
pas ahora mismo”, decíase estando junto a ella, y 
el corazón le latía dentro del pecho apresurada y 


74 



desacompasadamente, poníase pálido, muy pálido y 
todo anheloso, como si estuviera pasando por el duro 
trance, se veía a los pies de Cora, hablándole con el 
fuego y la elocuencia de la sinceridad, mientras ella 
lo escuchaba llena de asombro e indignación, pero 
dispuesta a perdonarlo. 

— ¿Qué tienes? — preguntábale ella, observando 
su palidez. 

— Nada, nada — respondía Guzmán volviendo en 
sí; y secándose el sudor frío que le corría por la 
frente, agregaba sin poder disimular su turbación. 

— Tontunas, cosas de poeta. 

De regreso a su casa, lejos de Sara la idea lo per- 
seguía menos. “Imposible ... mi existencia está 
unida a la de Sara, su carne con mi carne, siento 
que es como un órgano principal de mi cuerpo y no 
concibo la vida sin mi pobre taciturna. ¡Traicio- 
narla! sería cruel e infame, y por qué, por qué la 
había de traicionar? eso nunca . . . Pero por otra 
parte, vivir en la mentira siempre, siempre; no poder 
arrancarme de aquí este come, come” ... y suspira- 
ba y sacudía la cabeza, procurando pensar en otros 
asuntos. 

Llegaba a su domicilio, vacilaba un momento y 
sin poder libertarse de la duda, la gran inquisidora 
de almas, seguía adelante por las calles desiertas. 
“Si sobreviniera algún conflicto que aclarara las co- 
sas, ¡ah! lo deseo, lo deseo, aunque el aplastado sea 
yo”, repetíase próximo a desesperar. 

El paso de un transeúnte, las voces aguarden- 
tosas, que salían de los sucios bodegones, el ruido de 
una puerta que se cierra, lo distraían. Un poco más 
adelante la idea tornaba a tentarlo. “¿Y si hablara, 
qué sucedería? ¿está lo suficientemente enamorada 
para perdonarme? en cuanto a eso. . . ¡Ah, si el pa- 
sado no existiera, si yo fuese libre!” Y de un modo 
vago y confuso sentía que Cora representaba para él 


75 



la esperanza, la vida nueva y la reconciliación con 
la vida y que su ser entero la buscaba instintiva y 
resueltamente, como los animales buscan lo que me- 
jora su existencia. 

Dilatábansele los pulmones, respiraba mejor y 
lo invadía grato bienestar . . . que duraba diez minu- 
tos, veinte, hasta que de golpe, como una figura 
blanca en las tinieblas de un cuadro fantástico, $pa- 
recíasele la imagen de la taciturna, los grandes y 
tristes ojos llenos de lágrimas e interrogaciones, y 
los labios contraídos por un gesto de dolor. 

El extraño volvía a suspirar y a sacudir la ator- 
mentada cabeza, y continuaba su paseo, pronun- 
ciando en voz alta frases incoherentes. 


XXV 

Viéndola caminar hacia el abismo, tan inocente 
de todo, tan risueña y llena de confianza, sentía él, 
no ya el deseo, sino el ansioso temor de caer de ro- 
dillas y confesarle sus infames proyectos. Violen- 
tándose mucho, haciendo esfuerzos sobrehumanos, 
lograba permanecer en su silla, aunque muy intran- 
quilo y nervioso. 

“Si no hablo caeré enfermo”, asegurábase todas 
las noches al salir. 


XXVI 

Después de haber visitado en su alcoba a Sara, 
que estaba un poco indispuesta, sentáronse los novios 
en el sitio de costumbre. El tocador los separaba 
del dormitorio de la taciturna, las puertas quedaron 
abiertas. 


76 



Guzmán quitóse la orquídea del ojal y sonriendo 
débilmente se la dio a su prometida. Estaba más 
pálido y ojeroso que otros días. Cora lo examinó un 
momento y dijo: 

— Hace tiempo que noto no sé qué en tí; tú tie- 
nes algo . . . 

Guzmán guardó silencio. 

— ¿Por qué no me lo dices, es cosa que no puedo 
saber yo? 

— ¡Si tú supieras! . . . pero imposible, cómo con- 
fesarte que .. . ¡imposible, imposible! 

Cora se puso muy grave; cuando hablaba de 
cosas serias parecía una vieja de cincuenta años 
por lo sesuda y reposada. 

— Tú tienes secretos para mí y no debías te- 
nerlos. ¿Es tan malo eso que me ocultas? 

El la miró entornando los ojos y dijo con voz 
apagada y lenta: 

— Sí; muy malo; tú después de saberlo, no po- 
drías perdonarme y entonces ... no conoces las fla- 
quezas humanas y por eso mismo tienes que ser do- 
blemente severa. 

Cora reflexionó un momento. 

— Me crees más niña de lo que en realidad soy... 
y después de todo, no oponiéndose a mi felicidad, 
qué puede importarme lo que tú me digas. 

— Es que . . . puede oponerse. Si tú perdonas, si 
tú olvidas, no; pero si no puedes perdonar... 

Ella sintió un frío tan intenso que le pareció 
que se le helaba la sangre en las venas. Con mucho 
trabajo pudo preguntarle: 

— ¿No me quieres ya? 

— Más que nunca. 

— Y bien, yo perdonaré — repuso, sintiendo que 
la vida le volvía al cuerpo. 

— ¿Todo, todo? . . . 

— Sí; todo. 


77 



Nervioso temblor agitaba las manos de Julio; los 
objetos y muebles empezaron a rodarle por delante 
de los ojos. En lugar de una veía mil lámparas, y 
los gatos negros que adornaban la pantalla de papel 
rizado, multiplicándose maravillosamente, se le apa- 
recían corriendo furiosas carreras por las paredes. 

— No me siento bien — exclamó tapándose el 
rostro. 

— Las manos te arden; qué tienes, ¡Dios mío! 

— No hables fuerte, ya pasará; es un poco de 
angustia, un no sé qué — y mirándola fijamente 
agregó : 

— ¿Y si yo hubiese querido engañarte alevosa- 
mente para ocultar con tu amor otro amor ilegítimo, 
sí, ilegítimo?. . . 

Al decirlo temblaba de miedo que ella pudiera 
adivinar, y a la vez sentía extraño gozo repitiendo 
aquellas palabras que podían muy bien producir una 
catástrofe. 

El espanto crispó la cara de la joven. 

— ¡Tú! . . . 

— Sí, yo, yo mismo. 

— ¿Entonces no me amabas? —repuso palide- 
ciendo de nuevo. 

— Justo; no te amaba; pero si te amase ahora, 
perdonarías? 

Cora no contestó. £1 hizo una mueca de des- 
aliento. 

— Ves, tú no perdonarás. 

Era tanta su tristeza que Cora áe apresuró a 
decir: 

— Sí, perdonaré. 

Una sonrisa de incredulidad entreabrió los la- 
bios de Julio, palidísimos y secos; sus miradas in- 
quietas eran las de un loco. 

— -Es que tú no puedes aquilatar la magnitud de 
mi ofensa; yo te he ofendido profunda e infame- 


78 



mente, y ¡ay! no sólo a tí, sino también a la persona 
que te es más querida. ¿Cómo? no puedo decírtelo, 
de mi boca no lo oirás nunca, bástete saber que los 
móviles que me acercaban a tí eran ruines e intere- 
sados, pero el amor ha querido burlarse de mis in- 
tentos haciendo que ame con toda el alma a la que 
pretendía engañar, haciendo que viva únicamente 
para tí — y sin darse exacta cuenta de sus actos, 
cayó de rodillas pronunciando como en sueños las 
mismas palabras que temía salieran involuntaria- 
mente de su boca — . Yo he sido un infame, pero no 
quiero serlo más, escucha. 


xxvn 

Con el rostro entre las manos, oía Cora las pa- 
labras de Julio. Este, sintiendo la dolorosa volup- 
tuosidad de rebajarse y exagerar las culpas, que 
crea a veces el arrepentimiento, le descubría, entre 
protestas de cariño, las perversidades que había 
acariciado. 

— Sí, sí — agregó por último mientras ella llora- 
ba sus ilusiones perdidas; — yo pensé engañarte, sa- 
crificarte, pero era cuando no sentía por tí el amor 
que siento ahora, amor purísimo que me inspira el 
ansia de sufrir para purificarme y el deseo de lavar 
con lágrimas humildes las heridas con que he en- 
sangrentado tu corazón inocente. Yo quisiera tener 
por cada dolor que te causo, mil dolores más gran- 
des, yo quisiera recibir castigos, purgar mis faltas, 
por eso pongo el látigo en tus manos, castígame, 
pero no dejes de quererme, porque, no lo dudes, yo 
no soy peor que los otros. El despecho de los ven- 
cidos, la soberbia intelectual, la enconada irritación 
de los solitarios han desviado sin duda mis ideas del 


79 



sentido recto; después los estudios, los análisis des- 
encantadores . . . Mi maldad es acaso el fruto da- 
ñino del árbol del saber, no flor maldita del alma; 
de otra manera no sentiría estos anhelos de purifi- 
cación que refrescan y mejoran y me hacen bus- 
carte, porque sé que a tu lado mi corazón se en- 
sancha, lo bueno que aún hay en mí surge y me 
siento con fuerzas para convertirme en una cria- 
tura como las otras. Y tú, Cora, no me puedes aban- 
donar en esta crisis que decidirá de mi vida; sería 
arrojarle un arma al que está desesperado; exígeme 
los sacrificios que quieras, pero no me niegues tu 
perdón, piensa que mis faltas, mis antiguos amores 
han sido extravíos no más, y que lo único grande, 
verdadero y que ha echado raíces en mi alma es el 
amor que me inspiras tú. 

En la pieza inmediata oyóse un grito estridente 
y el ruido sordo de un cuerpo que cae al suelo. Los 
novios miráronse estupefactos, y luego con la mortal 
angustia que nos sobrecoge cuando presentimos, sin 
saber por qué, una gran desgracia, franquearon la 
puerta del tocador. 

Sara, la pobre taciturna, yacía en tierra, rígida, 
los dientes apretados, las manos crispadas sobre el 
desnudo pecho, como si hubiera querido arrancarse 
el medallón con el retrato de Guzmán que llevaba 
colgado y que Cora no pudo menos de ver. 

¡Es ella! . . . ¡ah! — exclamó retrocediendo es- 
pantada ante Guzmán. 

Él, presa de invencible estupor, no supo qué ha- 
cer ni qué decir y permaneció inmóvil, completa- 
mente agotado por el derroche de sentimentalismo 
que había hecho. Sentía en vez de pena cólera, eno- 
jo y una sensación rarísima de aridez y vacío de al- 
ma, que le quitaba las fuerzas para experimentar el 
más pequeño dolor. 


80 



Así estuvo algún tiempo. “Debía ponerle algo de- 
bajo de la cabeza, ¿pero eso me corresponde a mí?”, 
preguntóse, “y qué pálida está, parece muerta”, se 
dijo después y agitado por repentino e inexplicable 
miedo, giró sobre los talones y cogió sus guantes, 
que estaban sobre el piano, junto a un libro de mú- 
sica: GZi Ugonotti leyó en la tapa llena de alegorías 
de la ópera, y en medio del desorden y confusión de 
sus ideas representóse con asombrosa nitidez la es- 
cena culminante del final, cuando Raúl salta por la 
ventana. 

En la escalera encontró al Sr. Casares. 

— Su señora está algo indispuesta — le dijo sin 
detenerse y con tan regocijada expresión que el ma- 
rido burlado no supo qué contestar. 


xvm 

A pesar de la llovizna finísima que humedecía 
las calles, Julio avanzaba con el sombrero quitado. 

— En sus ojos he leído la repugnancia y el des- 
precio — exclamó parándose. 

Un hombre que pasaba se detuvo para mirarlo. 

“¿Por qué me mira ese estúpido? quizá he ha- 
blado fuerte”, se dijo, siguiendo su. camino. 

Andaba como si sintiera mucha fatiga y escu- 
piendo a cada paso para quitarse el amargor feísimo 
que le subía del estómago a la boca. 

— Todo concluido, irremediablemente concluido 
— murmuró después de llegar a su casa, prendiendo 
las numerosas luces del estudio. No sabía bien si de- 
seaba ver algo, pero sabía que la claridad le era 
necesaria. 

Sirvióse una copa de ron y encendió su pipa. 
Aunque le pareciera ilógico no experimentaba en 


81 



aquel instante ni dolores ni angustias; el conflicto se 
había producido y él Se encontraba en ese estado 
de ánimo, que dura un segundo, del que cae de una 
altura y al llegar al suelo, aunque se haya hecho 
mucho mal, no puede menos de decirse con cierto 
gozo, al fin; sólo que este sentimiento fugitivo era 
duradero en él. 

Sentía el cansancio que producen las grandes 
emociones, la frialdad que sucede a las lágrimas y a 
los desates de la pasión, la insensibilidad y decai- 
miento en que nos dejan los sucesos que deciden 
de nuestra vida y contra los cuales nos sentimos tan 
impotentes que no nos atrevemos a intentar cosa 
alguna. 

Bostezaba a menudo y no tenía pizca de sueño. 
Y ¡cosa singular! lo que le mortificaba seriamente 
era un detalle baladí: la sonrisa estúpida con que le 
había dicho al esposo burlado: “su señora está algo 
indispuesta”. 

— ¿Qué pensará? — preguntábase, temiendo pa- 
recer tonto o ridículo al que tenía razones sobradas 
para formarse de él, el peor concepto. 

El tal detalle lo irritaba más que todas sus 
culpas. 

Por lo demás, aunque se sintiese profundamente 
descontento y disgustado de su conducta, no pensó 
ni una vez siquiera en justificarse a los ojos de las 
víctimas. Consideraba que aquello no tenía enmien- 
da posible. Por otra parte la conquistada y la sacri- 
ficada , perdiendo el carácter de tales se habían des- 
vanecido, y su amor hacia ellas también, porque él 
lf ij g ama ba porque lo amaban; o más bien dicho, amá- 
base en la pasión que había sabido inspirar a las 
dos mujeres. 

La grande ternura que lo invadía junto a la can- 
dorosa joven; la piedad inmensa que se apoderaba 
de él acariciando la cabellera de ébano de su amante, 


82 



eran sentimientos de complejísima elaboración, que 
la gratitud del egoísmo y algo así como el amor per- 
verso que inspira a los sodomitas el mal que causan, 
contribuían principalmente a formar en los abismos 
de aquella alma esterilizada por las pasiones pura- 
mente intelectuales y los análisis crueles, que en- 
ferman el espíritu y ulceran el corazón. 

“Todo está concluido y yo completamente ago- 
tado”, pensó atareándose en analizar el enervamiento 
en que se encontraba. “Siento un poco de vergüen- 
za, algún escozor de la vanidad herida, despecho. . . 
en resumen nada. ¿Qué clase de criatura soy yo? ¿y 
ahora qué será de mí?” 

Esta pregunta repitiósela veinte veces, plantán- 
dose delante de todos los espejos. Después abstraído 
y con las cejas enarcadas, vagó un rato por la es- 
paciosa habitación, examinando sin ver los lienzos, 
las obras artísticas y los muebles. 


XXIX 

— ¡Ah! sólo me restan mis amados cachivaches, 
mis poetas, mis Zafiros — murmuró por fin, y de 
súbito, ansias sin nombre y una gran lástima de sí 
mismo lo conmovieron suavemente. Con la fruición 
con que el refinado ahonda y multiplica las sensa- 
ciones que experimenta, echóse en el diván y en- 
tornó los ojos para sentir más el dolor sin dolor de 
la racha de sentimentalismo que lo entristecía poéti- 
camente y le arrancaba las lágrimas negadas al do- 
lor verdadero. Sentía oculto gozo en sufrir, en aban- 
donarse a las penas, porque le parecía que eso de- 
mostraba que aun era rico en sentimientos, sin echar 
de ver que los tales sentimientos los engendraba, no 
el cariño de Cora y la gran taciturna, no la tristeza 


83 



de perderlas, sino el amor grande y poderoso a lo 
estimable que había en el, amor lleno de esperanzas 
e ilusiones amenazadas . . . porque su conducta re- 
ba jándolo a los propios ojos lo hacía sentirse más 
débil, más miserable, más distante de sus sueños . . . 

“¡Sólo me restan mis poetas, mis Zafiros ; las 
alegrías, los placeres, los amores acabaron para mí!” 
repitióse otra vez, y en un arranque de lirismo en- 
tonó con voz entrecortada, dulce y apenas percepti- 
ble las primeras frases del epílogo de Mefistófeles. 
En el fondo comprendía que todo aquello era falso 
y ridículo, pero le hacía bien, y continuaba cantan- 
do y llorando. 


XXX 


Pasaron dos horas. 

Tranquilo ya y perfectamente dueño de sí, en- 
frascóse en la lectura de sus versos. 

Afuera llovía si Dios tenía qué, silbaba el viento 
y crujían las ramas de los sacudidos árboles; a veces, 
en algunos leves momentos de calma, oíase también, 
semejando los estertores de los contrabajos en la 
orquesta, el murmullo poderoso del mar, cambiante 
siempre y siempre el mismo como las pasiones hu- 
manas. 

El extraño leía con tan profunda atención que 
apenas respiraba. Tenía los ojos secos, los labios pá- 
lidos y sudorosa la frente de marfil. Al venir el día 
arrojó el cuaderno con sumo disgusto. Impresionado 
por los sucesos de la noche, ¡qué pueril e insignifi- 
cante cosa le parecieron sus rimas! Oía aún el grito 
estridente, desesperado de la mujer a quien el aman- 
te traiciona y olvida. . . ¡Un mundo de dolor! y en 
los ojos tenía estampada la imagen de Cora, de la 


84 



niña cándida y pura, medio muerta de espanto al 
recibir de golpe, como una puñalada traidora en mi- 
tad del pecho, la revelación de la maldad y miseria 
de la vida. . . ¡Pena y angustia infinitas! 

“¡Qué son mis artificiosas quejas comparándo- 
las con esos grandes dolores! Todo este palabrerío 
gárrulo no dice lo que una lágrima”, pensó con amar- 
gura viendo clara, patente, con verdad aplastadora, 
su insignificancia y su impotencia. “Grande es ese 
mar que gime, ese viento que ruje. Yo sólo he hecho 
frases : no he sufrido, no he amado ... mi obra no 
hará palpitar los corazones ¡mísero de mí! El amor 
y el dolor sólo son fecundos : lo intelectual es estéril; 
mi existencia no tiene objeto; ¡ay! no seré nada, 
nada, nada” . . . Repitióse, y escondió la cabeza entre 
los brazos, ante la visión de que un hércules mons- 
truo, un Dios potente lo zamarreaba, lo , arrojaba a 
tierra y le ponía sin piedad la vencedora planta sobre 
el cuello. 


Al incorporarse díjose gravemente: “Sí, el amor 
y el dolor sólo son fecundos; ahora lo sé, aún soy 
joven y todavía” ... Y la esperanza, la santa es- 
peranza, volvió a iluminar de nuevo el rostro dema- 
crado y afligido del miserable soñador. 


85 




EL SUEÑO DE RAPIÑA 


I 

Con su cajón de chucherías a cuestas y en la 
mano su grueso garrote, los pies metidos en groseras 
botas de cuero amarillo y la cabeza cubierta por un 
sombrero de alas verdosas y caídas como las mustias 
orejas de un burro cargado de penas y de años, 
avanzaba Rapiña por áspera y temerosa senda, pre- 
cavido el pie, el ojo avizor, el oído alerta y gimiendo, 
aunque muy de su grado, bajo el peso del oro que 
en varios cintos traía oculto. Su rostro anguloso, de 
nariz corva y ojuelos grises, penetrantes e inquietos, 
adquiría desconfiada y agresiva expresión cuando 
algún extraño ruido asustaba a las alimañas ocultas 
en los espesos matorrales que flanqueaban la tor- 
tuosa senda, la senda peligrosa. 

Había ladrones, ¡ah! sí, muchos ladrones, que él 
se figuraba codiciosos de sus monedas, ganadas sabe 
Dios a costa de cuántos trabajos; y por eso, lleno 
de temores, palpábase a cada instante los repletos 
cintos, como para cerciorarse de que no había sido 
robado; y a pesar de la angustia, al sentir el oro 
bajo sus temblorosos dedos, una ola de frescura le 
inundába el corazón. 


II 

Era extranjero, turco. En Europa se había ga- 
nado la vida haciendo bailar un oso viejo al son de 
una vieja pandereta. En el Uruguay rodaba de es- 
tancia en estancia y de rancho en rancho, desafiando 
las inclemencias del tiempo y las furias de los canes, 


87 



para vender algunas baratijas, aumentar su tesoro 
y concluir la linda casita que, en secreto, construía 
en un pueblo floreciente, mientras él dormía al raso 
o en alguna miserable covacha. Pero estaba con- 
tento; sentíase vivir en la lucha continua y deses- 
perada de la conquista del pan; y las privaciones, las 
penurias, las fatigas no hacían otra cosa que aumen- 
tar su placer, sin duda porque al gozo se mezclaba 
la salsa picante del dolor. Cada moneda que iba a 
la bolsa era una victoria. . . y él, como tantos otros, 
sentía la embriaguez de esos humildes triunfos, no 
tan humildes, empero, porque a veces en las rudas 
peleas por el oro corría la sangre, la roja sangre, y 
era necesario sacar el botín de guerra de debajo de 
los muertos . . . ¿Escrúpulos, dudas, remordimientos? 
No; su padre, su abuelo, todos habían hecho lo 
mismo." Por eso tampoco le pesaban sobre la con- 
ciencia las tretas y ardides condenados por la ley, 
de que generalmente se valía para triunfar. “Yo 
hago lo que hacen los otros; si pudieran, me co- 
merían”, decíase, y se quedaba tan fresco después 
de haber dado por oro la plata dorada. En su exis- 
tencia azarosa, lo único que solía mortificarlo, aun- 
que muy vagamente y muy de tarde en tarde, era 
algo así como la tristeza de no haber gozado bas- 
tante de la vida. A veces lo acometían grandes dudas, 
tan grandes que no sabía a punto fijo si había hecho 
bien o mal en sacrificarse y si le serviría de algo su 
sacrificio. Pero estos relámpagos de oscura melan- 
colía duraban lo que los relámpagos verdaderos. Sus 
tareas y el mismo cansancio con que de noche se 
tiraba sobre un montón de paja, le impedían en- 
golfarse en sutiles metafísicas, no gustaba de ellas 
tal vez, o por condición de su propia naturaleza y 
hábitos obraba y huía el pensar. Fues& lo que fuera, 
el caso era que luchaba desesperadamente por el 


88 



oro, y siempre, al sentirlo bajo sus temblorosos de- 
dos, una ola de frescura le inundaba el corazón. 

He ahí por qué, a pesar de todo, seguía Rapiña 
caminando, caminando con sus botas viejas, su ga- 
rrote y su pesada caja de mercancías. 


III 

Cuando hizo alto era la hora incierta del cre- 
púsculo vespertino. Oíase el rumor de los arroyos y 
juntamente ecos lejanos de músicas extrañas y mis- 
teriosas. Los rayos del sol oculto ya sólo coloreaban 
con tintas de un rojo de fuego, parte no más del ho- 
rizonte; por la opuesta, por el oriente avanzaban las 
espesas y frías sombras. En la semi - oscuridad tris- 
te, los ruidos de la viviente naturaleza subían al 
cielo como una grandiosa plegaria que murmurasen 
miles de fieles, adoloridos por la secreta adivinación 
de ese no sé qué que muere en nosotros todas las 
tardes. . . 

Rapiña tuvo frío y sintió una impresión descono- 
cida. Apoyándose en su grueso garrote hundió la 
mirada en las sombras. Así estuvo un rato; luego 
encogióse de hombros y se internó en el salvaje 
monte que se veía a poco trecho del camino. 

Cuando lo apartado del sitio y el solemne silen- 
cio que reinaba le devolvieron la tranquilidad, — 
hasta allí no llegaba sino el ladrido lejano, muy le- 
jano de los perros — colgó el cajón en un árbol, qui- 
tóse la miserable chaqueta que había recibido de li- 
mosna, y despojándose de la molesta, pero preciosa 
carga de los cintos, pudo respirar libremente. Ebrio 
de gozo extendió la sucia prenda por el suelo y sobre 
ella vació los cintos, separando después cuidadosa- 
mente el oro de la plata y el cobre. 


89 



¡Cuánto había sufrido para reunir aquel resplan- 
deciente montón, aquel montón centelleante! Pero 
todo lo daba por bien empleado al contemplar su oro, 
al acariciarlo, al hacerlo sonar hundiendo en él el 
rostro enrojecido por el hipo de una risa nerviosa 
que lo hacía sufrir por lo intensa y persistente. 

— ¡Ja, ja, ja! mi orito, mi querido orito; mío, sí, 
mío, solamente mío — -repetía con voz entrecortada 
y muy bajo, como para que no lo oyeran las ranas, 
que a la muriente claridad de la lima cantaban su 
monótono cri, cri, cri. Muy satisfecho encendió su 
pipa de guindo y continuó hablando solo. 

— La verdad es que no me puedo quejar. ¡Lindo 
viaje!,, . . esto representa lo menos el doble de lo que 
me costó la mercancía, y aún tengo lleno el cajón . . . 
y todavía me falta visitar cuatro o seis grandes es- 
tancias. Si Dios quiere, venderé todo, y Dios ayuda 
al que trabaja .. . eso es: que otros lo tiren; yo lo 
guardo para, para . . . — y Rapiña no supo completar 
su pensamiento. Luego dióle dos fuertes chupadas a 
la pipa, y como si interiormente hubiese aclarado su 
idea, prosiguió — ... lo demás son pamplinas; yo 
para ti, tú para mí. Sí, orito mío, como Rapiña nadie 
te ha de querer. Ves, hasta las ranas te lo dicen 
— e interpretando a su capricho el canto de las ranas, 
tarareó con música alegre: 

Di, din, din, din, 

¿Quién te quiere a tí? 


IV 

% 

En el claro del umbroso monte, la escena del 
avaro cantando y haciendo correr por entre los dedos, 
como ágiles sierpes de brillante oro, lq$ queridas mo- 
nedas, producía extraño contraste con el poético mis- 


90 



terio que encantaba aquel recinto apartado, paisaje 
de ensueño en el que los rayos de plata de la luna 
dibujaban casual y caprichosamente entre las hojas 
y los troncos de los árboles hundidos en la sombra, 
dorsos femeninos, piernas y brazos que se enlazaban, 
vientres suavemente redondeados, mórbidos muslos, 
cabelleras locas, una fantástica visión de ninfas de 
carnes lucientes como el azogue y como el azogue 
movibles, que volteaban por el aire y por el mullido 
suelo, adoptando posiciones académicas, llenas de fle- 
xibilidad y gracia. Parecía cosa de encantamiento. 
Unas veíanse con las nimbadas cabezas hacia abajo, 
otras cabalgando sobre blanquísimos cisnes o echa- 
das sobre los robustos lomos de barbudos cabrones, 
o en el suelo, boca arriba, voluptuosamente arquea- 
das, como las ondinas desperezándose en la pulida 
superficie de los lagos tranquilos, y todas juntas 
surgían de la oscuridad, formando luminosos gru- 
pos de imágenes intangibles, bellas, ilusorias. Para 
completar tan peregrino cuadro y acabar de enlo- 
quecer los sentidos, en la espesura los golpes de luz 
semejaban los alegres farolillos con que se adornan 
las avenidas y los árboles en las fiestas campestres, 
y las sombras seres deformes, monstruos apocalíp- 
ticos. 


Di, din, din, din, 

¿Quién te quiere a tí? 

repetía entre tanto Rapiña, sin sufrir la sugestión, 
el mareo de aquella noche misteriosa, como un Ter- 
minus impasible contemplando una orgía de alegres 
bacantes. Sí; noche misteriosa. El aire tibio y fuer- 
temente aromatizado, el murmullo rítmico del fugi- 
tivo arroyuelo, el enervante calor, todo hacía, no sé 
por qué desconocida virtud, más perceptible la vida 
universal, la vida ardiente de la naturaleza. Un sen- 


91 



tido nuevo y singular diríase que experimentaba 
sensaciones nunca percibidas por los otros. Efluvios 
extraños, emanaciones cálidas brotaban de la tierra 
húmeda, de las yemas de los árboles, del polen de 
las flores y de la profundidad de las aguas; y en la 
atmósfera se sentía que vapores y fluidos magné- 
ticos, fuerzas vitales, — imposible decir a punto fijo 
qué — , circulaban y circulaban, produciendo la sen- 
sación de ansiedad y beatitud a un tiempo, de que 
algo había en el aire que pugnaba por materiali- 
zarse y adquirir forma corpórea. Acaso eran larvas 
de los líquidos generadores, entidades semi-fluídi- 
cas, semi-inteligentes, que querían fijarse, utilizar- 
se, satisfacer los deseos sexuales esparcidos por to- 
das partes, porque todo también no parecía sino que 
suspiraba eróticos deseos. La voluptuosidad en que 
desmayaba la naturaleza era tal, que adormecía el 
espíritu y creaba apetitos vagos, excitaciones con- 
fusas, pero fuertes, semejantes a las que, según los 
cabalistas, producen los fluidos astrales y que pre- 
ceden a la misteriosa formación del íncubo, que tur- 
ba al monje en su ermita y a la casta virgen en 
su lecho ... La fantasía esperaba una aparición : 
los duendes y los silfos de la leyenda iban a conver- 
tirse en seres reales. El aroma de las flores producía 
mareos, y la tibieza de la noche, la laxitud de un 
baño caliente: grato estado que predisponía a amar 
y a sentir que una simpatía armoniosa acercaba 
todos los seres, todas las fuerzas, fundiendo mila- 
grosamente todos los ritmos. Primavera fecundaba 
con sus besos ardorosos los gérmenes y embriones 
de la madre tierra, y la luna riente iluminaba las 
fiestas nupciales, el inmenso misterio. 

Di, din, din, din, 

¿Quién te quiere a tí? 


92 



canturriaba Rapiña fuera del concierto general, sin 
ver nada, indiferente a todo lo que no fuesen sus 
queridas monedas. 

De pronto opaca nube ocultó la luna y el fantás- 
tico cuadro fundióse en las tinieblas. 

Entonces Rapiña, por creerlos más seguros sobre 
sus riñones, volvió a ceñirse los pesados cintos y a 
poco se durmió con el brillo del precioso metal en 
la retina de sus ojos grises. 


V 

Y durmiendo soñó que después de mucho cami- 
nar, caminar y caminar, llegaba a un magnífico y 
estupendo palacio, obra de peregrino y armonioso 
concierto de todas las arquitecturas y todos los de- 
corados: la pesadez egipcia y la esbeltez griega, las 
místicas ojivas de los hijos de Cristo y las sensuales 
curvas de los fieles de Mahoma, los severos torreo- 
nes de los castillos feudales y los frívolos miradores 
del estilo pintoresco . . . todo en una pieza y miste- 
riosamente combinado por inmortal arquitecto. Lo 
curioso del caso era que él veía sin extrañeza y sin 
perder ni uno solo de sus más complicados detalles, 
cosas que jamás había visto. 

Jardines de cientos de leguas, siempre floridos y 
donde se daban todos los árboles y frutos del Edén, 
extendíanse al pie del colosal palacio, que a pesar de 
sus grandes dimensiones, sólo tenía dos puertas, una 
al oriente y otra al occidente, resguardadas ambas 
por una esfinge de terrible e impenetrable gesto. 
Al entrar sintió Rapiña que se le dilataban los pul- 
mones, respirando el aire rico en oxígeno y fecundos 
gérmenes de vida, y que sus sentidos excitados por 
desconocidas sensaciones, parecían despertar de un 


93 



largo sueño. Tuvo la alegre sorpresa que se experi- 
menta al recibir de lleno la luz después de haber 
estado largo tiempo en un claustro sombrío. ¡Ah! 
¡qué puro era aquel aire y qué hermoso y bueno el 
sol! De contento se puso a bailar, pero repentina- 
mente se detuvo, y un grito, mezcla de alegría y es- 
tupor, se escapó de sus labios. Las calles de los 
encantados jardines contenían grano de oro — hasta 
en sueños lo perseguía la fiebre del oro — . Cientos 
y cientos de trabajadores se afanaban en amonto- 
narlo, entre tanto que algunos paseando lo pisaban 
indiferentemente. Eran viejos decrépitos o jóvenes 
demacrados, comidos por los insomnios y los vicios. 

La risa que alegraba el rostro de Rapiña huyó 
para no volver; púsose muy grave, profunda arruga 
le plegó la nudosa frente y le entraron furiosos de- 
seos de juntar oro, mucho pro. Para el caso cons- 
truyóse con ramas secas un cesto tan grande como 
le fue posible, y a punto seguido atareóse en lle- 
narlo. Cuanto más oro acumulaba, más pesado se le 
hacía el cesto y más difícil le era cargar con él; pero 
Rapiña no se daba cuenta de ello y seguía imperté- 
rrito en su tarea, cada vez más fatigado y cargán- 
dose cada vez más. 

Transcurría el tiempo. . . como en la realidad, 
exactamente como en la realidad. Absorto en aquel 
trabajo rudo, no echaba de ver la hermosura del pai- 
saje, ni las parejas de enamorados, los cuales hu- 
yendo de la luz se escondían en las silenciosas flores- 
tas, ni tampoco los grupos de mancebos y bellas que 
cantando y coronados de fragantes flores, pasaban 
junto a él como imágenes risueñas de la vida feliz. 
No percibía tampoco el olor de las rosas, ni oía e 
melodioso murmullo de las fuentes, ni el canto de 
los sabiás, ] que entre las ramas elevaban a porfía 
sus difíciles trinos, mientras las requeridas hembras 
se posaban orgullosamente en la copa de los arbo- 


94 



les. . . Trabajaba, trabajaba y trabajaba. Sólo allá, 
cuando se sintió medio muerto de fatiga, sentóse al 
pie de un árbol, y secándose el sudor de la innoble 
frente, contempló deslumbrado, al través de las múl- 
tiples ventanas y vidrieras del palacio, la intermi- 
nable orgía que alegraba los fastuosos salones. 


VI 

Ni en sueños había visto riqueza igual, y sin em- 
bargo el oro de las molduras y capiteles, la pedrería 
y las perlas orientales que recamaban los compli- 
cados cortinajes; los históricos tapices de múltiples 
colores, los muebles ricos y caprichosos, los bizan- 
tinos mosaicos del techo, las taraceas árabes y las 
filigranas florentinas; la profusión, en fin, de es- 
tatuas y jarrones de alabastro y mármol, y vasos 
y ánforas de los más peregrinos pórfidos y ónices, 
no desconcertaron tanto a Rapiña como los gritos 
de placer y apasionadas canciones que ensalzaban 
el amor, el triunfo, la gloria, y al son de los cuales, 
formando caprichosos grupos, dignos de los lienzos 
de Rubens o Pablo Veronés, bailaban y al mismo 
tiempo bebían en riquísimas copas de labrado cristal 
de Bohemia y Venecia, ardorosos mancebos y mu- 
jeres amables, sonrientes, bellas y felices . . . Sobre 
todo las frescas carnes desnudas, los blanquísimos 
y duros pechos, los voluptuosos muslos de piel sua- 
vísima, despertaron sus torpes sentidos, inspirándo- 
le ansias nunca experimentadas y el vehemente de- 
seo de ir a ocupar un asiento en aquel festín, en 
el que parecían disfrutarse todos los placeres . . . 
pero cayendo en la cuenta de que aun le faltaba algo 
para llenar el cesto, sacudió la cabeza como quien 


95 



quiere desechar enojosas ideas, y suspirando pro- 
fundamente, apresuróse de nuevo a recoger oro. 


Las flores exhaltaban sus aromas, cantaban los 
pájaros y triscaban los animales alegremente, entre 
tanto que por el rostro de Rapiña corría el sudor. 


VII 

Cuando tuvo el cesto lleno, contemplólo un ins- 
tante con delicia, y pensando que hasta la noche 
podía muy bien llenar otro pequeñito, púsose a cons- 
truirlo; pero a pesar de su propósito, no le pareció 
bastante grande basta que no fue mayor que el pri- 
mero. Rapiña obraba, según sus hábitos, en estado 
de vigilia, sólo que le parecía ver más, saber más y 
vivir en otro mundo, porque junto a algunas cosas 
que veía cómo eran, observaba también otras que 
no tenían ninguna relación con lo existente; sin em- 
bargo no las encontraba imposibles , como segura- 
mente le hubieran parecido estando despierto. Cosas 
de los sueños. 

Descansó breves momentos; cuando se disponía 
a volver a su tarea, acertó a pasar junto a él, acom- 
pañado de algunas bellas, un joven cuyo rostro no 
le era desconocido. 

— ¡Diantre! ¡si es el calavera de mi sobrino! — 
exclamó, reconociendo en el hermoso y apuesto jo- 
ven a un muchacho del pueblo, que él tenía por la 
criatura más inútil y despreciable, e iba a llamarlo, 
pero lo detuvo el temor de que acaso sería capaz el 
muy tronera de pedirle dinero; luego, diciéndose que 
con negárselo estaba todo arreglada; añadió fuerte: 


96 



— Ven, aturdido: ¿será posible que aun después 
de haber derrochado tu rica herencia, — esto de la 
herencia era pura fantasía — , pienses en diversio- 
nes? ¿no estás harto ya? Dime, ¿qué has hecho, qué 
haces, qué piensas hacer? ¿cuándo sentarás el juicio? 

El joven se detuvo, lo examinó con impertinente 
curiosidad, y soltando una sonora carcajada, hizo un 
picaresco guiño a sus compañeras y dijo: 

— ¿Qué hago, qué he hecho, qué pienso hacer? 
¡Ah! tío Rapiña, una sola cosa : vivir, vivir, vivir — y 
con gracioso desenfado sentóse en el mullido césped 
al mismo tiempo que sus tres compañeras, sobre el 
hombro de una de las cuales apoyó la cabeza, mien- 
tras que, cogiendo por el flexible talle a las otras 
dos, las atraía dulcemente hacia sí. 

Sorprendido ante su luminosa hermosura, con- 
templábalas Rapiña un si no es envidiando la suerte 
del mancebo. 


viii 

La que se colocó a la derecha del aturdido, era 
la más joven de las tres y sonreía siempre. Una ba- 
cante niña. De los poros de su piel delicada, bajo la 
cual bullía la sangre moza y rica, diríase que bro- 
taba la salud. Toda, ella causaba una sensación de 
frescura y encanto indecibles. Sus actitudes eran 
resueltas, graciosas y ágiles, los ojos grandes y de 
límpida mirada, la boca elástica, entreabierta siem- 
pre por inquieta y juguetona sonrisa, y la cabellera 
abundosa. Locos rizos le acariciaban el cuello de 
cisne y le caían sobre los hombros y las espaldas 
como lucientes chorros de oro. Cuando hablaba, la 
cadenciosa voz producía ese balanceo interno que 


97 



sienten los amantes del baile a los primeros com- 
pases de un vals ... y la alegría le dilataba el pecho. 
Rapiña la miraba, la miraba. 

La que el joven tenía a su izquierda era tan be- 
lla, que su vista producía mareos. Amorosamente 
sonreíale a su amante, y sus ojos acariciaban como la 
luz fuerte acaricia hasta marchitarlas, las hojas de 
las flores. El cuerpo, de líneas puras, aunque lige- 
ramente voluptuosas, diríase hecho para dar la vida 
y llevarla después en locos deliquios a las riberas 
de la muerte. ¡Dios, Dios! ¡qué boca roja, roja! ¡qué 
piel blanca, blanca! ¡qué mirada dulce, dulce! . . . 
Rapiña la deseaba temblando. 

La belleza de la tercera era tan pura, tan ideal, 
que más bien parecía un ángel que una mujer. Sus 
ojos luminosos hacían resplandecer las cosas como 
si, por misterioso modo, les comunicase el alma, el 
fuego-espiritual que los encendía. El gesto era noble, 
los ademanes armoniosos, la voz musical. Rapiña de- 
lante de ella comprendió por primera vez en su vida 
todo lo torpe y feo que era. 

“¿De dónde salen estas criaturas que no las he 
visto jamás? — preguntóse Rapiña — y por qué las 
veo ahora y antes no las veía?” 

— Puedes admirarlas a tu sabor; — acertó a decir 
entonces el joven — no tengo celos de ti. Estas nun- 
ca amarán a nadie tan discreto y sesudo como tú; 
¡cosa rara!, ¿éh? pero es así. 

“¡Qué bien habla! ¿pero es realmente mi sobri- 
no el que habla?” — pensó Rapiña. 

El aturdido continuó: 

— Amarán, por el contrario, a los pródigos del 
corazón, a los disolutos de la propia existencia, a los 
pobrecillos que, por ser ineptos para devolver lo, que 
reciben, echan ustedes del pueblo. Yo sé que allá me 
tienen en poca estima; sé que les parezco un ser 
inútil. Tanto mejor; los útiles suelen saber bien 


98 



poco de la vida, y yo, ya lo sabes, sólo quiero vivir: 
seamos inútiles, pues. Así como así, desde que he 
decidido no ser nada he empezado a ser dueño de 
todo. Soy libre como el aire y me río de ti y de los 
otros pobres diablos que se pasan la existencia su- 
dando tinta 'para juntar un poco de oro que yo tiro 
a manos llenas; porque has de saber que, tan mise- 
rable como te parezco, soy inmensamente rico, sí, 
tengo el tesoro que no se agota nunca. Además, un 
loco te lo dice: el oro se ha hecho para tenerlo de- 
bajo de los pies y no encima de la cabeza. 

Y este lenguaje cínico y disparatado, ¡cosa ex- 
traña! no indignaba a Rapiña. Hizo lo posible por 
enojarse, pero no lo pudo conseguir. “Acaso ahora 
tepga razón. . . en el fondo” — se dijo, porque dor- 
mido y todo comprendía, quién sabe por qué, que no 
debía juzgar las cosas por el orden vulgar y co- 
rriente. 

— Escáncianos el vino — añadió el mozo diri- 
giéndose a la virgen de la loca cabellera; y al tiem- 
po que Rapiña estiraba la callosa mano para coger 
la honda copa, agregó maliciosamente: — Pero a ti 
podría embriagarte el vino y apartarte de tu tra- 
bajo, no te conviene beberlo. 

“Es verdad” — díjose Rapiña, y todo mohinoso 
retiró la mano. 

Los jóvenes rieron, y sus risas limpias y vibran- 
tes como el sonoro cristal, alegraron los jardines y 
bosquecillos. 


IX 

Rapiña, enojándose quizá porque no podíá reír 
tan franca y alegremente, dijo de malísimo humor: 

— ¡Bueno estaría el mundo si todos pensaran co- 
mo tú! Por supuesto, acabarás en el manicomio . . . 


99 



o en el hospital. Afortunadamente no todos son así. 
Mira tu primo Nicolás, ya ha .terminado sus estu- 
dios y no necesita que nadie lo mantenga. 

Las tres beldades preguntaron en coro a Ra- 
piña: 

— ¿Y qué? 

El quiso hacer gala de pensamientos levantados, 
y prosiguió: 

— ¡Y qué! ... ha abierto su estudio de médico 
en el pueblo y será útil a su familia y a sus seme- 
jantes... ¡ejem, ejem! 

— ¿Y qué? — repitieron ellas. 

— Ya lo han hecho presidente del Casino; pronto 
comprará una casita, acaso, acaso una estancia, y 
se convertirá en un personaje. . . 

— ¿Y qué? — tornaron a repetir las compañeras 
del joven, y como Rapiña todo confuso no supiera 
contestar, le soltaron la risa en las narices. 

Después que cesaron de reír, el mancebo expuso 
lo siguiente: 

— Yo. . . yo no quiero ser presidente del Casino 
ni personaje al precio de mi juventud. Eso se queda 
para el pobre Nicolás. Sí, pobre, porque no conocerá 
la alegría de ésta, ni el amor de esta otra, ni los 
encantos divinos de esa que está más cercana a ti. 

Rapiña no comprendía. 

— ¡Cuando yo digo que tú acabarás en el mani- 
comio! ¿Entonces, según tú, sólo venimos al mundo 
para serles agradables a estas . . . damiselas? 

Rapiña las llamó damiselas para vengarse de 
la risa de las jóvenes. 

— Venimos al mundo para vivir —contestó el 
joven gravemente. 

Rapiña, todo perplejo, miraba sin pestañear al 
calavera de su sobrino. De pronto repuso: 

— Para vivir, para vivir... ¿qtlé entiendes tú 
por vivir? 


100 



— Vivir es gozar y sufrir, vivir es amar, vivir 
es. . . ser joven eternamente. 

Tan cómico le pareció todo esto a Rapiña, que 
no pudo menos de echarse a reír. Luego, sorprendi- 
do por las miradas despreciativas de las jóvenes, se 
puso serio, después volvió a reír nuevamente, y al 
fin articuló: 

— ‘Pero, loco ¿no piensas en lo que te espera 
cuando llegues a viejo? 

— ¡Uf! ¡la eterna y fastidiosa canción! — excla- 
mó el joven. Se conoce, tío, que eres poco versado 
en la verdadera filosofía, y, ya se ve, ocupado en 
tus negocios, no has tenido tiempo de pensar en los 
intereses del alma. Eso queda para los haraganes, 
¿no es cierto? Bueno. ¿Te parece razonable sacri- 
ficar la hermosa juventud para asegurarnos la fea 
vejez? pues a mí no. Si llego a viejo, que no lo creo 
ni lo deseo, pobre y todo viviré gozando al gustar la 
miel de los recuerdos de la edad dichosa, mientras 
que tú, podrido en plata, morirás de hambre de 
carne, de sed del alegre vino, de fiebre de deseos. 


X 


Rapiña se irritó. 

— No quiero escucharte. Ahora sí, creo en lo que 
me decían todos. No tienes chispa de vergüenza o 
estás loco de remate. Me das compasión. 

El joven, sin apurarse, bebió otra copa y repuso: 

— Guárdatela para ti, pues eres tú quien la ne- 
cesita. Si vieses a un cuerdo y a un loco hacer un 
viaje, un largo viaje, y el cuerdo se cargara de gui- 
jarros y piedras inútilmente, ¿quién creerías tú que 
era el verdadero loco? . . . ¡Abres la boca! ¿tal vez 
nunca has pensado en eso? ¡Ja, ja, ja! tú sí que 


101 



inspiras compasión. ¡Las riquezas! ¿qué haría con 
ellas? ¿sudar y gemir como tú, bajo su peso? ¡Bah, 
bah! no las quiero; atento a los cuidados que de- 
mandan, tendría que renunciar a las caricias de mis 
gentiles compañeras. No, no; quiero ser loco, quiero 
ser inútil: amemos, riamos, cantemos, que es lo que 
naturalmente, como el rosal da rosas, debemos hacer. 

Rapiña, escandalizado, respondió: 

— No sé cómo he tenido paciencia para oirte, mo- 
zuelo disoluto, libertino y loco. He perdido tiempo de 
sobra escuchando tus desvergüenzas e insensateces. 
Vete y que no te vuelva a ver. En castigo de tu 
depravada conducta, no te dejaré ni un cobre. 

Entonces se levantó la más amorosa y dulce de 
las tres compañeras del joven, y dirigiéndose a Ra- 
piña, dijo rugando el ceño, lo cual realzaba su be- 
lleza. 


XI 

— ¿Llamas disoluto, viejo egoísta, a mi amado 
porque me entregó su corazón? Pues sabe, hombre 
serio, que los pródigos de él son los que verdadera- 
mente viven, y los avaros de él como tú mueren, y 
cuanto más lo son, más mueren, como las ramas de 
un árbol están más muertas cuanto más secas. Yo 
doy la vida; vivir es amar; el ^universo es hijo de 
un inmenso e inagotable amor. Se aman los animales, 
se aman las flores, las piedras se aman. No con- 
traríes, pues, el único y verdadero objeto de tu vida, 
que es amar. ¡Qué comprensible, hermoso y bueno 
te parecería el mundo si amases! Asistirías a un 
gran espectáculo. Pero mis caricias tienen un precio, 
ínfimo para algunos, caro para los de' tu ralea: es el 
olvido de sí mismo. ¡Ah! no eres bastante rico, a 


102 



pesar de tus millones, para pagarme; no pueden 
amar, infeliz; por tal razón será contigo siempre la 
guerra dolorosa, la guerra que nace del egoísmo y 
convierte en fieras a los hombres. Contempla aquel 
cuadro, observa lo que hacen tus iguales, las gentes 
de membrudos brazos y frente estrecha. A puñetazo 
limpio se disputan los granos de oro. Los de atrás 
empujan a los que h?tn logrado ponerse delante, y 
éstos se revuelven furiosos para detenerlos. Aquellos 
que caen, ¡ay! son pisoteados sin lástima, sin com- 
pasión; nadie les tiende la mano porque nadie auxilia 
a un enemigo; lejos de eso, cuando uno muere, los 
otros prorrumpen en gritos de júbilo salvaje: hay 
un puesto libre, y se lanzan todos a conquistarlo 
como lobos hambrientos sobre la presa. ¡Qué asco! 
£1 insecto más vil, la repugnante cucaracha cum- 
plirá su misión mejor que tú. Toma mis besos - 
— añadió dirigiéndose al joven- — y desprecia las ri- 
quezas de Rapiña: yo te haré más poderoso que lo 
que su oro maldito puede hacerte. Bésame. 

Rapiña sentía una cosa extraña. 

“Por qué tiemblo, por qué me turban sus pala- 
bras? ¿es posible que haya alguna verdad en lo que 
dice?” — se preguntó vagamente — . “¡Y es tan be- 
lla! Si yo tuviese el valor de . . . pero sería una lo- 
cura!” — E iba a contestar algo, cuando la más ri- 
sueña de las tres hermosas le atajó las palabras, di- 
ciéndole, mientras se ponía repentinamente seria. . . 


XII 

— ¿Llamas, viejo estúpido, libertino a mi amado 
porque me adora? Pues has de saber que todos, in- 
cluso tú, viven ansiando mis favores, porque ellos 
prolongan la existencia. El sabio estudiando en la 


103 



oscura guardilla, el héroe que busca gloriosa muer- 
te, el gusano que se arrastra, cuanto hacen los seres 
todos, es, sin saberlo, por acercarse a mí. Reír es 
lo mas serio que se puede hacer sobre la tierra. An- 
da si quieres ser dichoso déjate de preocupaciones y 
cuidados graves y bebe en mi copa... pero mise- 
rabie de ti, no lo harás porque te lo impedirá el 
placer del oro que te he dado, y es lo menos que te 
podía dar, para que renunciases a todos los otros 
Bebe tu, querido mío, —añadió dirigiéndose al man- 
ee? 0 — alégrate de ser un desheredado; yo te haré 
mas dichoso de lo que podría hacerte todo el oro de 
California. Ríe. 

“El olvido de mí mismo . . . — pensó Rapiña — 
no, no puede ser; y sin embargo yo también ansio 
sus favores, y sé que si no los consigo, será mi com- 
pañera' la tristeza; pero ¿qué hacerle? El olvido de 
mí mismo, ¡ah, ah! . . . 


XIII 

En aquel instante dió un paso hacia él la terce- 
ra de las jóvenes. 

— ¿Llamas, viejo, imbécil, loco a mi adorado 
porque por mí suspira? Pues sabe que yo soy quien 
hace habitable y bello al mundo, —exclamó — . Los 
que me aman y comprenden son señores de la liber- 
tad y de la hermosura, y gozan mil dulces sensacio- 
nes, a las que tus torpes sentidos, pobre mentecato, 
son insensibles. Si me entendieras, todo aparecería 
a tu vista transparente y luminoso. Dilata el cora- 
zón, abre el entendimiento, afina los sentidos y es- 
cucha mis canciones. 


104 



“¡Caed y apartaos, oh lóbregos muros; 
dejad que penetren el aire y la luz! 
¡Rasgad, densas nubes, los velos oscuros! 
¡Oh estrellas y soles, los rayos más puros 
verted en las ondas del éter azul!” 


Pero, ¡bah! tú no puedes entenderme; tienes 
oídos de mercader. Ven tú, dueño mío; yo te haré 
más hermoso que si fueses dé oro puro. Canta. 

Tan poderoso era el encanto de aquella voz me- 
lodiosa, que Rapiña sintió vehementes deseos de caer 
de rodillas y romper a llorar. Experimentaba sácu- 
dimientos nerviosos muy raros, nunca sentidos; emo- 
ciones profundas que le dilataban el pecho, y goces 
purísimos que le refrescaban el alma estéril y baldía. 
Su rostro se contrajo; lágrimas ardientes le co- 
rrieron por las mejillas y se puso a temblar. Y pa- 
labras de que jamás había hecho uso, y cuyo sentido 
no conocía bien, se le escaparon de los labios. 

—¡Criatura divina! — murmuró — si quisiera me 
fulminaría con los rayos de sus ojos, ¡ay! y a mí 
me gustaría morir, sí, morir, de sus encantos. Yo 
no sé. . . creo que estoy muriendo ya. ¡Dios bonda- 
doso! me siento más . . . aéreo, como si fuera capaz 
de volar; mis ojos se nublan y sólo veo círculos 
azules, verdes, violáceos, y mil resplandecientes es- 
trellitas. . . Me suenan en los oídos celestiales mú- 
sicas, mi cabeza voltea. ¡Qué desmayo delicioso! 
¡Nunca he sentido trinar así los pájaros, nunca las 
flores han olido así! . . . ¿Qué será? 

Pero en aquel mismo momento — enorme con- 
traste — presentósele tal cual era en la realidad, la 
gruñona vieja que desde niño lo aconsejaba, la cual 
le dijo, arrancándolo del éxtasis en que había caído : 


105 



— Rapiña, hijo mío, vuelve en ti. ¿También tú 
necesitas que te guarden del maleficio de esas mu- 
jeres? No olvides que Eva perdió a Adán. Tú, tan 
juicioso y trabajador, ¿vas a destruir en un minuto 
la obra de tantos años? ¿Como ese calavera caerá 
también el hombre prudente? No seas tonto; piensa 
que ellas sólo quieren tu dinero, tu sangre. Esta 
vieja amiga te lo dice: se lo comerán todo voraz- 
mente, y después te despreciarán. Ten juicio, sé 
cauto, vuelve en ti. 

Rapiña sacudió la cuadrada cabezota, restregóse 
los ojos, e irritado contra sí mismo por haber te- 
nido un momento de debilidad, se puso en pie de un 
salto — en sueños oía sentado las palabras de las 
vírgenes — y empuñando una vara de membrillo, 
gritó : 

— íO se van de aquí pronto, mujerzuelas locas 
y deslenguadas, o que un rayo me parta si no les 
mido el cuerpo mejor que un sastre! ¿Se han creído 
que soy algún incauto, como este babieca, para de- 
jarme seducir sólo con palabras bonitas? A otro pe- 
rro con ese hueso. Buena cuenta darían ustedes de 
mi caudal. No, no; les agradezco los placeres que me 
ofrecen. Rapiña no comulga con ruedas de molino; 
Rapiña es un hombre serio, que sabe dónde le aprie- 
ta el zapato. Lo que ustedes quieren es mi dinero, 
mi sangre. ¡Fuera, fuera de aquí! 

Las jóvenes se echaron a reír, y sin curarse de 
las palabras de Rapiña, empezaron a girar alrede- 
dor del mancebo, que las miraba sonriendo amoro- 
samente. 

— Tus estúpidas amenazas no nos causan temor; 
— contestaron, mientras Rapiña se retorcía, sin- 
tiendo la angustiosa imposibilidad, como acontece en 
sueños, de levantar la mano y cumplir su juramen- 
to — tus deformes pies de trabajador no podrán 
seguir nunca el ligero paso de nuestras ágiles pier- 


106 



ñas; siempre nos reiremos de ti en tus propias na- 
rices, y tú patearás de rabia y. . . de envidia. ¡Gro- 
tesco bufón! frótate la corcova mientras cantamos; 
trabaja, trabaja, mientras el cadencioso baile des- 
cubre las líneas armoniosas de nuestros sacros cuer- 
pos. ¡Ruede la bola, las gallinas pongan huevos y 
vuele el águila! Dancemos, dancemos! ¡Levanta, ta- 
quillo! por tu frente no corre el sudor, pero corrió 
la sangre; si no la surca profunda arruga, la parte 
gloriosa herida. ¡Viva el taquillo! ¡amemos, cante- 
mos, lloremos! ¡viva el que ama! ¡viva el que canta! 
¡viva el que llora! tas que prodigan la vida son tas 
que viven. 


XIV 

Esto dijeron, y en compañía del joven, formando 
amoroso grupo, alejáronse por entre tas árboles, 
cuyas ramas incendiaban a trechos tas rayos de oro 
del refulgente sol. Rapiña tas seguía con la vista, 
sintiendo que a pesar de todo, algo pugnaba dentro 
de él por irse tras las hermosas. A medida que se 
alejaban, más le oprimía el corazón la melancólica 
tristeza y más lúgubremente sonaban en sus oídos 
las fatídicas palabras del calavera: “tú morirás de 
hambre de carne, de sed del alegre vino, de fiebre 
de deseos . . .” 

Y ellas se alejaban, se alejaban, y con ellas la 
luz también parecía huir. Los colores tornábanse 
mates, las sombras invadían tas llanos, sólo las pe- 
ladas cumbres de abruptos cerros resplandecían con 
tas fulgores moribundos del astro rey. Pronto ven- 
dría la noche, la soledad, la tristeza. . . 

Las jóvenes se alejaban sin detenerse un ins- 
tante, un corto instante. Al cabo de cierto tiempo, 


107 



apenas si sus canciones y risas herían el oído de 
Rapiña; los cuerpos también menguaban y se hacían 
borrosos; por último fundiéronse en el lejano hori- 
zonte, y sólo le pareció percibir algo así como un 
rumor de risas y susurro de besos, que llegaban has- 
ta él vagamente, repercutiendo de árbol en árbol y 
de flor en flor. 

Rapiña dejó caer la cabeza sobre el pecho y se 
quedó pensando. 

— Estás triste, y debías estar alegre porque has 
cumplido con tu deber — le dijo la vieja. 

— Mi deber, mi deber, ¡ah! sí. . . — contestó Ra- 
piña, y suspirando tornó a su tarea. 

Cuando tuvo llenos los dos cestos, restregóse 
las manos de alegría y luego echóselos a cuestas, 
no sin grandes trabajos, porque pesaban mucho. 

Entonces dijo la vieja: 

—Es necesario que ahora más que nunca sigas 
mis consejos, si no quieres dejar tu tesoro en las 
garras de tanto truhán y mala pécora como anda 
por ahí. Ya sabes que soy la prudencia misma y 
que sólo deseo, serte útil. No te dejaré extraviar. 
Ten cuidado, oculta el oro, mira dónde pones el pie. 

Y Rapiña, todo mohíno, la siguió, dando tum- 
bos y tropezones. 


XV 

Subieron cuestas, bajaron cuestas, y el palacio 
permanecía siempre a la misma distancia. Rapiña 
jadeaba, tenía los pies ensangrentados y le dolían 
todos los huesos. La vieja, con su voz cavernosa, no 
cesaba de repetirle: 

Ten cuidado, oculta el oro, mira dónde pones 

r w 

el pie. 

108 



Los parajes que atravesaban, eran cada vez más 
sombríos y temerosos. Oíase el lúgubre graznido de 
las lechuzas, y negros murciélagos cruzaban fugaces 
el aire, fugaces como la mente los malos pensa- 
mientos. 

Rapiña experimentaba un malestar, una desa- 
zón inexplicable. De pronto comprendió que dos 
ojos brillantes se clavaban en él; los sentía, los sentía 
sobre las espaldas, y repentino miedo oprimióle el 
corazón. Volvióse y la sangre se le heló en las ve- 
nas: a cosa de unos veinte pasos, mirándolo fija- 
mente, acechándolo, caminaba un hombre de malísi- 
ma catadura. Apretó el paso, sin poder resistir al 
imperioso deseo de volver la cabeza, cada dos o tres 
minutos al principio, y luego más frecuentemente: 
los ojos negros lo observaban con irritante tenacidad. 
Abandonó el camino, tomando una tortuosa senda, y 
después de avanzar un buen trecho, se detuvo: el 
hombre lo seguía siempre. En la sombra, sus faccio- 
nes y el color vinoso del rostro, resaltaban como so- 
bre los fondos oscuros del Españoleto, las carnes 
maceradas y los perfiles que baña la luz. Veíasele 
parte no más de la cara y de la nudosa frente, los 
ojos le brillaban en las negras órbitas, la barba era 
espesa, la boca innoble, la nariz roja. 

Sin poderse dominar, presa de súbito terror, 
echó a correr a campo traviesa. Entonces su sueño 
convirtióse en horrorosa pesadilla. El extraño perso- 
naje, con un filoso cuchillo en la diestra, lo perse- 
guía francamente, le daba caza sin disimular sus 
siniestros designios, y Rapiña, medio loco de miedo, 
lejos de acercarse, se alejaba del palacio. Y corría, 
corría, sintiendo tras de sí las pisadas del asesino. 
Corría sin descanso. Zarzas y malezas le destroza- 
ban los vestidos y las carnes; faltábale ya el aliento, 
y el corazón se le quería salir por la boca. Las fuer- 
zas lo abandonaban, tropezó varias veces. Al dar 


109 



vuelta un grupo de árboles, se le doblaron las pier- 
nas y cayó en un pozo, y allí se estuvo quieto, la 
faz pegada contra la tierra, sin ánimos para defen- 
derse, más muerto que vivo. 

“Se acerca, se acerca, — pensó — todo va a con- 
cluir. . . ¿me herirá en el cuello o en la espalda?. . . 
siento sus pasos. . . ya llega. . . ¡perdón, Dios mío!, 
ten compasión de mí. ¡Ah! . . . Padre nuestro ...” 
— y cerró los ojos. 

Pero el bandido pasó junto a él sin detenerse; 
más tarde tornó a pasar otra vez; a todas luces lo 
buscaba. Al alejarse de nuevo, atrevióse Rapiña a 
mirar y lo vió en el momento en que se metía entre 
los árboles para ocultarse a los ojos de otro hom- 
bre que avanzaba lentamente, cargado también con 
un cesto de oro. El asesino siguióle los pasos con 
gran cautela, y Rapiña pudo ver cuándo, apretando 
los dientes . . . Un brillo fatídico, un golpe sordo, y 
el infeliz cayó hacia atrás. 

El malhechor lo puso boca abajo, y echándose a 
cuestas el cesto, se internó en el bosque. 


XVI 

Muy tarde llegaron al palacio. Rapiña, deján- 
dose caer de rodillas, dio gracias a Dios. 

Al f jn puedo descansar — exclamó después. 

No, aún no. Es necesario poner tu tesoro en 

lugar seguro. Anda, que es tarde, — ^dijo la vieja—- 
y no te descuides, porque aquí también es necesario 
abrir el ojo, estar alerta, ver dónde pones el pie. 

Y Rapiña, refunfuñando, tuvo que seguirla. 

En el primer salón, a la vista de los ricos y 
nunca gustados manjares, que en vajilla de labrada 
plata ofrecíanse al antojo nunca satisfecho de alegres 

110 



y parlanchines comensales, sintió Rapiña que se le 
despertaba feroz apetito. Hubiera querido tener cien 
bocas para engullir de todo y de todo a un tiempo, 
y que su estómago, como el tonel de las Danaides, 
no se llenase nunca. Sus ávidos ojos iban desde las 
mayonesas adornadas con tronchitos de lechuga y 
los pavos trufados, puestos sobre temblorosa gela- 
tina, a los mariscos en extrañas salsas, guisadas 
aves y trozos de suculenta carne, y de ésta a los 
delicados budines, cremas exquisitas, pasteles de mil 
hojas y sabrosas frutas de las huertas de Valencia 
y Andalucía. 

Maravillado se detuvo. “Por fin — pensó — voy 
a gozar; la verdad es que. . .” — pero la vieja le dijo 
que era preciso seguir, y Rapiña, todo pesaroso, tu- 
vo que obedecer, llevándose sólo una fugaz visión 
de aquel recinto que alegraban el espumoso cham- 
pagne y el ruido de las copas, y en donde otros 
mortales, ¡ay! más felices que él, se hartaban de lo 
lindo. “Cuando haya puesto en lugar seguro mi te- 
soro volveré, juro que volveré; hay tiempo para to- 
do, por más que. . . ” — di jóse para consolarse. 

Era la sala inmediata de estilo oriental. En el 
medio susurraba una fuente de blanquísimo mármol. 
Recostados en blandos cojines y protegidos por mor- 
tecina luz verde y el humo de excitantes perfumes 
que se quemaban en damasquinados vasos, veíanse 
por doquier amorosos grupos, suspirándose al oído 
dulces palabras y tiernas quejas. 

Amplios ropajes orientales dejaban entrever las 
perfecciones de las hermosas; aquí aparecía el botón 
de rosa de un bien torneado pecho, acá tersa espal- 
da, allí un pie desnudo, pequeño y regordete . . . Para 
aumentar el encanto de aquella mansión, cuyos bri- 
llantes azulejos, yeserías de las paredes, bóvedas de 
primoroso alfarje y pechinas estalactíticas, hacían 
que pareciera un ascua de oro, oíanse al través de 


111 



los calados almocárabes de los tabiques, voluptuosas 
canciones que embriagaron a Rapiña de sensuales 
deseos. Sentía ya que los juveniles ardores lo remo- 
zaban, cuando la vieja, agarrándolo del brazo, le or- 
denó que la siguiera. 

— Déjame amar — clamó entonces el muy sin 
ventura. 

A lo cual respondió la arpía: ( 

— Es tarde. . . ¿quieres perder en un momento 
el fruto de tantos trabajos? Después, después 
amarás . 

Y Rapiña llorando casi, abandonó la sala, sin 
poder gozar las caricias de las rubias de lánguido 
rostro, ni los ardientes besos de las morenas de la- 
bios de fuego y ojos negros como el delito. . . 

Y la fatal fórmula fué repetida en todos los sa- 
lones r .que, cada vez más de prisa, iban atravesando. 
“Quiero sentir” — dijo en uno. “Quiero llorar” 
— exclamó en otro. “Es tarde, es tarde” — contesta- 
ba su guía implacablemente; hasta que al llegar al 
último salón del palacio, un inmenso salón oscuro: 

— Déjame vivir — imploró el desdichado abra- 
zándose a las descarnadas piernas de su compañera; 
pero ésta, ¡cosa horrible! con un puñal idéntico al 
del asesino, le asestó una tremenda puñalada en 
mitad del pecho. 

— ¡Traición! . . . ¡Ay, madre mía! — gimió Ra- 
piña, con el acento lloroso y desfallecido de los niños 
que no se pueden valer, al mismo tiempo que le pa- 
recía precipitarse en un agujero profundo, pro- 
fundo . . . 

Despertó. 

— “¡Gracias a Dios!... todo ha sido una mala 
pesadilla” — di jóse alegremente. Luego, restregóse 
los ojos y miró a un lado y a otro, sin comprender, 
¡suceso disparatado e imposible! El paisaje no era 
el mismo; no había flores en las plantas, ni frutos 


112 



en los árboles, ni los paj arillos alegraban el monte 
con sus trinos como el día anterior. Era el invierno. 
Rapiña lo comprendió terrorificado, y aunque pa- 
rezca estupendo, no soñaba ... o soñaba : ¿quién pue- 
de decirlo?, pero era el invierno. Las hojas amari- 
llas y secas remolineaban sobre la tierra cubierta a 
trechos por espesa helada. 

— ¡Madre mía! qué ha sucedido? — exclamó, y 
contemplando la blanca y luenga barba que le crecía 
sobre el pecho, tuvo la triste certeza de que su sue- 
ño había durado muchos años — . Pero si no puede 
ser, si ayer aún era joven! — agregó mesándose los 
cabellos. 

Quiso levantarse porque el oro le producía tan 
fuerte opresión, que apenas lo dejaba respirar, pero 
los enflaquecidos miembros se negaron a sostenerlo; 
quiso desembarazarse de los cintos, pero inútilmente 
también: sus manos no tenían fuerzas para cumplir 
tal intento, y entonces indecible pena oprimió el 
atormentado corazón de Rapiña. f‘Es tarde” — se 
dijo amargamente, recordando con temblor frío las 
palabras de la vieja, y sin poder apartar de sí las 
encantadas visiones de su sueño, puso en blanco los 
tristes ojos, palidecieron sus labios, en los que va- 
gaba una sonrisa irónica, y cayéndosele de golpe, 
como desarticulada la mandíbula, expiró. 


113 




LA ODISEA DE PERUCHO 


En el portal del conventillo, a la luz de bodega 
que se difundía por los largos corredores, frente a 
un banco y junto a un mono atado al pie de la ca- 
ma, trabajaba un zapatero remendón. En el fondo 
del mezquino y oscuro cuchitril, como la imagen de 
Jesús adusto pegada a la sucia pared, se destacaba 
la rubia cabeza y el rostro dulce de Perucho, el hijo 
del remendón, que junto con el mono, Perico, y el 
loro, componían la familia del antiguo saltimban- 
qui, porque el zapatero lo había sido en los verdes 
años de su azarosa vida. 

Y mientras éste echaba medias suelas, cantando 
invariablemente una canción napolitana, y Perico 
hacía toda suerte de volteretas, y el loro afilándose 
el pico comía su papa, Perucho en un rincón del tu- 
gurio, con la carita y las manos untadas de betún, 
seguía el vuelo de las moscas o lagrimeaba sobre la 
mugrienta cartilla. Este era el cuadro que al salir y 
entrar veían siempre los inquilinos. 

¡Pobre Perucho! por más esfuerzos que hiciera 
no lograba aprender. Sus grandes y claros ojos des- 
provistos de animación, muy parados, daban indicios 
ciertos de que en el interior de su hermosa cabeza 
había un tornillo flojo, un impedimento que no de- 
jaba funcionar libremente la máquina cerebral y 
producía ese idiotismo, sin el cráneo de los idiotas, 
de que suelen ser víctimas los hijos de los matrimo- 
nios desavenidos. En el conventillo se contaban his- 
torias muy negras de la aporreada vida que por 
celos le había dado el remendón a su esposa, una 
mujer agradable, sumisa y paciente, pero que lo 
odiaba en secreto y él acaso lo presentía. 

A cambio de la falta de inteligencia — y esto lo 
heredaba de la pálida Gilda — poseía Perucho un 


115 



dulce carácter y tan extraordinaria sensibilidad, que 
a la menor emoción se le arrasaban en lágrimas los 
ojos. Por medio de elocuentes gestos, súbitas pali- 
deces y temblores nerviosos, expresaba lo que la 
torpe lengua no podía. Sin embargo, por más que su 
lenguaje mímico fuera muy expresivo, la imposi- 
bilidad de hablar lo hacía sufrir horriblemente, so- 
bre todo en el temido momento en que el zapatero, 
dejando las leznas y atusándose el sedoso mostacho' 
se decidía a tomarle lección. Entonces se desenca- 
jaba el rostro de Perucho, temblábanle los labios y 
lleno de ansiedad volvía la cabeza a un lado y a 
otro, como buscando alguna cosa, hasta que al fin 
los ojos vacíos de inteligencia se llenaban de lágri- 
mas y exclamaba con su media lengua de idiota, 
“Perucho no poder” — o caía de rodillas demandan- 
do perdón con gesto de abatimiento tan sincero, 
que el enfurecido dómine concluía por enternecerse 
y echarlo al patio. Pero otras veces se cerraba la 
puerta y. . . ¡pobre Perucho! 

Las vecinas, que a pesar de su baja condición 
no dejaban de ser sensibles a los encantos de la be- 
lleza, solían interesarse por Perucho hasta el punto 
de remendarle los pantalones y cuidar de su aseo. 
La infeliz criatura con sus largos rizos y su rostro 
de ángel se granjeaba las simpatías de todas y par- 
ticularmente de la capataza o encargada de cobrar 
los alquileres, mujer gruesa, de aspecto hombruno, 
a quien corpulencia y cargo daban ciérta autoridad 
entre los inquilinos. La signara Clotilde, que era to- 
da aspereza y espinas para los mayores y azúcar y 
blanduras para los niños, no podía ver con calma 
consumirse a Perucho sobre la mugrienta cartilla. 

— ¡Ma per Dio! ¿Volete matarlo? — decía plan- 
tándose en jarras frente al zapatero, y luego alzan- 
do a Perucho salía como un huracán arrollando 
cuanto encontraba por delante. 


116 



El remendón con ira se pasaba repetidas veces 
y muy de prisa la lezna por el pelo; pensaba en los 
alquileres vencidos y suspirando volvía a su tarea. 

En la modesta pero limpia alcoba de la signora 
Clotilde, pasaba Perucho muy buenos ratos oyendo 
tocar el arpa a su amiguita Anetta, otra protegida 
de la solterona. Enseñábala a ratos perdidos su 
propio padre el tachero, que pertenecía a una socie- 
dad musical y era un verdadero “dilettanti”. 

Cuando el remendón renunciando a los ambicio- 
sos sueños de hacer de su hijo un signori, decidió 
enseñarle el oficio, le costó graves disgustos a Pe- 
rucho la afición a la música. Apenas los ágiles dedos 
de Anetta recorrían las cuerdas del arpa volvíase el 
muchacho todo oídos. Su rostro indiferente y frío 
de ordinario no parecía sino que se iluminaba; 
movía lentamente la cabeza marcando el compás de 
la cadenciosa música, sonreía, hasta que de pronto 
una bota que le arrojaba el padre arrancábalo del 
éxtasis y lo hacía volver a inclinar la cabeza de 
poeta sobre la torpe obra de zapatero de viejo. 

Una vez el remendón, mientras observaba el 
arrobamiento de su hijo, tuvo, como él decía des- 
pués, orgulloso de su perspicacia, un verdadero lam- 
po di luce. Le preguntó si le agradaría aprender 
algún instrumento, y el pobre niño que en otras oca- 
siones apenas contestaba, colgóse al cuello del re- 
mendón, y riendo y llorando a un tiempo, sin saber 
cómo expresar su alegría, repitió varias veces : 
— “Perucho querer tocar, Perucho alegre”. 

La imaginación de artista del antiguo saltim- 
banqui empezó a funcionar, “i Si me habrá tocado a 
mí en suerte ser el padre de algún genio como Mo- 
zart!” se dijo, y dejando el cuero y la cuchilla arre- 
mangóse enérgicamente el delantal y se encaminó al 
cuarto del signare Genaro. 


117 



Hablaron y se entendieron. A cambio de que el 
remendón le compusiese el calzado, el tachero le 
enseñaría el violín a Perucho; cuando supiera lo su- 
ficiente para ejecutar algunas piezas acompañado 
de la pequeña arpista, ambos empezarían su carrera 
tocando en los cafés. Diéronse un apretón de manos 
y muy alegres fueron al bodegón de la esquina a 
sellar con una botella de vino tinto el amistoso trato. 

¡Cosa extraña! Perucho, que era de suyo torpe 
y desmañado, mostró desde el principio rarísima ha- 
bilidad para coger el violín y ejecutar las difíciles 
posiciones de la mano izquierda. El solfeo, dada su 
poca inteligencia, lo aprendió con facilidad pasmosa; 
pero lo que realmente causaba asombro era el fino 
oído con que lo había dotado la Naturaleza, avara 
con él en otros dones que suele repartir pródiga- 
mente.. Retenía todo lo que le tarareaban, y a pocos 
esfuerzos que hiciese, después que venció las prime- 
ras dificultades, lograba tocarlo en el violín. 

Los vecinos parábanse frente a la puerta de la 
signora Clotilde, haciéndose toda suerte de comen- 
tarios al ver a Perucho, tan seriecito, frente al atril, 
con los ojos puestos en la partitura y los pies des- 
nudos en el travesaño de la silla en que se sentaba. 
Moviendo el arco con gravedad tal que daba ganas 
de reír, pasábase las horas muertas sin variar de 
posición ni interrumpirse, como no fuera para ase- 
gurarse de que Anetta estaba en la alcoba, o hacer- 
les el conejo , la única gracia que sabía, a las per- 
sonas que en el corredor o en la calle se detenían a 
escucharlo. 

Seis años más tarde, después de haber recorrido 
los cafés y restaurants de segundo orden, Perucho y 
su compañera tocaban en los principales estableci- 
mientos. Él, a pesar de no ser muy fuerte, llevaba 
a cuestas el arpa, y ella con la caja de violín en la 
mano lo seguía moviendo el gracioso cuerpo, que ya 


118 



había adquirido las redondeces de la mujer. En el 
“Café del Siglo”, comienzo de sus largas giras, Pe- 
rucho ponía el arpa en el suelo, secábase el sudor y 
empuñaba el violín sin mirar antes si había poca o 
mucha concurrencia. Lo contrario hacía la arpista. 

El hijo del zapatero tocaba con pasión. Después 
de los primeros acordes sucedía generalmente que 
empezaba a transfigurarse. Iba entornando los ojos 
hasta Cerrarlos, dilataba las ventanillas de la nariz 
y nerviosamente oprimía el precioso instrumento. 
¡Cuántas cosas decía tocando el infeliz idiota! Los 
vagos sentimientos que nos señorean a veces, las 
alegrías sin nombre, las penas indefinidas, todo 
aquello que a la mezquina inteligencia de Perucho 
no le era dado exteriorizar, encontrando en el vio- 
lín su lengua, su verdadero modo de expresión, bro- 
taba con las melodías, sin esfuerzo, como encontrada 
la vena brota el agua del oculto manantial. ¡Ah! 
Perucho tenía alma grande. No se podía decir que 
tocara admirablemente; su ejecución no era notable 
ni mucho menos, pero lo hacía con tanto senti- 
miento, calentaba de tal modo la más insignificante 
frase, que los oyentes sentíanse conmovidos, y pri- 
mero unos y después otros volvían la cabeza para 
escuchar con asombro al humilde artista callejero, 
que como los grandes, tenía también sus arroba- 
mientos y transportes. 

La arpista ponía grande cuidado en el acompa- 
ñamiento porque él, siguiendo los misteriosos im- 
pulsos de su genio creador, interpretaba libremente 
los trozos musicales, hería las cuerdas de un modo 
raro, prolongaba los trémolos y arrancaba efectos 
que nadie le había enseñado. Por eso ella, en esos 
casos, temiendo no poder seguirlo o cortar el vuelo 
de su inspiración, se detenía, limitándose sólo a vol- 
verle las hojas y a repararle los mechones de pelo 


119 



que le caían sobre los ojos. Y él, en semejantes 
momentos, parecía no darse cuenta de nada. 

Iba irguiéndose por grados en la silla, hacíase 
dificultosa su respiración, gemía y tocaba, tocaba 
meciendo la cabeza Dios sabe en qué mundo. Al 
concluir clavaba la vista en el suelo y volvía a ser 
el insignificante Perucho de siempre, sólo que ahora 
una imperceptible sonrisa de orgullo le entreabría 
los labios. 

Antes de retirarse, Anetta cogía un plato y con 
los más graciosos ademanes y seductoras sonrisas 
iba pidiendo de mesa en mesa, sin que al parecer la 
disgustasen las flores y requiebros que solían diri- 
girle los parroquianos. Perucho, por seguirla con la 
vista, desafinaba frecuentemente. 

Una vez alguien quiso acariciar la mano de la 
linda muchacha y en el mismo instante el violín pro- 
dujo un sonido tan desagradable y fuerte que todos 
se volvieron para ver lo que le pasaba al violinista. 
Esa noche, al irse Perucho les hizo el conejo, pero 
un conejo furioso. En las sucesivas la concurrencia 
esperó a los músicos inútilmente: no los volvieron 
a ver. 

Corriendo de restaurant en restaurant y de ca- 
fé en café, vivían muy alegremente los músicos ca- 
llejeros. Perucho se hacía cada vez más dueño de su 
arte, y los admiradores aumentaban. Muchos pa- 
rroquianos, por el gusto de oírlo, permanecían de 
sobremesa una y dos horas, no siendo menos el nú- 
mero de jóvenes que hacían lo mismo para rozar la 
mano de Anetta disimuladamente al poner una mo- 
neda en el platillo. Con todo esto las colectas ingre- 
saban de un modo halagador. Había noches que reco- 
gían hasta cuatro o cinco pesos, de los cuales, al 
hacer la repartición en el oscuro zaguán del con- 
ventillo las cuatro quintas partes pqr lo menos, no 
salían de la faltriquera de la joven. Una vez él le 


120 



había dicho: “Perucho querer todo para ti” — y 
ella parecía tomarlo al pie de la letra. Por lo de- 
más, él se juzgaba bien recompensado por tal gen- 
tileza, con el beso que ella, al darse las buenas no- 
ches, le permitía estampar en la fresca mejilla. 

De esta manera el pobre Perucho labraba la 
propia desdicha. Gracias a su largueza, Anetta iba 
siendo un buen partido para los amigos jóvenes del 
tachero. Se corrían voces de que era poseedor de 
una libreta de banco, en la cual había apuntadas 
unas cifras muy bonitas. La signora Clotilde la ha- 
bía visto con sus propios ojos y daba detalles precio- 
sos. El hijo del panadero, el mercachifle de la es- 
quina, el vendedor de frutas, todos los mozos del ba- 
rrio, empezaron a hacerle la corte a la arpista que 
sobre ser un buen partido poseía un lindo palmito, 
fresca boca de rojas encías y apretados dientes, ojos 
pequeños pero muy vivos, y otros encantos nada 
despreciables. Por fin el bello Arturo, que era due- 
ño de una hojalatería muy cuca, con su escaparate 
de un cristal solo y muestra de letras doradas, se 
decidió a pedir la mano de Anetta y el padre, sedu- 
cido por la tentadora perspectiva de ingresar como 
socio en el lindo establecimiento, aceptó después de 
pensarlo un poco. Como antes con el remendón, to- 
maron un vaso de vino y todo quedó arreglado. 

La frívola y coquetuela muchacha no notó que 
al darle alegremente la noticia a Perucho éste se 
puso muy pálido y tuvo que apoyarse en la pared 
para no dar con el cuerpo en tierra. 

Algunos días después padre y novio decidieron 
que Anetta no tocara más, y el pobre Perucho sin 
la amable compañera de los felices días, solo y aba- 
tido emprendió las acostumbradas excursiones noc- 
turnas. 

Hacía una noche muy fea; la neblina apenas de- 
jaba ver la amarillenta luz de los faroles que apare- 


121 



cían a los ojos de Perucho a doble distancia de lo 
que en realidad estaban. Él, llevándose tras de sí 
girones de niebla, avanzaba lentamente, más ago- 
biado que cuando el arpa le oprimía los hombros. Al 
llegar al “Café Nuevo” giró sobre los talones, como 
si repentinamente cambiara de propósito y siguió 
caminando a la ventura sin detenerse en ni nguno de 
los establecimientos que noche a noche frecuentaba 
con Anetta. A la pasada de los tranvías miraba las 
ruedas deslizarse sobre los rieles y sonreía sinies- 
tramente. De regreso detúvose un rato en la puerta 
de la ingrata y luego se acostó, pero no pudo conci- 
liar el sueño en toda la noche. 

Y desde ese día fué un músico triste, cuyo es- 
tilo lúgubre y aspecto dolorido amenazaban la buena 
digestión de los parroquianos. Los patrones lo com- 
prendían así y no cesaban de pedirle cosas alegres, 
pero el infeliz tocando cosas alegres volvíase un 
vulgar rasca - tripas y era peor. Empezó a parecer 
fastidioso. Por otra parte su conducta irregular ayu- 
daba a enajenarle la estimación que antes le tenían 
todos. A veces en el trozo más selecto de una pieza 
se interrumpía, y dejando al auditorio a media miel 
marchábase precipitadamente sin cobrar siquiera. 
Muchos dieron en sospechar que se embriagaba, otros 
atribuían las extravagancias del violinista a su idio- 
tismo; y el resultado de estas suposiciones era la 
diaria y paulatina disminución de 1 9 colecta. La 
mayor parte de los parroquianos sentíanse gozosos 
de tener un pretexto para negar el óbolo que Peru- 
cho solicitaba tímidamente. 

A la salida de los cafés, considerando las mez- 
quinas ganancias, le entraban deseos de hacer añicos 
el violín contra las piedras, pero la imagen amena- 
zadora del remendón lo detenía y continuaba su gi- 
ra, renegando de aquellos señores bi^n comidos, de 
rostro satisfecho, que a todo trance querían música 


122 



alegre, mientras placenteramente apuraban jiña co- 
pita de ron o de chartreuse. ¡Música alegre ... si 
ellos supieran! . . . 


Cuando se efectuó la boda, hacía quince días 
que Perucho estaba en cama. En medio del contento 
general nadie se acordó de él, ni siquiera la novia, 
que acaso le debía la felicidad. 

Después de una soberbia cena que duró dos ho- 
ras y en la cual abundaron los brindis y las consi- 
guientes libaciones, los mismos invitados convirtie- 
ron el comedor en salón de baile nada más que con 
la simplísima medida de sacar la mesa al patio. Y 
creció el placer. Todos estaban contentísimos. “Eh 
diamine”, decían los hombres, “un día es día” y em- 
pinaban sin cesar el codo. El signore Genaro tocó la 
flauta y el remendón hizo, con grande aplauso, bai- 
lar a Perico al son de una vieja pandereta. Cuando 
le pidieron a la ‘novia que tocara algo’ recién echa- 
ron de menos al violinista. Pero no bien se oyeron 
los primeros acordes del arpa, olvidada hacía dos 
meses, cuando abriéndose la puerta entró Perucho 
con el violín bajo el brazo, y arrastrando los pies 
fué a sentarse junto a Anetta. 

Recibiéronlo con grandes muestras de alegría. 
“¡Bravo Perucho! ¡Viva!” — y el padre de Anetta 
que era a una anfitrión y copero, viéndolo así como 
extenuado y próximo a desfallecer, alargóle un vaso 
de vino, que el violinista bebió ávidamente. Una 
oleada de sangre le coloreó el rostro, y entonces 
sintiéndose reanimado, hizo por sonreírles á todos 
y parecer tranquilo. Luego empuñó resueltamente 
el arco y poniéndose muy grave dijo con energía: 
“Vamos”. Anetta obedeció maquinalmente, y entre 
la cascada de notas que arrancó el arpa en un bri- 


123 



liante preludio oyóse el violín de su compañero co- 
mo un quejido lejano entre el estruendo de la orgía. 

Tocaba su pieza predilecta, una balada del nor- 
te, llena de ternura y melancolía. Respetuoso si- 
lencio detuvo las palabras prontas a salir de la boca 
de algunos. Los que en el pasillo tenían el sombrero 
puesto, sin saber porqué se lo quitaron y sintiendo 
todos singular emoción, fueron olvidándose de las 
cosas que los rodeaban y reconcentrándose en sí. 

Entre tanto Perucho cerraba lentamente los 
ojos e iba comunicándole al violín calor y vida. A 
oscuras el infeliz músico parecía ver más claro el 
sitio luminoso y escondido de donde sacaba tanto 
sentimiento y poesía. ¡Y qué elocuente volvióse el 
torpe Perucho tocando, hablando el lenguaje suyo! 
Quizá en aquellos instantes le refería a los absortos 
vecinos su triste y humilde historia de ser oscuro 
e insignificante: la niñez sin caricias, sin besos, ari- 
decida por la prematura muerte de la melancólica 
Gilda; luego los primeros estremecimientos del sen- 
sible corazón, las risueñas esperanzas de ser amado, 
los ratos felices transcurridos junto a ella, sintién- 
dola respirar, el beso por las noches y la miel de 
los triunfos de artista; un claro de lima, en fin, en 
la noche de su vida, y ¡ay! después la pérdida de 
la ingrata, los celos, el inmenso dolor de encontrarse 
solo en el mundo y sin objeto para que vivir. . . 

Sin duda eso era lo que Perucho les refería, 
porque al llegar al pasaje donde el amante de la 
balada dice: “La tierra, el cielo, el universo todo, 
para mi eres tú; lo sabes y sin embargo, partes y 
me dejas” — dilatósele el pecho, oprimió contra la 
barba el violín y como electrizado fue parándose 
hasta quedar de pie. 

Anetta, vivamente impresionada, se detuvo, y 
él fuera de sí, poseído por el estro, repitió la frase, 
rompiendo luego a improvisar mientras las lágrimas 


124 



corrían silenciosamente por las pálidas mejillas. 
Los concurrentes, si no con la certeza, con el sen- 
timiento al menos, de que presenciaban un hecho 
extraordinario, seguían sin respirar casi los meno- 
res movimientos de Perucho, cuya magnífica cabeza 
aparecía como iluminada por extraña luz. Algunos 
empezaron a sentir escalofríos y ese parpadeo que 
precede a la explosión del. sentimiento. Las mujeres 
escuchaban con la boca abierta y los ojos húmedos, 
y el signore Genaro, muy pálido y con la cabeza 
echada hacia atrás, parecía sufrir. Sólo el novio per- 
manecía indiferente. 

Y Perucho muy lejos de todo y de todos se- 
guía vertiendo lágrimas y armonías, descargando de 
penas, con unas y otras, el oprimido pecho. 

En el último adiós de la partida, al terminar en 
un trémolo prolongadísimo y apenas perceptible, 
desplomóse sobre la silla y apoyó la frente en el 
atril. Algunas mujeres corrieron hacia él y lo besa- 
ron. Cuando levantó la cabeza, aun conservaba los 
labios entreabiertos y las ventanillas de la nariz 
dilatadas, como en el calor de la improvisación. Se- 
cóse los ojos pausadamente, e incorporándose le 
presentó el violín a su antigua compañera, diciendo 
en medio de la estupefacción general: 

— Para ti; Perucho no tocar más. 

Y dejando su querido instrumento en las manos 
de la ingrata, salió de la alcoba con paso vacilante 
como si estuviese ebrio. 

Desde entonces lo vieron siempre los vecinos 
junto al sucio banco del remendón dando cerote al 
hilo o echando tacos y media suelas. 

Esa fue la odisea de Perucho. 


125 




MANSILLA 


En despoblado, a pesar de la lluvia y el viento, 
manejándose a tientas en medio de la oscuridad rei- 
nante, lograron encender el fuego. Esta operación 
tan sencilla les costó grandes trabajos: tuvieron que 
hacer con los cuchillos un pozo en la húmeda tierra, 
taparlo luego para que no se anegara, con una ca- 
rona que sostenían cuatro palitos a modo de colum- 
nas, y que el viento derribó dos o tres veces, y ha- 
cer después arder la escasa leña a fuerza de fósforos, 
sebo y pulmones. En fin, la leña ardía alegremente, 
y ellos gozando de cierto bienestar dentro de sus 
ponchos de invierno, hablaban de cosas sin impor- 
tancia, mientras a lo lejos oíanse los silbidos de sus 
compañeros que rondaban el ganado. De vez en 
cuando un relámpago iluminaba con lívida luz el 
horizonte, haciendo surgir de las tinieblas, aquí y 
allá, ranchos y poblaciones de aspecto huraño, lú- 
gubre, y entonces se veían a los novillos apretados 
unos contra otros, con las ancas al viento y las ca- 
bezas gachas, y a los troperos que, chorreando agua, 
vagaban alrededor de las bestias. 

— ¡Tiempo diablo, como no tengamos una dis- 
parada! — exclamó de pronto Mansilla, el capataz, 
mirando en dirección a la tropa. 

— Yo estoy “calao” hasta los “güesos” . . . vida 
aperreada ésta — articuló Esquivel su compañero, y 
los dos guardaron silencio un breve rato, pensando 
tal vez en los trabajos y malandanzas de su fatigoso 
oficio. 

Eran troperos del “Sauce”. Cada mes salían un 
par de veces de la estancia, y siguiendo el paso len- 
to, regular y monótono del ganado, que concluía por 
adormecerlos, caminaban y caminaban durante días 
de interminables horas, soportando lo más resigna- 


127 



damente que les era dado, las heladas y rigores del 
invierno o los ardientes rayos de sol canicular, las 
madrugadas frías y las noches borrascosas y lóbre- 
gas, preñadas de extraños ruidos, y en las que, en- 
tre relámpago y relámpago, eran presa frecuente de 
vagos terrores, que despertaban sus oscuras creen- 
cias de niños, las viejas y casi olvidadas creencias 
inculcadas por la bondadosa abuela junto al fogón 
del rancho paterno ... 

Al principio menos mal: los preparativos de la 
partida, sobre todo, tenían para ellos especial en- 
canto. “Tusaban** y componían sus fletes mejores y 
más gordos; hacían, entre alegres dicharacheos y 
sonoras carcajadas, el equipaje, compuesto general- 
mente de una muda de ropa, un par de alpargatas, 
el recio poncho de paño y la caldera, que llevaban 
sujeta bajo la barriga del caballo, prenda que junto 
con la toalla entre los cojinillos caracteriza al tro- 
pero; recibían mil encomiendas y encargos, y ce- 
rrándoles pierna a los pingos recién aseados, se ale- 
jaban a galope tendido de la estancia, para alcanzar 
a la tropa, que invariablemente pastaba por los al- 
rededores. El cambio de vida y la relativa indepen- 
dencia de que gozaban lejos de los ojos del patrón, 
los tenía decidores y retozones los primeros días, 
pero después de algunas noches de ronda y de no 
interrumpidas marchas bajo los rayos del sol, em- 
pezaban a sentirse incómodos y a cambiar de pos- 
tura sobre el recado, cuyos “pellones” despedían 
fuego. 

La mayor parte de las horas se las llevaban 
dormitando al compás del fatigoso “jopa- jopa” con 
que arreaban a las reses, y el resto en un estado de 
flojera y modorra tales, que los hacía recorrer in- 
mensas zonas de varios paisajes sin que ellos vieran 
otra cosa, y eso confusamente, que lo que tenían 
delante de los ojos, allá, muy lejos, en un punto 



perdido del horizonte. De tarde en tarde, alzaban 
la vista para seguir el reposado vuelo de una cigüe- 
ña, y luego volvían a canturrear el “jopa -jopa” y 
a adormilarse nuevamente. Algunas veces, muy ra- 
ras, apartábanse de la tropa con el ánimo de tomar 
un mate de a caballo en algún rancho conocido o 
se apeaban en una “pulpería”, para engullir, mi- 
rando los barrotes de hierro del mostrador y los 
artículos suspendidos del techo y cubiertos de polvo 
y telarañas, media libra de pasas de higo y nueces 
remojadas con vino seco, pero lo general era que 
sólo interrumpiese la monotonía de aquella existen- 
cia nómada, el vadeamiento de algún río, siempre 
peligroso, o una “disparada” del ganado, en la que 
no era extraño que alguno se perniquebrase o pe- 
reciera. Había muchos ejemplos de ello. Casualmente 
Mansilla recordando lo que en aquel mismo sitio le 
había acaecido dos años antes, dijo, dando vuelta 
al “churrasco” que se asaba en las brasas: 

— Le tengo miedo a la novillada ésta; todavía 
nos va a pegar un susto. ¿Se acuerda, aparcero, 
hace dos años aquí? . . . ¡disparada bárbara aquélla! 
— y dejándose llevar de la natural y animada lo- 
cuacidad del paisano, agregó accionando mucho : 
— Yo gané la punta, y como iba bien “montao” le 
jugué risa; pero de repente, ¡qué iba a pensar en 
eso, si iba mirando “pa” atrás! pegó mi overo la 
pechada contra un “alambrao” y me “voló” lejos. 
Esa fue mi suerte; si caigo cerca no cuento el cuen- 
to, como el pobre “Benjasmín”. 

El suceso ocurrió de madrugada, al ponerse en 
marcha. Los novillos caminaban tranquilamente, pe- 
ro de pronto, asustados por la brusca aparición de 
un avestruz, bufaron de espanto y emprendieron la 
fuga. Uno de los peones que corría delante, tuvo 
la malhadada suerte de rodar y fué realmente mu- 
tilado entre las pezuñas de las reses. 



— El pobre indio salió “parao” —dijo el com- 
pañero de Mansilla — , pero allí no más lo alcanzó 
una res en el “garrón” y lo “desjarretó”. “Dende” 
que lo “vide” caer lo conté entre los muertos. Cuan- 
do sujetamos la novillada y vinimos a recogerlo es- 
taba como hecho picadillo. 

Echóse el sombrero a la nuca, dejando que la 
luz iluminara de lleno su rostro curtido por el sol, y 
agregó, triste, pero resignadamente, reflexionando 
en que las escasas monedas ganadas por ellos en 
aquella ruda tarea, se les escurrían de las manos 
no bien llegaban a “Tablada”: 

— Y todo para no salir de pobres. 

Mansilla hizo un gesto de asentimiento y los 
dos callaron de nuevo. 

Después de dos o tres días de fiesta y jolgorio 
en el Paso del Molino, y de comprar algunas relum- 
brantes baratijas en las tiendas y “platerías”, es- 
tas últimas abiertas para ellos nada más, como las 
trampas para los ratones, regresaban al “Sauce” 
con los cintos vacíos, pero eso sí, muy bien trajea- 
dos y cargados de pañuelos de seda y frascos de 
olor con que “quedar bien” entre sus conocimientos 
femeninos. Había quien se gastaba mes a mes el 
producto entero de su trabajo, en componerse, alha- 
jarse y parecer galante. Y lo hacían por pueril vani- 
dad, por no ser menos que los otros. Sobre todo 
los que “tropeaban” con Mansilla, contagiados con 
la liberalidad de éste y el deseo de imitarlo en el 
vestir, se veían en serios apuros para salvar algunos 
reales en cada viaje. Mansilla era para ellos el pro- 
totipo del gaucho por excelencia, el modelo del crio- 
llo que ellos tenían metido en el magín: alegre, de- 
cidor, buen compañero en toda suerte de lances, ad- 
vertido y “camperazo”. Y por modelo también era 
tenido fuera de la estancia; por eso «no le llamaban 
Mansilla a secas, sino el “gaucho Mansilla”, como 


130 



si quisieran expresar que era, más que una persona, 
un “hombre - tipo”, un ser característico que lleva- 
ba en sí “aquello” que distinguía a una raza que 
iba desapareciendo ya. 

Recibíanlo en todos los ranchos en que se apea- 
ba a su regreso de la ciudad, con no disimulado go- 
zo; su franca charla y estruendosa alegría eran gus- 
tadas como manjar apetitoso que se saborea de tar- 
de en tarde, casi como favor del cielo. . . ¡Se reía 
tan franca y abiertamente, que aquello era una ben- 
dición! Además, donde quiera que estuviese veíase 
la vihuela, y a falta de música, su charla retozona 
que llenaba de júbilo hasta a los más díscolos y re- 
traídos. Los viejos se complacían en reptir sus di- 
chos y chuscadas, y las mozas lo nombraban riendo 
y haciéndose guiños, al recuerdo de las “cosazas”, 
que a hurto de sus padres les decía al oído. 

Con estas cualidades no es de extrañar que sus 
compañeros tratasen de seguirle los pasos en todo 
y aun de sobrepujado en aquello de ir de rancho en 
rancho, obsequiando a las mozas y conquistándose 
voluntades, lo cual les costaba muy buenos dineros, 
sin que obtuvieran los favores que Mansilla, ni la 
general estimación que éste gozaba; pero donde se 
arruinaban verdaderamente, era en el empeño te- 
naz que ponían en vestirse como él y en usar las mis- 
mas prendas. Todos ambicionaban tener estribos de 
“campana”, cintos con “pasadores” de oro, riendas 
con virolas de plata: quién se perecía por copiarle 
los “punteaos” y floreos que ejecutaba en la vihue- 
la, y quien le tomaba los puntos en el sentarse a 
caballo y jinetear de “pierna abierta” el potro más 
fiero. A muchos conducíalos su servil imitación a 
llevar el chiripá de merino negro con franja colo- 
rada, medio arrastrando por los talones, como Man- 
silla lo usaba para darse el vanidoso gusto de pi- 
carlo en las espuelas. . . Interiormente se avergon- 


131 



zaban de ser tan presumidos y gastadores, pero 
mirándose en las tranquilas y limpias aguas de los 
arroyos:, — “De todos modos no hemos de salir de 
pobres”, decían y sonreían satisfechos. 

—Yo pienso “pegar la sentada” — dijo Mansilla, 
rompiendo el prolongado silencio en que habían 
caído, y su rostro simpático se iluminó como el de 
quien se dispone a hablar de asuntos muy íntimos 
y queridos. 

— Pronto no voy a ser solo . . . hay que mirar pa’ 
adelante — y sonriendo hasta mostrar sus dientes 
iguales, un poco grandes y apretados, cuya blan- 
cura resaltaba sobre las rojas encías que también 
descubría al reir, añadió: — ¿No adivina, aparce- 
ro?. . . 

Pero Esquivel, por toda respuesta, le dirigió una 
mirada indiferente, echándose después el sombrero 
sobre los ojos, como si quisiera huir las interroga- 
doras miradas de Mansilla, el cual, sin notarlo, pro- 
siguió : 

— A usted quiero confesárselo antes que a na- 
die; sí, aparcero, he decidido tomar estado. 

Silencio glacial. — “¿Por qué, qué quiere decir 
eso?” — se preguntó viendo que su amigo lo escu- 
chaba sin darle muestra de simpatía ni siquiera de 
interés, encerrado en un silencio a todas luces hos- 
til. “No le parecía bien”, — y al decírselo sintióse 
apenado por una desazón extraña, y la sonrisa huyó 
de sus labios. 

En silencio cortó un trozo de churrasco, y des- 
pués de comer algunos bocados, dijo resueltamente: 

— Parece que la noticia no ha sido muy de su* 
agrado: ¿no es de su gusto la moza o qué? 

Esquivel, eludiendo la pregunta y con tono sen- 
tencioso, dejó caer estas palabras: ", 

— El hombre ha de picar de flor en flor y volar. 


132 



Y entonces él, precisamente porque comprendía 
que su compañero no miraba con buenos ojos a Mar- 
garita, empezó a ponderársela y a explicarle lo muy 
obligado que le estaba. — Hablóle de lo buena, eco- 
nómica y laboriosa que era y de lo mucho que pa- 
recía quererlo, y concluyó diciéndole que el mismo 
patrón, aquilatando las perfecciones de la moza, le 
había aconsejado que se casase. 

Al llegar a este punto, tornó Esquivel a diri- 
girle la mirada fría, casi irónica de antes, y luego, 
encogiéndose de hombros, repuso: 

— Usté es mayor de edad; haga lo que quiera; 
pero ya le digo: el hombre debe picar de flor en 
flor y volar. 

Mansilla no pudo menos que reírse de la serie- 
dad de su amigo. 

— Despáchese, aparcero — le dijo — ; usté tiene 
algo en el buche, suelte prenda de una vez y déjese 
de andar con rodeos, que a mí no me asustan 
sombras. 

A lo cual contestó Esquivel apeándose de su 
actitud reservada y mirándolo frente a frente: 

— Todas las mujeres son de la “mesma” laya; 
yo aparcero, soy más viejo que usté y las he “es- 
perimentao”. Para mi la suya le anda jugando su- 
cio: ahí tiene lo que tenía en la garganta; yo soy 
su amigo y cumplo diciéndoselo. 

Con las espesas cejas enarcadas y dilatadas 
las ventanillas de la aguileña nariz, miró Mansilla 
a su amigo un instante, y luego, haciendo un vio- 
lento esfuerzo para domar la expresión fiera que 
le afeaba el rostro, dijo con voz ronca y temblona: 

— Usté es mi aparcero y puede decirme lo que 
quiera. . . si hubiera sido otro, a estas horas nos 
habíamos roto los cuernos. Sepa que mi china no 
es como las demás. . . Mangacha es Mangacha, y 
como Mangacha no hay otra. 


133 



Como era la hora de relevar a los peones, Es- 
quivel se dirigió a su caballo. 

— Está bueno, yo decía lo “mesmo” de Nicolasa 
— repuso al montar, y después agregó para su capo- 
te, mientras qué al trotecito se alejaba del fogón: 
“Bicho zonzo el cristiano cuando se enamora”. 

Pocos momentos más tarde, Mansilla con el 
sombrero en la mano y al aire la revuelta melena, 
montaba también y se perdía en la oscuridad. Esa 
noche no dormitó sobre el caballo como otras veces; 
hasta el amanecer oyeron sus silbidos los peones y 
lo vieron vagar alrededor de la tropa, pasando por 
delante de ellos sin proferir palabra, como alma en 
pena. 

Al salir el sol entraron en Tablada. 

Uo. cuarto de legua antes, en la costa de un 
arroyo, Mansilla echó pie a tierra y debajo del pon- 
cho se mudó de ropa, como hacía siempre en aquel 
paraje; dióle un buen limpión, con la arena mojada 
a los estribos, riendas y freno, y atándole la cola a 
su pingo tornó a montar entrando en Tablada tan 
risueño y feliz como siempre, repartiendo saludos 
y sonrisas a diestra y siniestra. 

— ¿Qué dice el gaucho Mansilla? — le gritó uno 
de los compradores — ; parece que ha bañao a sus 
novillos; ¿están muy crecidos esos arroyos? 

— Regular: a los patos les da “pue” el pecho; 
y después de esta chuscada, acordándose súbita- 
mente por una inexplicable ligazón de ideas, de las 
palabras de Esquivel, pensó; —“¿Por qué me habrá 
dicho eso mi aparcero?... y cuando él me lo ha 
dicho. . . ¡Ay Mangacha, Mangacha!” — y siguió bro- 
meando con los compradores, que ya lo habían ro- 
deado dispuestos a echar un rato de palique. 

Como la escasez de ganado era mucha, la tropa 
se vendió ese mismo día, y Mansilla pudo verse 
libre antes de lo que esperaba. Arregló sus cuentas 


134 



con el vendedor de las haciendas del Sauce, y ca- 
pataz y peones se dirigieron al Paso del Molino a 
gastar alegremente el dinero ganado en el viaje. 
Pero esta vez él tenía otras miras : iba a comprar el 
regalo de bodas. Separóse de sus compañeros y se 
dirigió a una de las más lujosas platerías. Desde el 
primer momento lo sedujo una gargantilla de fili- 
grana de plata, un trabajo florentino por el cual le 
pidieron treinta pesos, diez más de los que él tenía; 
pero como era parroquiano, el platero no tuvo in- 
conveniente en fiarle el resto, y Mansilla se vió en 
posesión de la bonita alhaja. 

“Le va a quedar que ni pintada” — se dijo dos 
o tres veces, de regreso a la fonda, acariciando men- 
talmente el cuello morado y bien torneado de Man- 
gadla; pero al divisar a Esquivel en la puerta, y 
sobre todo, al sentir sobre sí la mirada escrutadora 
de éste, volvió a sentirse molesto y a ser atormen- 
tado por la duda. “¿Y si me jugara sucio? . . . ¿pero 
puede ser eso verdad?” — y pensando así, le acome- 
tió el vehemente deseo, el fortísimo antojo de re- 
gresar para verla, porque viéndola se figuraba que 
se sentiría inmediatamente tranquilizado. “Sí, sí, 
lo mejor es verla” — se repitió varias veces. 

Cuando le manifestó a los otros troperos su de- 
cisión, éstos quisieron acompañarlo, pero él se opu- 
so tenazmente y partió solo, llevándose dos de sus 
caballos por delante. 

A mi pobre aparcero le ha hecho dañito la 
marca, — murmuró Esquivel viéndolo alejar — ; pero 
¿qué le hemos de hacer? a casi todos nos pasa lo 
mesmo; ¡malhaya sean las mujeres! 

Mansilla galopó, galopó y galopó. Las dudas que 
antes le asaltaban de tarde en tarde, iban convir- 
tiéndosele en un pensamiento fijo, en un come- 
come continuo que le roía las entrañas. Al verse en 
despoblado quiso precisar sus ideas que en bulli- 


135 



cioso tumulto acudían a su cerebro llenándolo de 
sombras y dudas, y se dijo: “Despacito por las 
piedras, Mansilla; a este paso no te aguantan los 
mancarrones” — y pasándose la mano por la frente 
prosiguió : 

“Vamos a ver: ¿a dónde voy yo, qué voy a ha- 
cer? Aunque Esquí vel me haya dicho eso, ¿será po- 
sible que mi Mangacha me engañe? ...” y se puso a 
pensar en los ratos pasados junto a Margarita hasta 
representársela tal como ella era, con los menores 
detalles de sus actitudes, gestos y ademanes. 

La veía con los brazos al aire y un pañuelo de 
seda a la cabeza, lavando a orillas del arroyo, en 
una postura que hacía resaltar sus bellas formas, o 
ya sentada debajo del ombú que cobijaba el rancho, 
cebándole mate de leche a la vieja y sonriéndole a 
él, con aquella boca de expresión graciosa y pura, 
que era lo que más lo inclinaba a ella y lo que menos 
le dejaba creer y ahora que le fuese infiel. . . “En- 
gañarme, ¿y por qué? . . . ” — y recordando su dulce 
sonrisa, agregaba: “No, no es verdad, no puede ser 
verdad”. 

En estas alternativas se le pasaron algunas ho- 
ras. A eso del medio día mudó caballo y siguió su 
carrera, pasando por delante de los ranchos donde 
acostumbraba a detenerse a galope tendido, sin mi- 
rar siquiera. “¡Ay Mangacha, Mangacha! — suspi- 
raba, y le metía sin piedad las espuelas al caballo, 
sintiendo cada vez más imperiosamente la necesidad 
de verla. Atravesaba los llanos, escalaba los cerros, 
descendía las cuestas abajo a media rienda siem- 
pre, como si huyera de algún enemigo invisible o 
de su propia sombra. 

En una estancia donde era conocido pidió un 
churrasco, y rehusando apearse allí, fue a asarlo en 
la falda de una cuchilla, lejos del camino y de las 
importunas miradas de los transeúntes. 


136 



Deseaba estar solo para resolver en el magín 
aquello que tanto daño le hacía. Contemplando dis- 
traídámente, mientras ardía la leña, su bonito apero, 
cuajado de brillante plata, se preguntó vaga e in- 
conscientemente cómo había podido ganar bastante 
para adquirir aquellas costosas prendas, y a punto 
seguido empezó a recordar, de un modo vago tam- 
bién y como pensando en varias cosas a un mismo 
tiempo, los muchos favores que le debía al patrón. 

Sin duda le había caído en gracia. A los seis u 
ocho meses de haber ingresado como peón, dieron 
en distinguirlo los superiores, confiándole algunos 
traba jitos y acarreos de ganado; más tarde lo hicie- 
ron puestero, y por último capataz de tropa. Y pre- 
cisamente la fortuna le sonreía, él lo recordaba bien 
en aquellos momentos, desde el punto y hora en que 
entró en relaciones amorosas con Margarita. “Ella, 
sin duda, es mi buena estrella”, — se dijo, y repi- 
tiéndose estas palabras con una insistencia ajena a 
su voluntad, fue poniéndose muy pálido y desen- 
cajándose su rostro, hasta adquirir una expresión 
idiota de sorpresa y abatimiento. “¡Si será el pa- 
trón!” — murmuró; y al través de esta cruel sos- 
pecha, que no hizo por alejar, creyó explicarse su 
extraña suerte en el Sauce. “Todo está más clarito 
que el agua”, — y luego, no con la sospecha, sino 
con el firme convencimiento de que Margarita lo 
engañaba, agregó fuerte, como para oírse él mismo: 
“Les he servido de pantalla, he sido un zonzo ...” 
— y parándose, pególe un puntapié al churrasco y 
montó de nuevo. 

Mugiendo blandamente se dirigían las vacas a 
la querencia, y las lechuzas acompañaban con sus 
graznidos la lenta y dulce muerte de la tarde. Cuan- 
do cerró la noche, el gaucho Mansilla, envuelto en 
las negras tintas, siguió avanzando al trotecito. 


137 



Al amanecer descubrió a lo lejos el rancho de 
Margarita, medio borroso, casi imperceptible entre 
las brumas de la mañana; perdiólo de vista en un 
bajo, y al aparecer de nuevo ante sus ojos le dio 
un vuelco el corazón. Era que perdía el único resto 
de esperanzó: al pie del ombú escarceaba el “pan- 
garé” de don Gonzalo. Mansilla ahogó su pena con 
un juramento seco y breve y se detuvo sin saber 
qué partido tomar; pero a los pocos instantes, sin 
darse cuenta de ello seguramente, atraído por inex- 
plicable fuerza, fue acercándose al rancho. 

Al verlo Margarita, que salía con la “pava” en 
la mano para llenarla de agua en la “cachimba”, 
quiso huir, pero él la alcanzó y arrojándola al suelo 
violentamente, le puso el pie en el pescuezo, como 
hacía con los borregos para señalarlos con entera 
comodidad. Un hombre de unos cincuenta años salió 
entonces de la habitación, corriendo en auxilio de 
la infeliz. 

— No te “acerqués”, viejito, porque te voy a cor- 
tar, — le gritó Mansilla deteniéndolo con un suave 
planchazo y una torva mirada; y luego, encorván- 
dose sobre Margarita, que gemía bajo la bota, le 
agarró la trenza y se la cortó a raíz de un solo 
tajo. Atóla a la cola de su caballo, de modo que 
se viera bien, y se alejó sin apurarse ni poco ni 
mucho, en dirección a la estancia. 

— Vengo de “rabonar” una “reyuna” — les dijo 
a los peones al tiempo que despojaba a su caballo 
del bonito y valioso apero y le ponía el muy humilde 
con que había llegado a la estancia dos años antes. 

— Esto traje y esto me llevo — agregó, dispo- 
niéndose a partir. 

Los peones lo miraban suspensos, compren- 
diendo perfectamente por sus palabras y las hermo- 
sas trenzas de Margarita que todos conocían, lo que 
había sucedido. 


138 



— ¿Adonde va, hermanito? — le preguntó cari- 
ñosamente un camarada, acercándosele. 

— Qué sé yo: a rodar por ahí; la tierra es gran- 
de: — y después, dirigiéndose a todos en general, 
añadió: — ¡Adiós, caballeros! ustedes son testigos de 
que el gaucho Mansilla se va como vino: con el som- 
brero en la nuca, — y tomó el camino del monte. 

Lo que se vio solo, solo con su dolor, sin tener 
por qué fingir ni a quien engañar, dejóse caer del 
caballo, y cogiendo cariñosamente la maltratada 
trenza, la cubrió de lágrimas y besos. “¡Ay Manga- 
cha, Mangacha!” — suspiraba, sintiendo que a pesar 
de todo, el alma se le iba tras de ella. Al través de 
sus lágrimas y de las retorcidas ramas de los “espi- 
nillos” veía el rancho de la ingrata, incendiado por 
las tintas rojas del astro magno, que flotaba en el 
horizonte con su acostumbrada pompa de rayos y 
resplandores. Trinaban los pájaros, animábase la 
naturaleza toda con la salida del vivificante sol . . . 
y entre tanto él se moría de pena. “¡Ay Mangacha, 
Mangacha!” — repetía internándose cada vez más 
en la espesura del monte, como venado herido que 
huye del ruido y la luz. 


139 




CAPRICHO DE GOYA 


La atmósfera opalina, tibia y espesa de uno de 
los cafés de “cante” y baile “flamenco” más soco- 
rridos de Madrid, olía a claveles, a aguardiente y a 
mosto jerezano. El humo podía cortarse, el polvillo 
tenue que levantaban con sus “falsetas” y “esco- 
billas” los ágiles pies de los “artistas”, subía como 
el incienso de la juerga, dorándose a la luz de los 
picos de gas, cuyas llamas, de un amarillo clorótico, 
parecían estremecerse al igual de los corazones, con 
los roncos bordoneos de la guitarra y las voces que- 
jumbrosas, apasionadas o libertinas del “cante hon- 
do”, válvula por donde escapa en española tierra, lo 
que la raza de Felipe II tiene aún de violenta, triste 
y lúbrica. 

Los chicos, con el paño al brazo y el indispensa- 
ble pitillo en la boca, mariposeaban alrededor de 
las mesas, escanciándoles manzanilla y aguardiente 
a los parroquianos de “sevillana” y “cordobés”, los 
cuales bebían sin turbarse “chatos” y más chatos, 
“cañas” y más cañas, pidiendo siempre con tono 
imperativo y voz aguardentosa: 

— ¡Eh, tú! dos chatos. 

— ¡Niño! otra “bateíta”. 

Y seguían luego, bebiendo, hablando y “abrién- 
dose”, con los codos apoyados en la mesa, y el ancho 
sobre los ojos o en la nuca. 

Veíanse bastante coletas, rostros rasurados y 
tufos relucientes; algunos trabajadores que se gas- 
taban allí las dos pesetas ganadas en el día sobre 
los andamios o en el obrador; mucha gente del “ma- 
tute” y del “mataero”; tal cual burgués, de rostro 
venerable y costumbres licenciosas, y una buena 
cantidad de “horteras”, “golfos”, y señoritos chulos. 


141 



Las conversaciones recaían siempre sobre los 
mismos temas. Hablaban de toros, mujeres y valien- 
tes, o se referían, con gesticulación meridional, 
anécdotas y chascarrillos picantes; pero, no bien se 
Oían los preludios de la “vigüela” y el “temple” de 
algún “cantaor”, callaban las bocas, golpes suaves 
acompañaban el ritmo excitante de las palmas, los 
olés, los quiebros de cintura y meneos de las mór- 
bidas caderas, y en todas partes, en el “tablao” y la 
sala, batían las manos, agitábanse los pies, los pe- 
chos respiraban ansiosamente, y los nervios se ten- 
dían como cuerda de violín. 

Sobre el blanco crudo de las paredes, en las que 
se reflejaban las siluetas de las “bailaoras” como 
fantasmas de locura y pasión en los sueños de un 
ninfomaníaco, los movimientos hacíanse más mue- 
lles, las ondulaciones más voluptuosas. 

Cuando Paco Avila, el novillero que traía locos 
a los públicos y locas a las hembras de los barrios 
bajos, ocupó su mesilla frente al “tablao”, las mi- 
radas cariñosas de los parroquianos, que esa tarde 
lo habían aplaudido a rabiar en la arena candente, 
se fijaron en él, el Perote y la Pura, la bailaora de 
cuerpo flexible y ojos traidores. Levantóse ésta, hizo 
su salida especial, en la que un desplante muy fla- 
menco ponía de relieve curvas y protuberancias ten- 
tadoras y, flechándole los ojos a Paco, se arrancó 
a bailar por “alegrías”, ondulando, suave y volup- 
tuosamente, la cabeza erguida, la mirada lánguida, 
y la boca húmeda y sonriente, brindando amores y 
pecados como una rosa abierta sus cálidas aromas. 

Los brazos y las manos dibujaban en el aire gra- 
ciosos arabescos, perezosas caricias de sultana, es- 
pasmos eróticos. . . y el taconeo rítmico de los pies, 
que seguía el compás de “palmas encontradas”, he- 
rían el tablao cada vez con más precisión y nervio. 
Entonces, uno de los “cantaores”, con grande apa- 


142 



rato de gestos y sacudidas de hombros, dejó oír su 
voz desgarrada, pero en medio de todo, melodiosa: 

“Es mi niña 

La flor y canela de Andalucía”. 

Y empezaron los “olés” y los “jaleos” crapulo- 
sos, mientras la Pura, excitada ya, sintiendo arder 
su sangre de bailaora con las ansias violentas que 
leía en log rostros congestionados de los hombres, 
acentuaba los quiebros lascivos, e imprimiéndole con 
las caderas y las piernas verdaderas ondulaciones 
carnales a la falda de percal que vestía bailando 
siempre, encogía y estiraba su cuerpo elástico, re- 
trepaba el opulento busto, parábase en firme, si- 
guiendo los golpes de la guitarra, y tornaba a co- 
menzar el cadencioso movimiento, ya lánguidamen- 
te, ya a prisa, como si describiese la batalla amorosa, 
subrayando, con gestos de orgullo y sonrisas de in- 
teligencia, la picardía y el efecto de las paradas 
y contrastes. 

— ¡Viva España! — prorrumpía, fuera de sí la 
gente de bronce, a quien el baile, lánguido o vio- 
lento, trasunto fiel del orgullo español y la volup- 
tuosidad árabe, les revolvía en los pliegues más ocul- 
tos del alma, los oscuros instintos, las levaduras 
extrañas de dolor y placer, de abandono e imperio, 
de vida y de muerte, que fermentan en el fondo 
de todo erotismo. 

Y entretanto, el “cantaor”, con graciosas mo- 
dulaciones, adornos y voz cada vez más cálida y 
pujante, seguía cantando: 

“Mi compañera cuando va andando 
Rosas y lirios 
Rosas y lirios 
Rosas y lirios 

Rosas y lirios va derramando”. 


143 



Al concluir la copla, terminaron los “rasgueos” 
y las “palmas”, y dieron principio las falsetas, que 
la bailaora seguía con su pie pulido mientras colum- 
piaba desmayadamente los brazos o los retorcía con 
frenesí. El mantón entallado de un rojo de sangre, 
rosas rojas que se mecían airosamente en la rene- 
grida cabellera de la Pura, y sus labios, de húmedo 
coral, fascinaban tanto como los primores del pie o 
el fuego de los ojos de aquella flor de Triana. 

— ¡Olé, las bailaoras! 

— ¡Duro, niña! 

— ¡Sal y canela! 

— ¡Huy! . . . ¡camarones con pelo! 

Gritaban unos y otros. 

Y empezó otra vez el “toque rasgueao”, más a 
prisa y violento, llegando el baile al paroxismo de 
su locura. Era una agonía rabiosa, era un frenesí 
que se comunicaba a todos los asistentes. Los quie- 
bros de talle, los golpes de caderas, los arrestos, 
arrancaban gritos delirantes, acompañados de golpes 
de bastón y patadas, que hacían oscilar los vasos y 
las luces. Y la Pura, ondulando y retorciéndose con 
verdadera pasión, seguía el ritmo de aquella música 
frenética, hasta que de pronto, dando una vuelta 
sobre sí quedó como clavada en el piso, con el pal- 
pitante seno erguido orgullosamente, la cabeza echa- 
da hacia atrás, los ojos entornados y las manos en 
las caderas. 

Cuando entre aplausos atronadores pasó por de- 
lante de sus compañeros para descender del tablao 
e ir, como de costumbre, a beber una caña en la 
mesa de Avila, uno de los cantaores, su novio “de 
cuando era mozita”, el hombre que la había “per- 
dió” y abandonado por otra, le dijo muy quedo, 
mirándola con ojos suplicantes: 

— Pura, no tengas malas entrañas. 

Pero ella pasó, sin hacerle caso y, a poco, acep- 


144 



taba la manzanilla de Sanliúcar que, después de 
haberla refrescado con mucha sal y maña, le ofrecía 
el torero. 

Y los parroquianos volvieron a fijarse en la 
Pura, Paco Avila y el Perote, cuyos ojos despedían 
chispas. 

— Venga lo mío — murmuró éste sentándose 
junto a uno de los tocaores, y suspirando, quedóse 
con la mirada fija en el suelo. 

— ¡Ay, pero que “chalaíto” estás, Perote! — le 
dijo una de sus compañeras. 

Encogióse de hombros, y nada respondió. Pen- 
saba en que “ella” iba a ser de otro y los celos le 
mordían el alma furiosamente. Eran unos celos afri- 
canos, rabiosos que, desde el punto y hora en que 
la Pura, ya célebre, se contrató en el café, avivaban 
el rescoldo del viejo cariño que el Perote le tuvo 
un día. En cuatro años de triunfos aturdidores, em- 
briagueces de hembras y vino, juergas y escándalos, 
no había pensado en la “chiquiya” abandonada por 
un capricho pasajero; supo que bailaba por tierra 
andaluza, que se había “liao” con un “bailaor” de 
cartel, pero todo ello no le causó pena alguna, hasta 
que la vio victoriosa en el mismo tablao donde él 
reinaba como monarca absoluto, y recibió los desde- 
nes y desprecios de la paloma inocente, convertida 
en arisca y peligrosa hembra y en la chula más 
“juncal” de los madriles. 

— Esta tarde tuve el gustito de tocarte las “par- 
mas” — dijo la Pura, después de empinar la caña 
de un solo golpe. 

— Y yo esta noche a ti; vaya con las cosas que 
te traes bailando, Puriya. No hay que darle vueltas: 
eres la mejor bailaorá de España y la mujer más 
guapa que han visto estos ojos. 

— ¡Embustero! 


145 



— Por éstas que son cruces — repuso Avila, y 
continuaron el palique, ella muy risueña, él muy 
obsequioso y parlanchín. 

Después de un preludio largo y triste de las 
guitarras, el Perote dejó oír su “templa hondo’’ y 
compuesto de mil suspiros, que hicieron, como todas 
las noches palidecer y sentir a la Pura extraña 
desazón. 

¡Cómo sabe el muy “charrán” lo que me llega 
al alma! — pensó, mirándole de reojo — . Así se tem- 
plaba cuando lo oí en mala hora, en casa de Pepa 
“la Honrá”. Las que pasé por ese tío feo . . . porque 
como feo lo es, pero su “cante” me “gorvió loca per- 
día”, — y recordó la miel y la hiel de sus amores 
en Sevilla y más tarde en Madrid las juergás en 
“Gritaba”, el pasaje de la Magdalena y en los ga- 
binetes de Juanito Catanedo; las meriendas a orillas 
del Guadalquivir; el pescado frito por las noches, a 
la salida del café, donde cantaba el Perote; las flo- 
res lujuriosas, el vino de oro y la alegría de la tierra 
andaluza; y luego, en la “Corte de España”, las riñas 
y las reconciliaciones, los celos, los insultos, el en- 
gaño, la soledad y la miseria. 

¡Ay! no me habías de conocer 

rompió a cantar el Pérote en aquel instante, con voz 
trémula, cuyas difíciles inflexiones, cuando lo exi- 
gía el canto, se desgarraban hasta convertirse en 
suspiros y sollozos. 

Si me trataras de nuevo 

¡Ay! no me habías de conocer 

decía, abriendo las notas en la mitad del verso, como 
si las dilatase y rompiese la onda de la pasión. 

Que tengo distinto genio 


146 



continuó, y aquí su voz se descompuso en mil modu- 
laciones, que parecían quejidos, gritos del alma y 
balbuceos, de lo que escapa a la palabra en los os- 
curos dolores del amor. 

Y otro modo de querer 

y cuando podía creerse terminada la copla, añadió 
con más bríos 

¡Ay! más cariñoso y más bueno 

rematando la malagueña en una serie de lamentos 
y ayes sostenidos, como el gorjeo de pájaro cuando 
reclama a la hembra frente a su rival. 

Los parroquianos del café, que conocían la his- 
toria del Perote y la Pura, oíanle, con la cara entre 
las manos, los ojos brillantes y dilatadas las venta- 
nillas de la nariz, como para percibir más intensa- 
mente las ráfagas de pasión, celos y tristezas que 
parecían de vez en cuando pasar y remover la at- 
mósfera impura de la sala. 

Y el Perote seguía lanzando coplas, con los ojos 
entornados siempre, y el dedo pulgar metido en el 
bolsillo del chaleco, del cual iba tirando a medida 
que cantaba. La Pura, muy nerviosa, fingía oír los 
requiebros de Paco, pero en realidad, sintiendo cosas 
muy peregrinas, voces interiores confusas y roncas 
como las sinfonías del mar, escuchaba los contras- 
tes de la prima y el bordón, y el “cante” apasionado 
del Perote. 

— Puriya, ¿quieres que te diga una cosa? — ex- 
clamó repentinamente Paco Avila, echándose el an- 
cho a la nuca. 

— Te escucho. 

— Me da el corazón que ése te “camela entoa- 
vía”, y que tú. . . 


147 



— Malas “puñalás” me peguen si me acuerdo 
de ese “gachó”. Lo quise más que a las niñas de 
mis ojos; pero tan mala sangre tuvo para mí, y 
tanto pasé por él, que ahora quisiera verlo arras- 
trando las tripas. 

Y una expresión de fiereza salvaje le descom- 
puso el lindo rostro. 

— Entonces. . . ¿por qué no te vienes a la “vera” 
mía? 

La Pura sonrió y dijo: 

— Para que al mes me dejases “plantá”. A ti 
te gustan “toas”. 

— Escucha, Puriya. Que me coja un toro y me 
“ase a cornás” si lo que te digo no me sale de los 
redaños del alma — aseguró el torero, muy grave — . 
A ningtma la he dicho lo que a ti, y por ninguna he 
“pasao” lo que por ti estoy pasando. Desde que te 
“endiqué” sobre ese “tablao” me saben mal las “ca- 
ñas” de vino que no bebo en tu compañía. Tuve 
muchos líos y corrí muchas juergas, pero ¡muchas! 
hazte la cuenta: el oficio lo pide: los toros dan di- 
nero y cornás, y cuando se cobran las pesetas hace 
uno por olvidarse que es menester ir a buscarlas a 
la cara de los toros ... y, vienen las hembras, los 
líos y lo demás; pero ninguna mujer me ha “quitao” 
el sueño, ni las ganas de comer, ni hasta la afición 
como tú, Puriya. Si hoy me “arrimo” y le doy a los 
toros de “patás”, y “hecho más carne abajo” que 
ninguno de los que gastan coleta, no es por las pal- 
mas, sino porque quiero reunir un montón “mu 
gordo” de duros “pa” satisfacer tus caprichos, qui- 
tarte del tablao y llevarte a la “vera” de mi madre. 

Los firmes pechos de la Pura bajaban y subían 
aceleradamente. 

— Eres mu requetebueno, Paco, pero me figuro 
que yo no soy la mujer que te conviene — y su ros- 


148 



tro se oscureció como si lo empañase la sombra 
de una de esas penas que no tienen cura. 

El león en su cueva 
Rabia de celos 

cantaba entretanto el Perote 

El ver a su leona 
En brazos ajenos 
¡Ay, pobrecito, 

Ay, pobrecito! 

También de celos rabia 
El animalito. 

“¡Ay! cómo me fríe la sangre “ése”, se dijo la 
Pura. . . — “y éste también” — agregó luego, no- 
tando la mirada inquisidora de Paco Avila, el cual, 
haciendo un movimiento de impaciencia, propuso: 

— ¿Quieres que nos vayamos ahí dentro, para 
bebemos dos cañas juntos y sin testigos? Tengo que 
hablarte seriamente. Anda, mujer, no me hagas pa- 
sar más fatigas. 

La Pura dudó un instante, y luego como si to- 
mase una resolución repentina, dijo resueltamente: 

— ¡Voy! . . . ¡aunque me rajen de abajo a arriba 
las malas lenguas! 

Y salieron de la sala, hablándose al oído. 

El Perote descendió del tablao, y sentándose en 
un rincón, echóse al coleto, una tras otra, hasta me- 
dia docena de 'copas de aguardiente. Estaba lívido, 
los ojos le brillaban como si tuviera fiebre, y un gesto 
cruel le crispaba la boca, de labios finos y exangües. 

Después de las malagueñas, “serranas”, “so- 
leaes” y “polos”, vinieron los “tangos” y “tientos”, 
estos últimos recién salidos de la fragua popular. El 
Perote tuvo que subir otra vez al tablao y el cante 
nuevo adquirió en sus labios un acento dolorido, 
rayano a veces en la desesperación. 


149 



— ¡Pero ¿qué tienes, chiquillo? Mira, si cantas 
así, vamos a soltar el trapo “toos”! ¡Por éstas que 
hace daño! — exclamó una de las bailaoras. 

— “Chipén” — aseveró otra voz enronquecida y 
gesto solemne. 

El Perote continuó, sin abrir los ojos 

Te quiero, te quiero, 

Más que a mi mare te quiero 
Es tanto lo que te quiero, 

Que me ahoga la pasión. 

Si me quieres por dinero 
Yo me meteré a ladrón. 

Sus lamentos y ayes llegaban como ecos lejanos 
a los oídos de la Pura, la cual, sentada en frente del 
torero, bebía y bebía para aturdirse y no oír. áe 
había 'propuesto vengarse del Perote, hacerle sentir 
las penas negras de los celos y acibarar su dolor 
con todos los tormentos que imaginaba su ciencia 
de pecadora; pero, a veces, mal grado suyo, extraña 
e impertinente ternura hacíala olvidar tales propó- 
sitos y solazarse en pensamientos de olvido y de 
perdón. De pronto, rabiando contra su propia fla- 
queza, le dijo a Paco: 

— ¡Ea! voy a hacerte el gusto; se acabó el ta- 
blao ... no bailo más. Esta misma noche me iré 
donde tú quieras 'llevarme — y se dirigió a la sala a 
buscar su mantón de “chinos” regalo del mismo 
torero. 

Me ahogo, me ahogo 
De pena, niña, me ahogo 

cantó el Perote al verla, y la Pura, mirándolo con 
enojo, más irritada contra ella por su “debiliá” que 
contra el cantor por el rendimiento que le demostra- 
ba, exclamó bastante alto para que todos la oyeran: 

— ¡Anda. . . y que te pelen! — y salió taconean- 
do con bríos. 


150 



El cuadro flamenco terminó su tarea; los pa- 
rroquianos empezaron a irse, algunos haciendo eses, 
y a poco sólo quedaban en la sala el Perote, el chico 
que dormía a pierna suelta, y el “Nañi”, otro “can- 
taor”, el rival, que no pudiendo arrancarle las pal- 
mas al Perote en el tablao, ni vencer su cante “hecho 
de peniyas hondas”, obsequiábalo con solícita asi- 
duidad y lo metía en líos y juergas para destruirle 
la voz y “darle en la cabeza” por medio del placer 
y el aguardiente. 

El “Nañi” se echó la capa sobre los hombros, 
caló el ancho y acercándose al Perote preguntóle : 

— ¿Te vienes? 

—No. 

— ¿Tienes herramienta? 

Perote hizo un gesto negativo. 

—Toma ... y buena suerte — agregó el otro 
dándole su navaja, y embozándose dirigióse hacia 
la puerta donde se detuvo un momento. Sus ojos 
grises, pequeños y escondidos en el fondo de las 
órbitas, brillaban como dos piedras pulidas. “Bueno 
está”, se dijo, sonriendo sarcásticamente, y desapa- 
reció en la calle oscura. 

El Perote afinó el oído. En medio del silencio 
del café solitario oía confusamente la conversación 
de Paco y la Pura. Bebióse el resto de la botella que 
tenía delante, pensando en las más disparatadas co- 
sas y, con sigilo, se deslizó hasta la puerta del gabi- 
nete donde Avila requebraba a la bailaora. Por el 
agujero de la llave la veía risueña, excitada, dis- 
puesta a entregarse al feliz mortal que la tenía en- 
tre sus brazos. Y la idea de que los besos “únicos” 
de ella serían para otro, y que otros labios voraces 
beberían en la boca que él había enseñado a besar, 
el néctar tibio que despierta como un afrodisíaco 
poderoso las furias eróticas, le estrujó el corazón, le 
hizo rechinar los dientes, y le puso un nudo en la 


151 



garganta. “De otro, de otro”, —decíase, y su sangre 
hervía a borbollones. 

La Pura se entregaba, la cosa iba en serio. El 
Perote sabía bien lo que querían decir aquellos' ojos 
a medio abrir, y aquella boca de labios hinchados y 
convulsos. Rápida y dolorosamente recordó los mi- 
mos, caricias y zalamerías de la “bailaora”, y los 
ataques de amor furioso que, de tiempo en tiempo, 
los extenuaba a los dos, y les ponía en el rostro la 
palidez mate y las ojeras de los tísicos. Y las hienas 
de los celos rugían en el alma de Perote. 

— ¡Pura, Puriya! — murmuraba apretándose el 
corazón con ambas manos — . ¡Tú de otro! ¡no, no 
pue ser! ¡qué no pue ser! — añadía retorciéndose de- 
sesperadamente. Vengan las penas, el presidio, el 
garrote: ¡tú no serás de otro, Puriya! 

Mientras tanto, los novios, entre francas riso- 
tadas y besos, seguían jugándose eterno amor y 
combinando mil alegres planes para el porvenir. 

— ¡Ea! andando — exclamó la Pura por últi- 
mo — ; ya no hay nadie en el café. Y ahora, Paco, 
a nuestra casita. Yo te tendré mi palabra; tú no 
olvides lo que me has prometido. 

— Lo que te he dicho es más “verá” que el 
Evangelio. Tu Paco será “too” pa ti, como quiero 
que la Pura sea “toa” pa Paco. Quiero y lo haré, 
yo tengo una volunté muy firme, Pura; quiero que 
en lás verbenas nadie luzca mejores mantones que 
tú, ni más sortijas ni arracadas con más brillantes;, 
quiero, cuando me corte la coleta, comprarme un 
cortijo en tu tierra, para criar reses bravas, pegar 
tiros y comer “gazpacho” en tu compañía sin acor- 
darme de “na”, ni desear “na”; quiero, en fin, que 
cuando las mujeres digan: “ahí va Pura la de Paco , 
sientan una envidia así como de dos^o tres leguas 
de larga. Conque. . . — agregó con mucha zalame- 
ría, dándole a la Pura con el codo — te diré como 


152 



Lamparilla a su Paloma: abre, Pura, el pico y pide 
más, si más quieres. 

— ¡Qué “salao” eres, Paco! — exclamó ella, po- 
sando en el mozo una mirada lánguida y así como 
pegajosa, que le causó al Perote más daño que 
cuanto había oído y visto antes. 

—Andando. 

— Andando. 

Convinieron; pero al abrir la puerta les hizo re- 
troceder el rostro horriblemente pálido del Perote. 

— ¡Tú aquí! . . . ¿Qué quieres? — balbuceó la 
Pura. 

— En dos palabras te lo diré, Pura. 

— No oigo ni media. Vete y déjanos en paz, que 
“pa” jaquecas tengo bastante con las mías. Tú sabes 
que no quiero “na” de ti. Conque ... no seas “gua- 
zón” ni metas la pata. 

— Pues, mira, vengo dispuesto a meterla hasta 
el cuadril. 

— Pero, tú ¿qué te has creído? — replicó la 
Pura, violentamente y con mucho manoteo — . ¿Te 
debo “argo”? ¿No soy más libre que “er viento”? 
¿Eres mi “pare” o cosa parecida para atravesarte 
en mi camino? Si me voy con Paco es porque me 
sale de adentro y porque lo quiero más que te quise 
a ti; ¿te has “enterao”?. . . bueno, y ahora, ¿qué 
quieres... “pelmazo”? 

— Escucha: de aquí no sales con “ése”, como 
no sea pasando por encima de mi cuerpo — y, des- 
pués agregó, mirando torvamente a su rival — . Ya 
lo oye Ud., mal amigo y mal torero. 

Paco Avila encogióse de hombros, sonriendo con 
irónica flema; dióle fuego a su pitillo y, ofreciéndole 
el brazo a la Pura, exclamó: 

— ¡Vamos, niña! 

El “cantaor”, con la navaja abierta, abalanzóse 


153 



sobre Avila repentinamente; pero un formidable 
garrotazo lo hizo rodar por tierra bañado en sangre. 

— ¡Sangre! ¡Sangre! — gritó la Pura sintiendo 
extraña conmoción. 

Un momento después, los dos hombres reñían 
a brazo partido. Las manos de Avila, como dos tena- 
zas, se clavaron en el cuello del Perote cuyo rostro 
empezó a amoratarse. Las luces temblaban, los va- 
sos y las botellas caían con estrépito y la Pura, re- 
volviéndose como una loca y articulando palabras 
ininteligibles, no acertaba a pedir socorro ni a to- 
mar ninguna decisión. Sus ojos, espantados, sólo 
veían la sangre del Perote. 

— ¡Puriya! — gritó éste ahogándose y la “bai- 
laora”> fuera de sí, presa de una ternura repentina 
y apasionada, pudo leer en el rostro ensangrentado 
del Perote, de su “golfo”, los dolores del amor, y las 
ansias de la muerte. Y el pasado surgió victorioso 
en el corazón de I^ura. 

— ¡No lo mates “indino”!, ¡no lo mates! — gritó. 

Los hombres no la escuchaban: reñían como 
fieras en celo, a arañazos y dentelladas. Los ojos del 
Perote salían de las órbitas; su lengua pendía como 
una piltrafa de carne escarlata en los dientes de 
un perro. 

— ¡Ay! . . . ¡madre! — exclamó de pronto Paco, 
desplomándose pesadamente. 

El Perote quedóse mirando a la Pura sin com- 
prender el gesto heroico ni la mirada trágica de ésta. 

— ¿Qué has hecho? — gritó luego temblando al 
ver en la diestra de la Pura la navaja que a él se 
le había caído y que ahora ella le mostraba teñida 
en sangre. 

— ¡Por ti, Perote! ¡por ti! . . . y ahora puedes 
rematar mi perdición echándome a presidio — dijo 
con voz ronca la Pura. 


154 



— ¡Por mí ¡por mí! — clamó él delirando y, des- 
pués de contemplarse atónitos y en silencio por bre- 
ves segundos, corrieron el uno hacia el otro, con el 
alma abrasada por el viejo amor que revivía, que 
estallaba otra vez, como un incendio voraz. 

— ¡Pura! 

— ¡Perote! 

Y los dos se abrazaron apasionadamente sobre 
el cuerpo de Paco Avila. 

El chico despertó. 

“Bronca tenemos, phss... ya pasará”, se dijo, 
y volvióse a dormir, mientras el Perote y la Pura, 
con su amor y su delito a cuestas, se perdían por 
las calles temerosas del barrio de Toledo. 




155 




INDICE 



Páí?. 

AI lector 

7 

Primitivo 

11 

El extraño 

37 

El sueño de Rapiña 

87 

La odisea de Perucho 

115 

Mansilla 

127 

Capricho de Goya 

141 




Este volumen de la colección 
Boliffibios Arca, fue impreso 
en los Talleres Gráficos de 
A. <Monteverde y Cía. S. A., 
Treinta y Tres 1475, Monte- 
video, en el mes de mayo 
de 1968. 

Comisión del Papel. Edición 
amparada en el art. 79 de la 
ley 13.349. 








Toda la gama creadora de 
Carlos Reyles -el cuento 
campero, el decadentista, 
el apunte español, el recio 
retrato psicológico- reunida 
en ocasión del centenario 
de su nacimiento. 


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